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Saturday, August 20, 2005

 

Podría ser el comienzo de un chiste: "Iban un alemán, un holandés y un español...".

Sin embargo, en esta ciudad cosmopolita no resulta tan extraño ver grupos insólitos, y menos aún lo es en la vida de todos los que trabajamos con un período de prácticas en una de las instituciones comunitarias. En el Consejo, por ejemplo, somos 35 jóvenes, y siempre nos reunimos para comer y tomar café. Así, a menudo puede verse charlando amigablemente a la finlandesa con la griega, mientras la portuguesa escucha interesada lo que le cuenta un alemán.
El viernes pasado fui a una fiesta organizada por los jóvenes que hacen prácticas en la Comisión (hay unos 600), a la que nosotros estábamos también invitados. Quince nacionalidades reunidas en un local. Si fuera cierto todo lo que se dice de cada una de ellas, habría sido un desastre: los españoles, orgullosos; los escandinavos, frígidos; los alemanes, intransigentes. En cambio, el ambiente que yo vi era exactamente el mismo que el que se puede disfrutar en los pubs de mi pueblo. La gente se entendía a gritos por encima de la música, los grupos se entremezclaban y se disolvían, formándose luego en otra parte, algún pesado intentaba, sin éxito, ligar con un grupo de chicas que bailaba en la pista. Todos iguales. Incluso podría haber servido como publicidad para la UE: Todos europeos.
Al día siguiente estuve reflexionando, con algo menos de optimismo, y me di cuenta de que todos los que estamos aquí hemos demostrado ya una apertura que quizá no se corresponda con la media, con lo que nuestros rasgos típicamente nacionales pueden estar algo desvirtuados. Por ejemplo, yo procuro ser siempre muy puntual (¡llego incluso antes que los alemanes!), la finlandesa habla y hace amistad con todo el mundo, y los dos ingleses son bastante euro-optimistas. Pero, a pesar de todo, esta experiencia enseña que la convivencia es posible porque, en el fondo, lo que nos une es mucho más que lo que nos separa... Ojalá en Kosovo pensaran igual.
Y no sólo eso, sino que, además, acaba creándose un círculo virtuoso en el que cada vez resulta más fácil la unión. Yo estoy aprendiendo mucho sobre Suecia y los suecos, pero debo admitir que me costó más de un mes empezar a hablar con ellos. Siempre había tenido la impresión de que eran un pueblo algo antipático, soso, con el que yo no sabría tratar. Un día acabé sentada al lado de uno de ellos y, por pura cortesía por ambas partes, comenzamos a conversar. Resultó ser una persona como cualquier otra, con las mismas preocupaciones que la mayoría de españoles de su edad, a saber, cómo y dónde encontrar un trabajo. Más tarde he charlado con otros dos suecos del Consejo, hasta que me he quitado de la cabeza muchos prejuicios y tópicos que aún conservaba.
La moraleja de todo esto, al menos la que yo he aprendido, es que merece la pena conceder el beneficio de la duda a todos los extranjeros, porque es una pequeña contribución a la paz mundial que, por otra parte, enriquece el espíritu.

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