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Friday, September 16, 2005

 

No nos vencerán

Amsterdam, 14 de julio de 2005
Sería muy fácil ponerse a escribir sobre las barbaridades del terrorismo, describir el sufrimiento de las víctimas, lanzar hipótesis sobre las causas y elucubrar sobre las soluciones. Pero el terrorismo es, a fin de cuentas, el establecimiento de un ambiente de terror. Y centrarnos ahora en estos ataques lo único que hace es contribuir a extender ese ambiente.

Así es que yo, como protesta y como lucha, voy a escribir sobre otro tema. Me gustó mucho la película Love Actually. En el prólogo se dice que, a pesar de lo que podría deducirse de los telediarios, el amor sí nos rodea, día a día, a todos.

Alguien lo duda? Que mire los ojos de un niño que disfruta de sus vacaciones con su familia. Que mire a un bebé en brazos de su madre. O al hermano pequeño intentando imitar al mayor. O al hermano mayor, imitando a su padre. A la madre que peina a la hija. A la hija que juega a maquillarse como su madre. Al abuelo que pasea al nieto. A los primos que juegan juntos. A los amigos que se reúnen después de años. A los que lloran juntos, también. El propio dolor que se comparte es prueba del amor.

Cuando alguien se preocupa por dejar un cacharro con agua a la puerta, para los gatos callejeros. Cuando escuchas durante una hora la charla interminable de alguien, a pesar de que preferirías irte a casa a descansar. Cuando llegas con un solo artículo a la caja del supermercado y en la cola alguien te deja pasar. Cuando se sonríe a los niños ajenos, simplemente porque son bonitos. Y cuando se les riñe también, porque se necesita un pueblo entero para educarlos.

Cada alféizar lleno de geranios y cada portal bien aseado. Cada “buenos días” al entrar en la carnicería. Incluso diría que cada cotilleo que se comparte, porque es parte del hilo que une la sociedad. Cada vez que nos acordamos de algún ser querido. Cada vez que visitamos un cementerio. Cada flor que adorna las tumbas. Cada rezo que sube al cielo.

En mi propio mundo, las llamadas de teléfono de familia o amigos, los emails que me mantienen en contacto con tanta gente, los artículos de mis columnistas favoritos, el ronroneo de Misino cuando su pancita está feliz, la paciencia de los holandeses cuando me atasco con su idioma, el apoyo de los compañeros de trabajo, cuando los proyectos son fáciles y cuando vienen atravesados. Incluso pienso que, de alguna forma, el arte que disfruto es una forma de amor: el artista, por definición, comparte con el mundo sus sentimientos.
Todo ello es frágil y nos lo pueden arrebatar con una bomba, sí. Pero al mismo tiempo, es esto lo que nos da fuerzas para distinguir entre el bien y el mal, y para no perder nuestra humanidad. Para aferrarnos a nuestros principios y no dejar que nos los cambien. Que el terror existe, pero no es la norma. Y la gente con tanto odio como para matar no son mayoría.

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