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Sunday, September 04, 2005

 

Bruselas, 16 de abril de 1999

El edificio del Consejo de la Unión Europea resulta bastante impresionante a primera vista. Está rodeado de una pequeña valla que protege un seto y los jardines. No hay ningún problema para llegar hasta el interior. Todo el mundo puede atravesar la entrada y llegar hasta el hall, siempre y cuando se sepa que es por ahí por donde se quiere entrar. Porque el edificio tiene tres entradas, cada una en una calle diferente y cada una da acceso a un piso diferente. Yo no me habría perdido el primer día si no me hubieran citado en una de las entradas secundarias, en la que da al piso 03 (que no es el tercer piso, como sería de esperar, sino el tercero hacia abajo; el tercer piso se llama 30). Pasar más allá del guarda de seguridad ya es otra historia. Sólo hay tres posibilidades: o tienes una tarjeta de acceso, o te invita un funcionario, o demuestras que estás citado en algún despacho. Con la tarjeta de acceso todo es más fácil… relativamente. Porque primero hay que saber utilizarla: pasas la tarjeta por delante de un poste electrónico, esperas a que suene un “bip” y se encienda una luz verde, luego entras en la puerta giratoria (que primero está parada), y confías en que el mecanismo funcione y te deje entrar.Ya estamos dentro del Consejo. Llega el momento de ver caras famosas y encontrarse con los de Caiga Quien Caiga. Mmm… más bien no. De los miles de funcionarios que trabajan en estas oficinas, no me suena ninguna cara. Bueno, no hay que desesperarse. Siempre queda la posibilidad de salir en la tele de algún país, según pasas por delante del edificio, o bien hacer guardia en la entrada VIP a ver si cae algún ministro. Y si no, en la cafetería del piso 50 (el quinto piso, para que nos entendamos), con un poco de suerte puedes tomar café a la vez que el embajador alemán. Si alguien es capaz de reconocerlo, enhorabuena, está más informado que yo. A pesar de todo, el pasado miércoles, 14 de abril, tuve el privilegio de coincidir con un Consejo de jefes de Estado y de gobierno. En los ventanales de uno de los pasillos nos reunimos becarios, funcionarios y jefes de división, todos emocionados al ver cómo llegaban en mercedes y en audis, uno tras otro, Tony Blair, Kofi Annan, Jacques Santer, nuestro Aznar… Las medidas de seguridad se intensificaron hasta tal punto que desalojaron el último piso, donde iba a celebrarse la reunión sobre Kosovo. Otros becarios y yo bajamos a ver el ambiente que se había creado entre tanto periodista y, tras una larga espera, pudimos asistir a la rueda de prensa que dieron Kofi Annan, Schröder y Santer. Fue una gran oportunidad el poder verlos en persona, estar mezclada entre los periodistas, las cámaras y la televisión. Todo fueron palabras, y lo que es peor, palabras de políticos. Sin embargo, he de reconocer la gran habilidad que tuvieron para no responder a las agudas preguntas que les formulaban. Por lo demás, la vida en el Consejo siguió su ritmo inalterado. El verdadero trabajo sigue realizándose sin publicidad ni protocolo.

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