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Monday, September 12, 2005

 

Privilegios

Cuando hablando con gentes de otros países digo que soy española, mi interlocutor me pide siempre que le diga exactamente de dónde. Y al mencionar el nombre de Extremadura, siempre el mismo resultado: mirada decepcionada y un “no, no lo conozco, yo he estado en las costas”. Entonces me toda explicar que casi nadie viene a visitar nuestra región y que es normal que no hayan oído hablar de ella. (De acuerdo: los que nos visitan son miles, pero son millones los que vienen a España y no pasan por aquí).
Reconozcámoslo. Vivimos en una región pobre de Europa, en la que el sector servicios y la industria luchan por sobrevivir. Y sin embargo me siento privilegiada de haber crecido aquí. He vivido en contacto con la naturaleza, la de verdad, no una versión amaestrada o de fin de semana. Ver en su ambiente gallinas, cabras, ovejas, vacas y cerdos fue para mí una experiencia normal de mi vida diaria, no como parte de una excursión educativa. He sido ecologista sin saberlo; ni siquiera habíamos oído hablar de alimentos transgénicos.
En el pronóstico del tiempo, los meteorólogos suelen olvidarse de que hay algo al oeste de Madrid y nos anuncian como “venidero” el tiempo que ya tenemos encima. Menos mal que los viejos saben refranes para interpretar a corto plazo las señales del cielo y que la lluvia no nos pille desprevenidos. Por ejemplo, “cuando Marvào tenga capa no dejes la tuya en casa”. Y así, por docenas.
Con medios muchos más pobres que en los grandes institutos y colegios, mis profesores se aseguraron de darme la instrucción necesaria para enfrentarme al mundo con suficiencia. Dispuse también de una biblioteca pública; y puestos a enumerar bondades, habrá que incluir el centro de salud.
He podido jugar en la calle libremente con mis amigos, sin que nuestros padres tuvieran que estar temiendo lo peor. Conozco a mis vecinos por sus nombres, y a priori sabíamos que podíamos contar los unos con los otros, aunque todavía nadie nos hubiera hablado de la palabra “solidaridad”.
He conocido a la gente maravillosa de la campiña. (Personas que siempre me sorprendieron por sus ideas claras; valientes, fuertes y generosos como nadie.) Y que además pueden presumir de pertenecer al reducido número de humanos que habla “portuñol” o que pasan sin transición de la una a la otra lengua.
Ahora que vivo en una capital, veo todo lo que me ha faltado en mi pueblo. Pero también soy consciente de que he disfrutado de una niñez protegida y feliz. Y quizá algo aún más importante: fue una niñez sencilla. ¡Que gran privilegio es salir al mundo y poder admirarse y sorprenderse, y mirarlo todo con ojos de pueblo!. Y poder volver a casa cada año en Navidad, a celebrarla tradicionalmente, a salir a la calle para saludar a los vecinos, felicitarles las fiestas, preguntar por la familia, comentar los cambios… Saberse en casa.

Comments:
Tuviste mucha suerte con "el entorno" de tu infancia, pero la tuviste aún mayor contigo misma: Ya sabes, espero, aquello de que "en este mundo traidor nada es verdad ni mentira; y todo es según el color del cristal con que se mira". Pues bien, tú pusiste "el cristal", es decir, el ojo que miraba. Seguramente tú eras la constructora de tu propio entorno. Ojalá conserves para siempre esa mirada positiva de las cosas.
Un cordial abrazo, amegon.
 
Estoy de acuerdo con aboibo . En todo lo que te he leido se desprende optimismo, gracias por tu aportación , que con los telediarios nos sobran pesares .
 
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