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Tuesday, August 30, 2005

 

Vrije Handel

Amsterdam, 5 de febrero de 2001

Mi empresa está situada en un hermoso pueblo cerca de Amsterdam llamado Ouderkerk am de Amstel (el nombre viene a ser algo así como Vieja Iglesia junto al Amstel). Aquí viví durante mis primeros ocho meses de vida holandesa, y sobreviví gracias a que yo soy pueblerina y me gustan los sitios pequeños. Pero éste es mucho más pequeño que Valencia de Alcántara. Por poner un ejemplo, sólo tiene un bar. Coincide que el bar nos queda a la vuelta de la esquina, lo justo para tomarse un té después del trabajo o irse a comer un viernes. Me cuentan que tiempo ha, cuando la empresa aún era joven, todos los viernes por la tarde se iba allí la plantilla al completo, jefe incluido, y se tomaban unas cervezas. A mí esos tiempos gloriosos no me han pillado, y ahora ya no es costumbre ni tradición. Tan sólo el espíritu de compañerismo que nos anima a los más sociables nos hace proponer de vez en cuando una salidita al bar, a nuestro querido Vrije Handel.

Y ¿qué tiene el bar de especial? Lo primero, es muy holandés. El piso, el techo y la paredes son de madera oscura, y la iluminación es más bien escasa. Es un ambiente cálido y hogareño, más porque todo el mundo se conoce. Al fondo hay una mesa de billar que nunca se utiliza, y a veces despliegan una pantalla gigante para los partidos de fútbol (aunque a ese tipo de acontecimientos los extranjeros no acudimos). Además de la imprescindible barra, hay cuatro grandes mesas y una pequeña. La pequeña es para las parejitas y suele estar ocupada. Si hay suerte, puedes acaparar una de las grandes con tu propio grupo. Si no, hay que compartirla con quien esté ya sentado allí. Normalmente suele haber un par de cincuentones leyendo el periódico, cada uno sentado en una gran mesa, disfrutando lentamente de una cerveza del país.

No sé muy bien de quién es el bar. Creo que pertenece a una familia, porque me parece reconocer a un matrimonio, la abuela y la hija. La abuela es un cardo, no saluda ni sonríe jamás. Los demás son muy salados y, como saben que somos clientes fijos, nos tratan bien. No hablan casi nada de inglés, con lo que nos obligan a practicar nuestras lecciones más básicas: quiero un vaso de agua, cuánto es... Su gusto musical es algo dudoso y muy, muy hetereogéneo. Lo mismo ponen un disco de rumba que canciones tradicionales holandesas, pasando por los Beatles y el último número uno de la radio.

Es en el Vrije Handel donde celebramos los aumentos de sueldo y los ascensos, donde despedimos a los que se van, donde confabulamos contra los jefes y donde nos mesamos los cabellos tras un durísimo día de trabajo. Es donde se gestan las amistades, donde se pregunta "qué vas a hacer el fin de semana", donde te pasan información confidencial sobre el próximo contrato. Es donde se reúnen las familias a la espera de que aparezca San Nicolás el 5 de diciembre, y desde el bar se ven las bodas civiles en el ayuntamiento. En verano tiene una terracita, muy poca cosa, apenas un par de mesas en la acera. Y en el escaso sol se puede disfrutar del espectáculo de la gente que pasa, los niños que vuelven del cole y las viejecitas que van a la compra.

¿Por qué me gusta tanto el Vrije Handel? Porque es como los de mi pueblo, es humano y nada moderno. Conocen mi cara, se saben de memoria mis gustos, y siempre encuentro allí a algún amigo. No puedo compararlo por completo con Valencia, porque no he sido extranjera ahí. No sé si se acoge afablemente al extraño o si se le mira de reojo. Quiero pensar que los forasteros disfrutan en mi pueblo como yo disfruto lejos de él, porque ésa es la verdadera prueba de la amistad entre las naciones. Me gusta la idea no ya de la Europa de las Regiones, sino de la Europa de los Pueblos.


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