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Thursday, September 01, 2005

 

Queridos camaradas

Ouderkerk a/d Amstel, 26 de enero de 2000

En mis peripecias por Holanda, plugo al destino que no me viera desamparada: en las penas y alegrías que sazonan mi estancia en este país me veo siempre reconfortada por la presencia de otros españoles más experimentados en el arte de vivir a la holandesa. En la empresa en la que trabajo somos en total cinco compatriotas, cada uno de una provincia distinta. Hay una madrileña, un gaditano, un traductor granadino, una traductora segoviana... y yo. Mis razones para venir a Holanda fueron muy sencillas. Entre el trabajo mal pagado y sin contrato que me ofrecieron en Madrid y éste, no había color. Mis dos colegas llegaron aquí por el mismo camino. Un buen día contestaron a un simple anuncio del periódico, y antes de darse cuenta se estaban mudando a Amsterdam.

La historia de los otros dos españoles es más curiosa. Ella, la madrileña, está casada con un "nativo", razón poderosa y más que suficiente para aguantar con una sonrisa el clima lluvioso, y hasta para aprender a la perfección el idioma. Aun así, de vez en cuando aprovecha algunas vacaciones para pasarse por la capital del reino y disfrutar del bullicio y del sol. Él, el gaditano, llegó a Amsterdam un verano de hace veinte años con la intención de pasar unas vacaciones, y se quedó a vivir. Su dominio del holandés es tal que ha llegado a publicar una revista sobre bonsais escrita por él mismo. Y lo que es más, su idioma materno le empieza a fallar y a veces no consigue recordar la palabra adecuada en español. Este eslabón perdido entre el salero andaluz y el frío holandés resulta una ayuda vital para el resto de nosotros, que andamos más (yo) o menos (los demás) perdidos. No sólo es fuente de información continua y sorprendente, sino que es imagen viva de que la supervivencia es posible.

Los otros dos traductores llevan tres y dos años en Holanda, respectivamente. Ambos son jóvenes, pero yo los he adoptado como padres en las cuestiones holandesas: médicos y vivienda, fundamentalmente. Ambos forman parte de una especie de régimen comunista que se ha ido creando poco a poco entre los empleados de la empresa. Cuando llegamos aquí, la gran parte de nosotros somos muy jóvenes, estamos solos, no hablamos el idioma y no conocemos a nadie. La mutua ayuda es el único sistema por el que logramos plantar cara a la situación, sacar el máximo provecho de ella y disfrutar en el intento. ¿Los pisos los alquilan sin suelo y sin pintar? Todo el mundo pinta el piso de todo el mundo. ¿Los médicos no recetan medicinas? Todos ofrecen un remedio de su país cuando alguien está enfermo. ¿No conoces a nadie? Tranquilo, no pasarán dos fines de semana seguidos sin que te propongan apuntarte a algo, ya sea cine, cena o deporte.

Esta ayuda ha sido muy importante para mí, y todavía lo es, incluso ahora que empiezo yo a ayudar a los nuevos. No habría aguantado ni un mes sin el apoyo de mis dos compañeeros traductores, José Luis y María José, que me hicieron prometer que los mencionaría en un artículo cuando se enteraron de que escribo para la revista de mi pueblo. Y no pude negarme, pues justo es que ellos, que tanto oyen hablar aquí de Valencia de Alcántara, sean conocidos ahí.

Comments:
Hola, "amegon". Alguien, (sin duda un gusanillo), escribió sobre tus escritos diciendo que muy bonitos, pero que había que conseguir que bajaras al suelo desde las nubes en que en su opinión habitas.
Pues bien, yo te deseo que nunca caigas en tan desgraciada situación como sería bajar hasta su "altura". Tan a ras de suelo se mueven, que mientras otros puede ocurrir que lamenten haber pisado una cagada, ellos han quedado inmersos en ella y llegan al convencimiento de que la vida es nada más que mierda.
Pero no,bastaría recordar el cambio profundo que se opera en las aún pocas personas que han tenido la fortuna de contemplar nuestro mundo con la perspectiva de 300 kms de altura o, incluso algunos, desde 350.000 kms. Todos ellos regresan convencidos de que vale la pena pensar en la vida desde allá arriba; y no vuelven a ser los mismos.
Aunque no tengamos tanta fortuna, tú sigue arriba, amegon, ¡susum cordam!. Siempre arriba, y, a ser posible sin desmayar nunca, para que, como decía Tagore, ningún obstáculo te impida ver las estrellas!.
Un abrazo
 
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