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Thursday, September 08, 2005

 

Amsterdam, otoño de 1999

Mi primera impresión al llegar a este país puede resumirse en tres exclamaciones: qué llano!, cuánta agua!, cuántas bicis! En realidad, las tres cosas están muy relacionadas entre sí, y las tres se deben a la característica geográfica que da nombre al territorio: Países Bajos. Holanda es un pequeño país que sería diminuto si no hubieran tenido la osadía de ganarle terreno al mar. Digo la osadía porque para mí, como para cualquier otro extranjero, no resulta nada tranquilizador el saber que vivimos por debajo del nivel del mar. Los indígenas confían en su complicado sistema de diques y canales, y yo...procuro no pensar mucho en ello. Alguna vez he leído cómo consiguen evitar las inundaciones, pero lo único que recuerdo ahora es que utilizan los molinos de viento para drenar los campos. Así mediante una dificultad, se ha acabado creando un paisaje de postal en el que todo está verde, los canales cruzan los cercados, las ovejas pastan mientras nadan los patos, y las fochas miran con recelo a las garzas. Y al fondo, un viejo molino. Lo más impresionante es que un campo así se encuentra a cinco minutos de la ciudad, como si un país tan desarrollado quisiera demostrar al mundo que no es preciso renunciar a lo uno para tener lo otro. A lo único que han renunciado los holandeses es a la verdadera naturaleza, la agreste y sin intervención humana, pero si dejaran espacio para eso, ¿dónde iban a vivir? Y aparte, tenemos las bicis. Digo tenemos, porque yo ya me he comprado una. Aquí vivir sin bici es como vivir sin piernas. Las distancias, los caminos, los indicadores... todo está pensado para ir sobre dos ruedas. La habilidad que llegan a adquirir es fascinante. Llevan el paraguas en una mano, pedalean contra el viento, o circulan por entre coches, tranvías y peatones, como si fuera lo más natural del mundo. En todo establecimiento que se precie hay un "aparcadero" para bicis, y la máxima expresión de esta manía nacional se encuentra a la entrada de la Estación Central, donde se amontonan cientos de bicis en un enmarañaado laberinto de donde no logro entender cómo las sacan. Las bicis se mueven mucho en Holanda: sirven para pasear, hacer la compra, ir al trabajo, hacer turismo..., se compran, se venden, pasan por segundas y terceras manos, se estropean y se arreglan, se prestan y se roban. Se roban muchas bicis en Amsterdam, muchas, con lo cual la gente como yo intenta comprar la bici más barata y el candado más caro, confiando en que esta combinación dure, cuando menos, un año. Pero no es fácil encontrar el equilibrio, porque si es demasiado nueva, desaparece; ahora bien, si es demasiado vieja, quizás no cumpla su función todo lo bien que debiera, y corres el riesgo de acabar en pleno camino, bajo la lluvia, con una bici rota. En cualquier punto intermedio entre estos dos extremos, es fácil que te timen. Yo estoy recién llegada, me queda por averiguar cuál es mi caso, pero tengo la satisfacción de ser alguien en este país: ya tengo bici.

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