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Sunday, August 21, 2005

 

La cigüeña

¿Cuántos niños nacen cada día en el mundo?. No lo sé. Ese tipo de cifras estadísticas no dicen nada. Así como los miles de muertos de una guerra conmueven menos que la muerte de una sola persona cercana, también ahora para mí un solo nacimiento empequeñece cualquier dato que pudieran darme.
El 30 de noviembre de 2002 llegó a este mundo don Andrew Antonio Olafsson González, hijo de mi hermana, sobrino mío y ya mismo parte inseparable de nuestra familia hasta el fin de nuestros días.
Me dijo su padre, cuando la criatura estaba recién nacida, que era un niño muy despierto. Yo lo dudé, y mucho, porque ¿cómo iba a haberlo notado tan pronto?. Pero luego vi las fotos y me convencí: es un niño muy espabilado. Y el más bonito del mundo. Hasta donde yo sé, todos los que le han conocido afirman que es, no sólo el más bonito, sino también el más bueno y el más inteligente. Dentro de poco me tocará por fin ir a la blanca Albión a conocer a este nuevo miembro de mi familia, y no le llevo ya mismito el premio Nobel porque no me dejan, que si no…
El propio Andrew debe de notar lo que pensamos de él. Debe de tener conciencia de que es la alegría de la casa. Y es bueno que así sea. Instintivamente, cuando un bebé llega a una familia, todos nos volcamos en el nuevo retoño. Y es que, siendo el ser humano tan complejo como es, necesita en su inicio, no sólo calor y comida, sino sentirse querido. Para su equilibrio emocional, para sentirse seguro, el bebé necesita saber que es lo más importante para sus padres.
Por esto es un crimen tremendo cuando unos padres maltratan a su bebé. Es un daño que va mucho más allá de las lesiones físicas. Es alta traición. Es degradarse muy por debajo de los animales.
Ojalá todos los bebés sean, como Andrew, el más bonito del mundo.

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