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Friday, March 10, 2006

 

Navidad 2005

Ámsterdam, 27 de diciembre de 2005

Este año mi humana ha cambiado sus costumbres, y en lugar de mandarme de vacaciones invernales al hotel a donde suelo ir, con los demás gatos pijos, se ha quedado a celebrar las fiestas conmigo. Es un gesto que le agradezco, como muestra de la profunda y larga relación que tenemos. Ya son más de cuatro años viviendo juntos, y entiendo que quisiera compartir conmigo estos momentos tan entrañables.

Para mí... bueno, ya digo que le agradezco la intención. Pero creo que yo hubiera estado más a gusto con mis amigos felinos. Y que conste que mi humana se ha portado de maravilla. Tanto para Nochebuena como para Navidad, me puso una comida estupenda, de la mejor calidad. El 26 (que también es fiesta en Holanda), pasó mucho tiempo en casa acariciándome y dándome mimitos, como es su deber. Pero como ningún humano es perfecto, ella también tiene sus debilidades, y en lugar de pasar unas tranquilas Navidades los dos solos, en las que se podía haber dedicado a acariciarme y a regalarme, se tuvo que traer a los demás humanos de su familia.

Los tres primeros días fueron llevaderos. El padre es un buen hombre: tranquilo, sensato, con grandes manos que me acarician mucho lomo a la vez. Se le ve que me tiene cariño. La madre, en cambio, qué vida me da. En cuanto me descuido, coge la aspiradora y se pone pin-pan como una obsesa. No hay quien duerma con ella alrededor. Y no es sólo la aspiradora. Cuando no está limpiando, está ordenando, y se mueve de acá para allá deprisa, abriendo y cerrando puertas. Me crea un estrés increíble. La perdono porque también cocina mucho, y me suele dar las raspaduras de pescado o trocitos de carne. No tengo más que mirarla con ojos redondos y grandes, y se derrite. Mi humana ya tiene el corazón más endurecido para eso, y no se rinde tan fácilmente.

Pero lo peor llegó al final, el 26 por la noche: la hermana y el sobrino de mi humana. La hermana, en el fondo, me daba igual. Era más bulto y un poco más de jaleo en la casa, pero a esas alturas no me habría importado. El que me aguó las fiestas por completo fue el sobrino. Es un humano muy pequeño, creo que es un cachorro todavía. Podría pensarse que, como tal, es inofensivo, pero sería una gran equivocación. En cuanto me veía, venía hacia mí. El primer día, por no mostrar yo mala voluntad, estuve aguantando con cara de póker a ver en qué quedaba la cosa. Cuando le tenía a menos de medio metro, lanzó un alarido que me acuchilló mis pobres y sensibles oídos. Tuve que huir. Así pasé los últimos días del año: escondido debajo de la cama. A veces se venía a buscarme, se agachaba, y volvía a lanzar ese grito terrible. Creo que es un arma acústica. Y yo no tenía ya ninguna otra escapatoria. Por las noches, cuando estaba ya todo tranquilo y el sobrino estaba acostado, salía con mucha cautela a comer: como un comando en Vietnam, me movía ágilmente de habitación en habitación, mirando a todos lados, atento a todos los susurros, no fuera a ser que apareciera de repente la criatura. En algunos momentos de extrema valentía, me animaba a subirme al regazo de mi humana, para recibir al menos una fracción de los mimos que me corresponden a diario. Pero ni para eso tenía ya tranquilidad: cualquier movimiento extraño de los demás humanos, me ponía en movimiento.

En fin, como toda experiencia negativa tiene su parte buena, he de decir que estos días tan ajetreados me han hecho apreciar mucho más a mi humana. De entre todos los humanos posibles que podía haber adoptado, creo que di con una bastante tranquila y silenciosa. Qué gusto poder volver a dormir en el salón, mientras espero a que vuelva de la caza con el carrillo rebosando de latas de comida.

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