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Wednesday, November 02, 2005

 

Totalitarismos de andar por casa

Amsterdam, 9 de mayo de 2005

Decía el Nobel de Economía Friedrich Hayek que, en el fondo, el nazismo y el comunismo venían a ser lo mismo, por muy contrarias que fueran las ideas en la superficie. Y por qué? Pues porque, en el fondo, ambos sistemas se basan en la supresión de la libertad individual. En ambos sistemas, unas personas dictaminan lo que otras van a hacer con su vida.

Dictaminar, dictador... dictar. Cuando miro a mi alrededor, veo muchos pequeños dictadores, gente a la que le gusta dictar a los demás. Me refiero a todas aquellas personas que ofrecen gratuitamente su consejo, aunque nadie se lo haya pedido. Más evidente (y recalcitrante) es el caso de aquéllas que se molestan cuando no sigues su consejo (solicitado o no). Una reacción así sólo la comprendo en los miembros más cercanos de mi familia. Puedo asumir que, estando convencidos de que su consejo me reportará un bien, si no lo sigo puede provocar en ellos una reacción sentimental, de la misma manera que si me fuera a acaecer un mal. Sin embargo, no creo que tal reacción por parte de la mayoría de mis congéneres se deba a sentimientos altruistas. En mi quizás demasiado pesimista opinión, cuando alguien se molesta porque no has seguido su consejo, se debe únicamente a la pérdida de poder que esa persona siente a la hora de influir en tu vida.

Para mí es algo sorprendente. Con lo difícil que es tomar decisiones propias, resulta mucho más complicado, por no decir imposible, saber qué le puede convenir a alguien distinto, puesto que jamás podré conocer todas sus circunstancias. Es más, el hecho de que las consecuencias de una decisión no las vaya a pagar yo, sino la otra persona, me supone un freno enorme a la hora de dar mi opinión sobre si fulanito debería hacer esto o lo otro. Sin embargo, la experiencia me dice que para mucha, mucha gente, tal freno no existe. Con sus limitadas cabezas (no porque sean más tontas que yo, simplemente porque todo ser humano tiene una mente muy limitada) consideran estar en condiciones de ser mejores jueces de la vida ajena que los propios interesados. Disfrutan poniendo orden a su alrededor y ampliando su esfera de influencia en la medida de lo posible.

De entre estas personas, las hay que llegan a meterse en la política. Éstas son de temer, puesto que la ausencia de miedo ante las consecuencias que otros van a pagar, aunque sea a muy largo plazo, las hace demasiado valientes a la hora de tomar decisiones. En apariencia pueden dar imagen de líderes, de personas con poder de decisión, revolucionarios... En el fondo, no creo que se alejen mucho de la típica vecina cotilla que se entromete en aconsejarte qué decirle a tu novio/marido/jefe/hijo etc. Lo único que les diferencia es la esfera de influencia.

No quiero acabar este artículo sin hacer un pequeño examen de conciencia. Decía antes que algunas personas se erigen en jueces de la vida ajena. Seamos sinceros. Quién no tiene su propia opinión sobre lo que fulanito o menganito debería hacer con su vida? Yo, desde luego, la tengo. Y muchísimas, demasiadas veces creo que yo, por supuestísimo, tengo razón y la otra persona se equivoca. Pero mientras los resultados de las decisiones ajenas no me vayan a afectar, quién soy yo para ofrecer consejo?

Comments:
Llevaba tiempo sin leerte y ésto me obliga a hacer examen de conciencia, porque desde luego, claro que tambien me gusta opinar sobre lo que deben hacer los demás, pero sin que recaigan en mi las consecuencias, lo cual nos debe hacer más prudentes a la hora de dar nuestro consejo.
 
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