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Friday, August 26, 2005

 

Visita al Gran Duque

Amsterdam, 8 de marzo de 2001

El fin de semana pasado me escapé a Luxemburgo. Hacía dos años que no pasaba por el gran ducado y, en cierto modo, fue como un regreso a la infancia. La última vez que estuve allí todavía no tenía un trabajo fijo, acababa de empezar a escribir para esta revista y mis pies no habían pisado aún las tierras empantanadas de Amsterdam. Montada en el avión, pude reflexionar sobre todas las cosas buenas que me han pasado en estos dos años, de lo afortunada que soy por tener la vida que tengo. Sintiéndome todavía muy niña, heme aquí cual ejecutiva viajando por el Benelux.
El caso es que fue un fin de semana muy agradable. Luxemburgo no tiene nada que ver con Amsterdam, es un mundo aparte. Está situado en un valle, formando varios niveles, de tal manera que la ciudad se divide prácticamente en dos: el centro, con el palacio del Gran Duque, la catedral, las murallas y un par de museos, y la Pétrusse, que recorre el fondo del valle y tiene unas cuantas casas, un río y un hermoso parque. Estos dos "pisos" están unidos por calles empinadísimas, callejuelas con escaleras y ¡un ascensor! Literalmente, la diferencia de altura es tan grande, que han construido un gran ascensor para facilitar la subida o bajada de los sufridos ciudadanos.
A estas dos capas se le puede añadir otra, que es el Plateau Kirchberg, situada por encima y a la derecha del centro, que alberga los grandes edificios europeos: la torre del Parlamento, el Tribunal de Justicia, parte de la Comisión y otros cuantos organismos menores. Entre el centro y el Plateau hay bosque, alrededor de la ciudad hay bosque, todo lo que no está construido es bosque. Luxemburgo es el lugar ideal para pasear y perderse entre los árboles, cuesta arriba y cuesta abajo. Se puede espiar a los elfos por entre las ramas más bajas, y en otoño hay que tener cuidado de no pisar a ningún duende escondido entre la hojarasca. Sé que mucha gente de dentro y fuera del país se aburre en esa ciudad, porque echa de menos el bullicio y el metro y las calles larguísimas. Pero quien disfrute de la vida sana y tranquila, amará Luxemburgo.
La población del ducado se compone mayoritariamente de extranjeros que trabajan en los organismos europeos y de extranjeros que trabajan en grandes bancos internacionales. Los luxemburgueses son minoría, y quizá por eso tienden a ser muy nacionalistas: pelean con ahínco por la supervivencia de su idioma (que, según las malas lenguas, no es más que un dialecto del alemán) y se sienten muy orgullosos de su pequeño país. En las calles se oye hablar de todo: inglés, francés, alemán, español, italiano y mucho portugués, que yo recuerde.
Precisamente por estar llena de eurofuncionarios y banqueros, Luxemburgo es una ciudad con un nivel de vida impresionante. Los deportivos más modernos circulan como si fuera lo más normal del mundo, abundan las tiendas de mobiliario de calidad, ropa de marca, sofisticados equipos de música... No parece existir la clase media. Tampoco existen los universitarios, porque en un país tan pequeño no les ha cabido la universidad, y la juventud tiene que emigrar a Bélgica, Francia o Alemania para proseguir sus estudios.
Se dice que Luxemburgo es una ciudad alemana con espíritu francés, y hasta donde yo sé, es una descripción muy acertada. El paisaje urbano está lleno de torres de aguja finísimas, todo está muy limpio, todo muy organizado, todo puntual. Pero la gastronomía es propiamente francesa, así como la amabilidad y el gusto por el buen vivir. Tienen en el centro una gran panadería con un salón comedor donde la gente va a desayunar los domingos, como quien va a la churrería. Con un chocolate caliente, un zumo de naranja, un croissant, varios panecillos, mantequilla, mermelada, jamón de york y queso, quedas tan lleno que no puedes volver a comer hasta la noche.Aproveché el fin de semana para visitar a mi amiga Esther, salmantina de nacimiento y luxemburguesa de vocación. Trabaja en un gran banco alemán desde hace casi tres años. Llegó al Benelux un poco como yo: de rebote. Y ahora está tan asentada allí que no tiene ganas de volver a España. Mi antigua compañera de facultad se ha convertido en una moderna ejecutiva que forma parte del mundillo económico de Luxemburgo. Y ella, ¿me verá cambiada a mí?

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