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Tuesday, February 14, 2006

 

Homenaje

Amsterdam, 28 de noviembre de 2005

En Holanda se empieza a considerar la posibilidad de retrasar la edad de jubilación más allá de los 65 años. A los que les toque (que puede ser incluso a mí, si es que sigo aquí para entonces), menuda la gracia les hará. Pero el caso es que tiene sentido económico y social. Hoy en día, salvo excepciones, a los 66 años sigues estando en perfectas condiciones para realizar un trabajo de oficina o intelectual. Para lo que no estás es para que te traten de tonto y se refieran a ti como “los mayores” por un falso deseo de no herir tu sensibilidad.

Si de no herir sensibilidades se tratara, los trabajadores de más antigüedad estarían mejor considerados que los recién llegados. El acervo de conocimientos que atesoran, la experiencia y el saber hacer, tendrían para la sociedad en general un valor intrínseco. Los progres de hoy en día presumen de admirar las civilizaciones antiguas. Pero en lo que no las imitan es en el respeto a “los mayores”.

Hoy en día, un trabajador de 65 años es doblemente valioso para una empresa. No sólo por lo ya expuesto, sino porque proviene de una cultura del trabajo muy distinta a la que traen las nuevas generaciones. Voy a poner un ejemplo: cuántos nuevos funcionarios hacen horas extras (por supuesto, no pagadas ni compensadas de ninguna manera) para asegurarse de que todas las solicitudes se van a tramitar a tiempo? Cuántos funcionarios cogen el coche al acabar su jornada laboral para ir a un pueblecito perdido a avisar de palabra al agricultor de turno (que no tiene teléfono) de que se le ha olvidado presentar un documento importante para recibir el dinero de la PAC? Cuántos funcionarios pueden decir honestamente que siempre han dado lo mejor de sí mismos en el trabajo? En Valencia de Alcántara, a partir del 21 de enero, uno menos.

Se jubila mi padre, y, aunque es motivo de alegría personal, porque bien merecido se tiene el descanso, no deja de ser una pérdida enorme para todas las personas a las que ofrecía su trabajo. Lo sé porque me he criado entre ellos, y siempre que se hacía notar que yo era “la hija del de la agraria”, era con respeto. De niña no supe valorar lo que eso representaba, pero ahora veo el privilegio inestimable que supone tener un padre del que sentirse orgullosa. El respeto es, quizás, junto con “los mayores”, algo menospreciado hoy en día. Sin embargo, estructura y cohesiona la sociedad, y otorga más o menos valor a las personas estrictamente por sus méritos. El respeto no se compra, hay que ganarlo. Eso es lo que se ha ganado mi padre día a día, literalmente con el sudor de su frente. Ojalá pueda yo, a mis 65 años, saber que he cumplido tan bien con mi deber como lo ha cumplido él.

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