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Sunday, April 29, 2007

 

De dónde viene ese hedor a fangos putrefactos?

Si ustedes me permitieran preguntarles qué pasó en España el 23-F de 1983, probablemente la respuesta sería “el Tejerazo”; o, en el caso de los más perspicaces de entre los “mayores”, la aclaración de que aquello no fue en 1983, sino en 1981.
Y efectivamente, el 23 de febrero de 1981 se produjo en España un ¿intento? de Golpe de Estado del que, veinticinco años después, no sabemos aún quién lo organizó ni para quién. Todo se nos presentó como una decimonónica intentona descoordinada y a cargo de “cuatro chalaos” nostálgicos franquistas que a la hora de la verdad se demostró que carecían de apoyos. ¿Se demostró?, ¿o se demostró más bien que, una vez más, los que no dan la cara, dejaron tiraos a los más generosos?. Lo que es evidente es que quienes conocen aquel guiñol y sus marionetas y sus manipuladores, aún no han considerado al pueblo español lo suficientemente “mayor” de edad como para merecer que le expliquen lo que en aquellos días ocurrió. ¿Lo sabremos alguna vez los de a pie?

Sin embargo, en la pregunta que al comienzo les propongo no hay error de fecha, no. El 23 de febrero de 1983, o sea, exactamente dos años después de la intentona, (¡y seguro que no fue por casualidad la coincidencia de fechas!), se produjo otro auténtico Golpe, --y ése ya sí resultó mortal--, contra el Estado constitucional y democrático nacido en la llamada Transición. Aquel día, y desde bastante antes de salir el sol, las radios españolas difundían una noticia casi increíble: durante la madrugada, sin tanques y sin pistolas, con sólo unos cuantos uniformados discretamente movidos, el gobierno había llevado a cabo la expropiación de Rumasa.
Les aseguro a ustedes que a mí y a la persona que me lo contó compartiendo un café mañanero, (un humilde trabajador autónomo con cinco vacas de leche), aquella noticia nos producía un grave sentimiento de inseguridad; y es que nuestro vivir de cada día se apoya, junto a unas infundadas esperanzas de que el azar nos siga respetando, en la tácita convicción de que, bueno o malo, nos ampara un ordenamiento legal. Esa Ley que súbitamente comprobábamos ambos aquel día que no era un sólido edificio amparador como lo habíamos imaginado, sino un pobre chumbano de cañas en manos de un gobierno sin principios, y a merced de su descarada arbitrariedad.
Personalmente puedo decir que pasé las primeras horas tranquilizándome en todo momento con un “no es posible; la noticia será otra y la han interpretado mal”. Pero no, luego ya sólo tuve el lenitivo falaz que proporciona esa conocida historieta del que se tranquilizaba cuando se iban llevando a sus vecinos porque él no era ni comunista, ni judío, etc. Yo tampoco era un Rumasa como mi vecino, pero "grité" de la humildísima manera que alcanzaba a hacerlo: retiré cuanto antes los cortos caudales que tenía depositados en un banco expropiado.
Y, --sigo con mis recuerdos--, televisión y medios afines al gobierno eran ya en aquel tiempo diestramente manejados (enseñanzas tradicionales de las “escuelas” nazi, soviética, franquista, etc), para difundir en el cuerpo social la más eficaz de las anestesias: “aquí no ha pasado nada, señores; y todo se ha hecho por el bien del pueblo”. Seguro que todos los que estábamos asustados, al sentirnos rodeados de gente que continuaba tranquila y cada uno a “lo suyo”, acabamos pensando que lo nuestro era un caso de hipersensibilidad patológica. A mí al menos esa duda me asaltaba.
Pero, más que poco a poco mucho a mucho, los más feos perfiles del asunto quedaron pronto definidos: el Gobierno había actuado al margen de la Ley, se abrigó enseguida en el Parlamento, ensuciándolo con la convalidación de un vergonzoso Decreto de efecto retroactivo, --eso sí, siempre asegurando que no había habido otra alternativa para preservar los intereses de los ciudadanos--; y finalmente, mancilló también la limpieza del Tribunal Constitucional tras presionar a su Presidente durante varias horas con amenazas que quizá nunca conoceremos, para que otorgara el placet a aquel atropello. Cedió, se exiló de España y de allí a poco murió. No es aventurado pensar que de insoportable dolor del alma.
Ya digo que este auténtico golpe mortal contra el estado de Derecho de nuestra democracia no lo ejecutaron militares, sino un gobierno legalmente constituido, capaz no obstante de escarnecer la confianza que le otorgó el pueblo ignorante y confiado. (¿O más bien pasota y comodón?). Seguramente Hitler contó con ayudas parecidas, e implantó el nacional-socialismo. Llegó muy lejos por ese camino, pero dudo que sus primeros actos de desprecio a la Ley fueran realizados con tanta desfachatez y tan a mansalva como “el 23-F de 1983” que llevó a cabo el particular nacional–socialismo español. Hiler fue un peligrosísimo visionario; pero en soberbia le aventajan sin duda los de aquí.
Así murió nuestra joven democracia del 77. “De aquellos polvos…etc”. Y a partir de aquel día,--¡no nos dejarán olvidarlo!--: cualquier cosa es ya aquí previsible y explicable.
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Comments:
Y en el 23F del 81 también estuvieron metidos hasta las cejas los sociatas, como creo que tu sabes y es vox populi. Por eso no se levantó mucho escándalo después. Si hubiera estado implicada la derecha, por supuesto que se hubiera sabido y hubiera ido a la carcel todo AP y UCD. Pues buenos son los sociatas.

Una derecha tonta y una izquierda que se cree que somos tontos, eso es lo que tenemos.

Por lo demás, excelente post ;)
 
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