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Monday, September 05, 2005

 

¡Allez les bleus!

Todos los días, al salir de casa, me cruzo con los trabajadores que montan los puestos del mercadillo del barrio. Pero aquel día estaban más atareados que de costumbre. ¿Qué estaban poniendo allí arriba? ¿Banderas? Supuse que iban a festejar alguna fiesta local, pero me equivocaba. Se estaban preparando para el acontecimiento del año: ¡La Eurocopa 2000!
Al cabo de una semana, ya no era mi barrio, sino toda la ciudad la que se había vestido de naranja: banderitas colgadas por las calles, banderas en las ventanas, banderas en los coches, los escaparates inundados de motivos nacionales, hasta en las pastelerías se vendían tartas de zanahoria, redondas como un balón de fútbol...
Tengo que reconocer que la primera fase me pasó más bien desapercibida. Sólo me afectó cuando jugaron en el Arena, el estadio del famoso equipo de Amsterdam, el Ajax. Resulta que la empresa donde trabajo está muy cerca del estadio, y para llegar allí (o para volver a casa) hay que pasar por una de las carreteras que dan acceso al campo. En fin, sufrí un cierto retraso en el autobús, pero nada grave. Empecé a aficionarme y emocionarme con el partido de España-Yugoslavia. Siempre me ha parecido muy bonito cuando una causa perdida sale adelante. A partir de ese día, me vi todos los encuentros. Grité emocionada apoyando a Portugal. ¡Qué bien jugaron contra Turquía! Ese sábado, concretamente, habíamos quedado unos cuantos amigos para tomar una copa en el centro.
Salí de casa al poco de acabar el partido. En el metro me crucé con los aficionados turcos: todos serios, silenciosos y apagados. Luego, en el centro, comenzó la fiesta. Grupúsculos de portugueses cantaban alborozados, ondeando las banderas rojiverdes y saludando a todo el mundo al pasar. Me sentía tan identificada con ellos, viniendo, como vengo, de la Raya... Los holandeses también festejaban algo, aunque no se sabía muy bien si era la victoria de Portugal, la buena marcha del equipo nacional, o simplemente la alegría de ser los anfitriones. Caminar por la calle era ver una sucesión de camisetas rojas y naranjas, todos en buena armonía.
Pero la verdadera fiesta estaba por llegar. El ambiente antes de la semifinal entre Holanda e Italia era de película. Se iba a celebrar allí mismo, en el Arena, y toda la ciudad se preparó para el acontecimiento. Las pocas ventanas que quedaban sin adornar se apresuraron a engalanarse con sus respectivas banderas. Desde por la mañana un brillante color naranja cubrió el país. Los ejecutivos llevaron sus serios trajes de oficina junto con una hermosa corbata naranja, y los más atrevidos se pusieron una gorra de león (símbolo nacional), una camiseta con la letra del himno impresa, y una cola de león. Por cierto, la primera estrofa del himno es muy curiosa. Cantan orgullosos los holandeses: “Yo soy Guillermo de Oranje‚ tengo sangre alemana y rindo homenaje al rey de España. Qué cosas...
Creo que a todos mis compañeros les hacía ilusión que ganaran los neerlandeses. Habría sido fantástico vivir una final de Eurocopa 2000 en el país anfitrión y jugando además el equipo nacional. Sólo el departamento de italiano estuvo feliz al día siguiente. Y yo, después de haber perdido a España, Portugal y Holanda por el camino, decidí apoyar a Francia (por razones de amistad personal, no por otra cosa). Y fue una decisión muy sensata, porque los holandeses han cogido cierta tirria al país de la pizza. La final se celebró un domingo en Rotterdam. Pero había unos cuantos bares con pantalla gigante donde seguro que podríamos ver el partido con comodidad y buen ambiente. Y allá nos fuimos, dos francesas, una andorrana, una alemana, un suizo y dos españolas. La alemana y el suizo animaron al equipo italiano; la andorrana y la otra española fueron más bien neutrales. Las francesas se presentaron con una enorme bandera tricolor y ganas de juerga. Y a ellas me uní, saltando cual bretona emocionada antes del partido, lo cual me ganó besos y abrazos después del partido, porque esa fidelidad a una patria que no es la propia les había llegado al corazón.
Y ya pasó todo. Tantas banderitas, tanta expectativa, y tantísimo dinero gastado. Me reservo mi opinión sobre el fútbol, porque todavía no he aclarado mis ideas. Por lo pronto, disfruté mucho con mi nueva actitud de: si no puedes vencerlos, únete a ellos.

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