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Saturday, November 18, 2006

 

El Museo de Historia Natural

Maidenhead, 22 de agosto de 2006

El domingo pasado estuve por primera vez en Londres. Estrictamente hablando, ya había pasado por allí, pero nunca me había parado a ver nada.

Según me adentraba en la ciudad, experimentaba una sensación exhilarante, y algo angustiada a la vez. Tantos y tantos millones de personas a mi alrededor... Además, al contrario que en Nueva York, podía ver claramente que Londres había contenido millones de personas desde hacía muchísimo. Algo así como Madrid, pero en grande. Al pasar por calles con casas pegadas las unas a las otras, tan distinto a como les gusta a los ingleses, que valoran por encima de todo las casas unifamiliares, no podía más que imaginarme a las señoritas y caballeros de hace dos siglos, pasando por esas mismas calles, y orgullosos de vivir en la metrópolis por antonomasia.

Realmente no pude empaparme de la atmósfera londinense, porque allí al lado ya estaba el objetivo de la visita: el Museo de Historia Natural. Un edificio impresionante, de la talla del Louvre o del Prado, y como ellos, abierto al público, que se apelmaza para admirar el contenido, raramente el continente.

Aunque las joyas de este museo no han sido creadas por la mano del hombre, sí han sido necesarios hombres extraordinarios que apreciaran el valor de lo que la naturaleza nos ofrece. Esta característica se aprecia en las dos colecciones más famosas que aloja el edificio: los animales disecados, y los esqueletos de dinosaurios.

Hoy por hoy, los animales disecados producen lástima, incluso repulsión, cuando se piensa en la mentalidad dominante, digamos cazadora, de los hombres que recogieron los especímenes. ¿Qué tipo de persona mata a una cría de elefante para luego disecarla y exponerla? Desde nuestra visión del mundo en el siglo XXI, resulta totalmente reprochable. Sin embargo, esa colección de animales representa un primer intento de estudiar, conocer y comprender la incalculable cantidad de animales que los naturalistas se encontraron. Y en cierto modo, parece como si ya en aquel entonces hubieran tenido una cierta premonición de la necesidad de preservar algo del mundo natural para que las generaciones futuras lo conocieran. Así, por ejemplo, el museo aloja un par de dodos disecados – unos pájaros ya extintos que con sus ojos de vidrio nos avisan de que otras especies pueden recorrer el mismo camino.

Y hablando de extinciones, los dinosaurios son la otra gran estrella del museo. En la sala central se puede admirar el esqueleto completo de un diplodocus. Es tan grande que uno no se hace a la idea de que ese bicho realmente caminara por la faz de la tierra. En otras salas se pueden descubrir otros tipos de animales prehistóricos: ictiosaurios, velocirraptores, cabezas de tiranosaurios, garras de... En fin, una fiesta para cualquier fan de Parque Jurásico. Pero los grandes lagartos no son los únicos expuestos. También hay esqueletos de los antiguos mamíferos, como un perezoso gigante, del tamaño de una jirafa actual, o los colmillos de un tigre de dientes de sable.

Al contrario que los museos de obras de arte, en éste no reina el silencio. A parte de turistas, hay muchas familias con niños de todas las edades que corretean, gritan, apuntan, se sorprenden, y van mirándolo todo con grandes ojos redondos. Seguro que por la noche sueñan con ser grandes exploradores que descubren una nueva especie, o desentierran el eslabón perdido.

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