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Thursday, August 25, 2005

 

En un lugar de Holanda de cuyo nombre no puedo olvidarme

Amsterdam, 5 de abril de 2001

Casi todos los extranjeros que vienen a los Países Bajos acaban visitando las mismas ciudades de siempre. Amsterdam es la favorita, pero Leiden, Utrecht, Rotterdam, La Haya y Haarlem no se quedan atrás. Yo, como soy muy mía, suelo perderme las películas más taquilleras, no conozco a los autores de moda y todavía no he ido a La Haya, Leiden ni Utrecht. En cambio, he visitado un sitio muy bonito y cuco que nadie conoce. Se llama Vlaardingen (pronunciado "Fláardinguen"). Allí vive mi correspondiente de holandés. Me explico:
A falta de un buen profesor de holandés y, sobre todo, de la voluntad para apuntarme a un curso en condiciones, me he buscado una manera más heterodoxa de aprender el idioma. Todas las semanas me reúno con una chica holandesa que quiere practicar su español. Nos reunimos en una cafetería a hablar, un rato en español y otro en holandés. Ése es mi intercambio, se llama Janny y con ella aprendo la lengua hablada. Además, intercambio cartas con una señora de unos 55 años, abuela ya, muy salada ella. Yo la escribo en holandés, ella corrige mi carta y me la devuelve junto con su propia carta en español, la cual yo corrijo etc. Ésta es la que vive en Vlaardingen. Y como es muy maja, me invitó el otro día a pasar el sábado en su casa. Cuando les comenté a mis amigos que iba a Vlaardingen, todo el mundo me preguntaba extrañado: "¿Por qué? ¿Qué hay allí que merezca la pena visitar?". Que yo supiera, no había nada. Sólo sabía que estaba medianamente cerca de Rotterdam, que me había invitado una señora a la cual no conocía más que por carta y que podía ser una oportunidad excelente para poner a prueba mis conocimientos lingüísticos. Y resultó ser un día fantástico.
Llegué hasta Rotterdam en tren. Allí me esperaba Annette (mi correspondiente). Nos dimos un paseíto por Rotterdam, lo justo para ver el aire de la ciudad. Es muy distinta de Amsterdam. Por desgracia, fue una de las ciudades que más sufrió durante la Segunda Guerra Mundial, quedó completamente destruida y ahora todos los edificios son muy modernos. Luego fuimos a Scheveningen (pronunciado "Sjefeninguen"), que es una de las playas más famosas del país. En pleno mes de marzo y en la costa del Mar del Norte, no estaba el día como para darse un baño. Pero era agradable sentir la brisa, ver los barcos, pasear por el muelle... A media tarde fuimos por fin a Vlaardingen. Para llegar hasta allí, tuvimos que atravesar una gran extensión de invernaderos, un paisaje futurista hecho de cristal. Por lo visto, esa zona es la principal productora de tomates y flores. De hecho, llegamos a pasar junto al mercado nacional de flores, que es una especie de lonja donde las grandes empresas de floristería subastan sus productos. En Vlaardingen visitamos el ayuntamiento. Resulta que el marido de Annette es el teniente de alcalde de la ciudad, así es que pude ver todas las oficinas, incluso la del señor alcalde. El edificio es precioso, sobre todo las contraventanas, que están pintadas con los colores de la ciudad: rojo, azul y amarillo. Aloja un par de réplicas: un reloj antiguo y una balanza para pesar pescado. Vlaardingen era un importante puerto pesquero, aunque ahora su economía se basa en las refinerías de petróleo.
Después del turismo, le tocó el turno a la vida familiar. A casa de Annette acudió su hija, su yerno y dos de sus nietos. ¡Qué cielos todos ellos! Su interés por nuestro idioma les viene de sus frecuentes visitas a las Islas Canarias. Es que son muy típicos: rubios, sonrosaditos, de risa fácil y algo inocentones (cuando hablan en español, porque cuando hablamos en holandés, la inocentona soy yo). Tuve una interesante charla con el niño de cuatro años acerca de su colegio. No me enteré de nada, pero él se lo pasó muy bien hablándome. Con la niña, de dos añitos, me llevé a las mil maravillas, porque su vocabulario y el mío andan más parejos. Después de una hora y pico de conversación a cuatro bandas en un idioma imposible, me dieron un respiro porque la hija y su familia se fueron, y yo me quedé a cenar con Annette y su marido. Me agasajaron como quien recibe en su casa al embajador de Laponia. Hacía mucho que no me sentía tan bien tratada, y me hizo reflexionar en lo maravilloso que es abrirse al mundo sin perjuicios y con optimismo. Esa misma mañana, en el tren, iba preocupada en cómo pasaría todo un día con una señora con la que, en principio, yo no tenía nada en común. Y acabé sintiendo que tenía una familia adoptiva en este país tan lejano del mío. También me llamó la atención el hecho de que España siempre se ha vanagloriado de su hospitalidad, y quizá nos estamos abandonando un poco en ese terreno. Estamos acostumbrándonos a ver a esos "guiris" poniéndose rojos como cangrejos bajo el sol español, queremos sacarles el dinero pero sin que nos den mucho la vara, nos creemos que son tontos porque hablan raro. Y en el fondo, son personas con los mismos amores y desamores, las mismas alegrías y tristezas, sus preocupaciones cotidianas que intentan dejar de lado yendo unos días a la playa. Me gustó conocer más de cerca a esos "guiris" tan típicos. Prometo que nunca más los menospreciaré cuando los vea tostándose en España.

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