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Wednesday, August 31, 2005

 

De Bruselas

En las tiendas de recuerdos que abundan alrededor de la Grande Place (Plaza Mayor) se venden camisetas y postales con la ingeniosa frase de “Bruselas, donde la lluvia es típica”. Pronto se comprueba lo acertada que resulta.

Al cabo de dos semanas en la ciudad, uno se habitúa a llevar el paraguas a todos lados, uno plegable, que se convierte en tu mejor amigo en los momentos más inesperados. Asimismo, aprendes con rapidez a vestirte en capas, como una cebolla, para aumentar las probabilidades de acertar con la temperatura que haga en cada momento.

Este aprendizaje pueden ahorrarse con una aguda observación de las costumbres del país: en primer lugar, allí nadie se fía de la predicción meteorológica, aunque nunca se la pierden; en segundo lugar, cuando en una mañaana soleada y templada todos los belgas llevan una chaqueta a mano, es por algo. Ellos cuentan con la ventaja de la experiencia y saben que en unas horas puede ponerse a llover y granizar, soplar un fuerte viento y bajar la temperatura diez grados. Y siguiendo con el clima, baste decir que en las repisas de lo s pisos bajos, que en Bélgica están dentro, no fuera de la ventana, se colocan a menudo los gatos en busca del

calorcillo que puede entrar en los momentos de sol. En una ciudad como Bruselas, con tantos habitantes, las mascotas más prácticas son las de menor tamaño. Por eso suelen ver se perros de raza pequeñaa. El inconveniente es que no son lo suf icientemente veloces como para cruzar a tiempo los pasos de cebra, y así sucede con frecuencia que el dueño lleva al perro de pa seo cogido en su regazo... Consecuencia de esto es que, en Bélgica, un gran porcentaje de los perros sufren de obesidad. En los hipermercados y grandes superficies también entran los perros, bien en brazos del dueñoo como si fueran un bebé, bien en el propio carrito, entre la compra. Sin comentarios.

Los belgas más típicos, a los que se puede reconocer entre tanto inmigrante (o trabajador ïnmigrante, como dicen en la jerga comunitaria) son los jubilados. Escuchando las conversaciones ajenas cu ando iba en el autob·s comprobé que las mujeres de más de sesenta años solían hablar de los horarios, la fiabilidad o el servici o de los autobuses. Era su tema favorito, con creces. Y al cabo de un tiempo también yo llegué a “belgarizarme” y pude comentar los retrasos, las lneas, los trayectos... Todo ello esperando el autobús en cuestión. Por cierto, los horarios son endiablados.

Segundo comentario típico: Yo no soy racista, pero...A conti nuación suele sucederse una serie de críticas contra los árabes y los gitanos, por este orden. Seguirrá la vida cotidiana en Bruselas, sin mí. ¿Se dará alguien cuenta de que ya no cojo el autob·s de las 8:25? Espero que los dos muchachillos que preparaban los deberes de camino al institu to hayan aprobado todo. Y que la señora mayor que compartía mis esperas por la mañana no se aburra demasiado. Yo no pude sacar f otos de las sensaciones que todo aquello me produjo, pero aún así quisiera compartirlo. Ahora que disfruto del sol.


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