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Saturday, August 27, 2005

 

JASP

Amsterdam, 13 de junio de 2001
Hace algunos años, cuando aún estaba en contacto con la cultura televisiva española, se pusieron de moda estas siglas acuñadas en un anuncio de coches. Joven Aunque Sobradamente Preparado. Ésa podría ser yo, ¿no? Joven, y encima ahora cambio de trabajo, de empresa, y me convierto en jefa de proyectos (de traducción, eso sí). Heme aquí cosmopolita, plurilingüe, profesional, el estereotipo de la sociedad moderna. Estoy satisfecha y orgullosa. Pero al mismo tiempo, no puedo evitar una cierta inquietud. Según todos los cánones actuales, según lo que se me muestra en la todopoderosa tele, soy invencible. Tengo 25 años, una carrera profesional bien encaminada y no tengo ningún defecto físico visible (si bien tampoco mido el metro setenta y pico mínimo que parece exigible para lucir el palmito ante las cámaras). La vida gira en torno a mí. El mercado gira en torno a mi estado social. Las tiendas florecen gracias a mi grupo de edad, a todos estos jóvenes urbanos que tienen buenos sueldos y no saben dónde gastarlos, solteros sin hijos ni compromisos y con mobiliario de Ikea.

Cuando cojo el metro por las mañanas para ir a trabajar, todavía me asombro de la escasez de personas mayores. Vamos todos orgullosos, despreciando la experiencia acumulada de los que ya han trillado el campo que nosotros pisamos. Con esta manía de adorar la juventud, nos vemos obligados a cometer los mismos errores para aprender lo que otros ya antes sabían. JASP, sobradamente preparados... ¿hasta qué punto? ¿Cuánto puede enseñarte la universidad y cuánto necesitas aprender a base de tropezones? Yo me siento preparada, tengo los conocimientos suficientes para llevar a cabo las tareas que se me asignan. Sin embargo, si una cosa he aprendido desde que dejé la universidad, es que el trabajo siempre te da sorpresas, siempre hay momentos estresantes y, lo que es más, no todo te lo enseñan los libros. Lo que me hace una buena profesional ahora mismo no es mi título (ese papelillo ganado con ¡tantos sudores!), sino la cantidad de situaciones distintas por las que he pasado como traductora. Y cuando pienso en que sólo llevo trabajando tres años, en comparación con los que me quedan por delante... no es nada, lo que sé‚ no es nada. Ahora me voy de esta empresa y dejo al cargo a otras dos chicas, también muy jóvenes. Son muy buenas, pero no me da tiempo a pasarles todos los truquillos que yo había llegado a desarrollar. Igual que cuando se fueron mis dos compañeros anteriores, dejándome a mí sola ante el peligro, va a perderse parte del conocimiento adquirido por el departamento de español.

En los últimos tiempos, los jóvenes hemos luchado por un reconocimiento de nuestras capacidades. Despreciar nuestro aporte no habría sido sensato, porque en nuestra sociedad, todos tenemos que colaborar para que marche. Y digo yo, ¿no estaremos ahora pasándonos al extremo contrario? Hoy en día las empresas no quieren contratar a nadie mayor de 35 años. Muy bien. Así se aseguran una plantilla sumisa de gente inexperta. ¿Y a dónde irá todo ese conocimiento desaprovechado?

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