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Friday, February 17, 2006

 

Salir del armario como católico

Todavía nos están dando la lata de vez en cuando con la cantinela de lo oprimidos que estábamos bajo el yugo de Franco. En aquel entonces, me cuentan, la gente no podía expresar libremente sus opiniones.

Nada que ver con lo que vivimos actualmente, claro. Traduzco el comentario de una chica holandesa:

Hoy en clase de Filosofía:

“Creo que todos estaréis de acuerdo en que la fe cristiana se basa fundamentalmente en creencias medievales. Nadie es hoy en día tan naïf como para creer en la inmaculada concepción, muertos que resucitan y ese tipo de cosas..." Así habla la profesora en un instituto “católico”...Me temo que mi cara debió de ser un libro abierto. Tres de mis compañeros se volvieron inmediatamente, sorprendidos por completo, y me preguntaron: “¿De verdad? Eres ca-tó-li-ca?” (¡Como si eso fuera un insulto!). Y esto cuando yo llevaba ya tres semanas con mi mochila de la visita del Papa a Colonia al hombro. Es difícil permanecer impasible ante algo así. Sobre judíos o musulmanes nunca se habría atrevido a decir esas cosas, otras religiones sí se respetan en el instituto. ¿Quizás deberíamos expresarnos más sobre nuestros puntos de vista, organizando una capellanía estudiantil, o algo así?
No quiero darle muchas vueltas a este asunto, pero no es sencillo…


No tan serio, pero algo así he vivido yo en el trabajo. Resulta que suelo llevar una cruz. En invierno se me ve pocas veces, porque la llevo debajo de la ropa. Pero en verano, es más fácil que se salga por el cuello de la camiseta. Es algo que ni oculto ni muestro orgullosa. Como otra gente puede llevar una alianza al dedo, vaya. De hecho, cuando la cadenita está por fuera, me pillo muchas veces enredando con ella durante las reuniones, a falta de enredar con un bolígrafo o con un mechón de pelo. Tengo que confesar que, aunque la decisión de llevar una cruz al cuello la tomé con consciencia de lo que representaba, hace ya tantísimos años que, en el día a día, no le doy ningún tipo de importancia espiritual al asunto. Hasta hace un par de meses:

Se acerca a mi mesa un compañero de trabajo a preguntarme algo. En lugar de preguntar, me saluda de esta forma: “Amelia, la católica”. Podría haber sido algo completamente inocuo, salvo que el tono no me gustaba mucho. Pero preferí no darme por agraviada, y le contesté: “Sí, ¿qué quieres?”. Él insistió: “Lo digo por la cruz que llevas”. Una vez más, entre la alternativa de iniciar una discusión filosófico-teológica o simplemente resolver el asunto y seguir con mis tareas, opté por lo segundo: “Sí, ¿qué quieres?”. Con eso por fin se rindió y me explicó de una vez a qué venía.

Sin haber sido un ataque, tampoco fue una conversación amable ni de buena voluntad. Por supuesto, no es algo que yo pudiera denunciar a Recursos Humanos, porque, en el fondo, no ha dicho nada malo.

¿O sí? Los musulmanes, porque cuando te descuidas te amenazan de muerte (y vive Dios que hay que tomarse en serio sus amenazas), y los judíos porque con lo del genocidio no se pueden permitir relajarse con estas cosas, el caso es que ambas religiones saben defender su identidad con uñas y dientes. Nosotros, los cristianos europeos, venimos de una época en la que no sólo éramos mayoría, sino que la sociedad imponía su peso para obligar más o menos suscintamente a aceptar la vida cristiana como algo normal, y la vida no cristiana como algo incívico. Lo que muchos no se han dado cuenta (y me temo que entre ellos se encuentran muchos sacerdotes), es que hemos pasado ya al extremo contrario. Hemos llegado al punto en el que afirmarse como cristiano (peor aún como católico, con lo “carca” que es el Papa...) requiere valor.

Me pregunto si veré el día en que nos tengamos que esconder para ir a misa. No sería la primera vez que ocurre en la historia. Pero que no sea por nuestra falta de valor o de carácter. Salgamos del armario, ahora que se lleva eso tanto.

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