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Wednesday, April 18, 2007

 

El ombligo del mundo

A los humanos nos gusta mirarnos el ombligo. Consumimos con fruición libros y películas, antiguamente cuentos orales, pero siempre historias sobre otros humanos. Incluso cuando los protagonistas son animales, éstos adquieren características humanas, se antropomorfan. No dejamos de auto-observarnos.

El cotilleo debe de ser la forma más instintiva y seguramente la primigenia. Es el regusto que da enterarse de la vida ajena, de qué dijo quién, cómo reaccionó ante tal o cual hecho, las inter-actuaciones que se generaron después.

Los cuentos a la luz de la lumbre serían el siguiente paso. Un cotilleo que trascendía el lugar o el tiempo de origen. El “qué dijo quién y qué hizo luego” respecto de personas no conocidas por el auditorio. De ahí, era fácil pasar a la invención pura, desencadenando una infinidad de tramas y argumentos. No hemos avanzado en los contenidos, sólo en los medios: libros, películas, incluso juegos de ordenador.

¿Cuál es la razón? No creo que la respuesta más obvia sea la única. Sí, todas esas historias sirven para evadirnos de los problemas propios. Los culebrones, como “Los ricos también lloran”, o los programas rosa donde se echa basura sobre el personaje de moda, sirven para que uno se consuele con su triste y rutinaria vida. De acuerdo. Pero no creo que su función cese ahí. Creo que, de alguna manera, las historias ajenas nos atraen de manera intuitiva como una forma de aumentar nuestro conocimiento. Digamos que seguir tramas que se desarrollan fuera de nuestro propio ámbito sería equivalente a ensayar nuestras reacciones ante nuevas circunstancias. Leer sobre la vida íntima de las hormigas podría servir como evasión, pero no tendría mucha utilidad, a menos que vivas en un hormiguero.

De la misma manera que los precios en el libre mercado son un mecanismo automático en que consumidores y productores ponen en común el valor que cada uno asigna a los objetos, quizás igualmente las historias, todas, de todo tipo, sean un mecanismo para crear un acervo común del que aprovisionarse. Y que ese conocimiento, por nimio e inútil que parezca, sea necesario para nuestra condición de humanos. O quizás, quién sabe, es una característica atávica, como la rabadilla. Entre los primeros Homo Sapiens, la cohesión del grupo debía de resultar fundamental para su supervivencia. Y esa cohesión se lograba con las historias compartidas. Quizás nos ha quedado el impulso, cuando ya ha cesado la necesidad. La duda que me entra es: ¿ha cesado realmente esa necesidad? Alguien que no disfrutara leyendo (o viendo, o escuchando) sobre lo que hacen, dicen y piensan otros humanos, ¿hasta qué punto sería una persona normal? Me gustaría saber en qué medida esa cohesión que nos proporcionan las historias sigue siendo vital en nuestra vida diaria. Sospecho que más de lo que nos imaginamos.

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