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Wednesday, August 31, 2005

 

De Bruselas

En las tiendas de recuerdos que abundan alrededor de la Grande Place (Plaza Mayor) se venden camisetas y postales con la ingeniosa frase de “Bruselas, donde la lluvia es típica”. Pronto se comprueba lo acertada que resulta.

Al cabo de dos semanas en la ciudad, uno se habitúa a llevar el paraguas a todos lados, uno plegable, que se convierte en tu mejor amigo en los momentos más inesperados. Asimismo, aprendes con rapidez a vestirte en capas, como una cebolla, para aumentar las probabilidades de acertar con la temperatura que haga en cada momento.

Este aprendizaje pueden ahorrarse con una aguda observación de las costumbres del país: en primer lugar, allí nadie se fía de la predicción meteorológica, aunque nunca se la pierden; en segundo lugar, cuando en una mañaana soleada y templada todos los belgas llevan una chaqueta a mano, es por algo. Ellos cuentan con la ventaja de la experiencia y saben que en unas horas puede ponerse a llover y granizar, soplar un fuerte viento y bajar la temperatura diez grados. Y siguiendo con el clima, baste decir que en las repisas de lo s pisos bajos, que en Bélgica están dentro, no fuera de la ventana, se colocan a menudo los gatos en busca del

calorcillo que puede entrar en los momentos de sol. En una ciudad como Bruselas, con tantos habitantes, las mascotas más prácticas son las de menor tamaño. Por eso suelen ver se perros de raza pequeñaa. El inconveniente es que no son lo suf icientemente veloces como para cruzar a tiempo los pasos de cebra, y así sucede con frecuencia que el dueño lleva al perro de pa seo cogido en su regazo... Consecuencia de esto es que, en Bélgica, un gran porcentaje de los perros sufren de obesidad. En los hipermercados y grandes superficies también entran los perros, bien en brazos del dueñoo como si fueran un bebé, bien en el propio carrito, entre la compra. Sin comentarios.

Los belgas más típicos, a los que se puede reconocer entre tanto inmigrante (o trabajador ïnmigrante, como dicen en la jerga comunitaria) son los jubilados. Escuchando las conversaciones ajenas cu ando iba en el autob·s comprobé que las mujeres de más de sesenta años solían hablar de los horarios, la fiabilidad o el servici o de los autobuses. Era su tema favorito, con creces. Y al cabo de un tiempo también yo llegué a “belgarizarme” y pude comentar los retrasos, las lneas, los trayectos... Todo ello esperando el autobús en cuestión. Por cierto, los horarios son endiablados.

Segundo comentario típico: Yo no soy racista, pero...A conti nuación suele sucederse una serie de críticas contra los árabes y los gitanos, por este orden. Seguirrá la vida cotidiana en Bruselas, sin mí. ¿Se dará alguien cuenta de que ya no cojo el autob·s de las 8:25? Espero que los dos muchachillos que preparaban los deberes de camino al institu to hayan aprobado todo. Y que la señora mayor que compartía mis esperas por la mañana no se aburra demasiado. Yo no pude sacar f otos de las sensaciones que todo aquello me produjo, pero aún así quisiera compartirlo. Ahora que disfruto del sol.


Tuesday, August 30, 2005

 

Vrije Handel

Amsterdam, 5 de febrero de 2001

Mi empresa está situada en un hermoso pueblo cerca de Amsterdam llamado Ouderkerk am de Amstel (el nombre viene a ser algo así como Vieja Iglesia junto al Amstel). Aquí viví durante mis primeros ocho meses de vida holandesa, y sobreviví gracias a que yo soy pueblerina y me gustan los sitios pequeños. Pero éste es mucho más pequeño que Valencia de Alcántara. Por poner un ejemplo, sólo tiene un bar. Coincide que el bar nos queda a la vuelta de la esquina, lo justo para tomarse un té después del trabajo o irse a comer un viernes. Me cuentan que tiempo ha, cuando la empresa aún era joven, todos los viernes por la tarde se iba allí la plantilla al completo, jefe incluido, y se tomaban unas cervezas. A mí esos tiempos gloriosos no me han pillado, y ahora ya no es costumbre ni tradición. Tan sólo el espíritu de compañerismo que nos anima a los más sociables nos hace proponer de vez en cuando una salidita al bar, a nuestro querido Vrije Handel.

Y ¿qué tiene el bar de especial? Lo primero, es muy holandés. El piso, el techo y la paredes son de madera oscura, y la iluminación es más bien escasa. Es un ambiente cálido y hogareño, más porque todo el mundo se conoce. Al fondo hay una mesa de billar que nunca se utiliza, y a veces despliegan una pantalla gigante para los partidos de fútbol (aunque a ese tipo de acontecimientos los extranjeros no acudimos). Además de la imprescindible barra, hay cuatro grandes mesas y una pequeña. La pequeña es para las parejitas y suele estar ocupada. Si hay suerte, puedes acaparar una de las grandes con tu propio grupo. Si no, hay que compartirla con quien esté ya sentado allí. Normalmente suele haber un par de cincuentones leyendo el periódico, cada uno sentado en una gran mesa, disfrutando lentamente de una cerveza del país.

No sé muy bien de quién es el bar. Creo que pertenece a una familia, porque me parece reconocer a un matrimonio, la abuela y la hija. La abuela es un cardo, no saluda ni sonríe jamás. Los demás son muy salados y, como saben que somos clientes fijos, nos tratan bien. No hablan casi nada de inglés, con lo que nos obligan a practicar nuestras lecciones más básicas: quiero un vaso de agua, cuánto es... Su gusto musical es algo dudoso y muy, muy hetereogéneo. Lo mismo ponen un disco de rumba que canciones tradicionales holandesas, pasando por los Beatles y el último número uno de la radio.

Es en el Vrije Handel donde celebramos los aumentos de sueldo y los ascensos, donde despedimos a los que se van, donde confabulamos contra los jefes y donde nos mesamos los cabellos tras un durísimo día de trabajo. Es donde se gestan las amistades, donde se pregunta "qué vas a hacer el fin de semana", donde te pasan información confidencial sobre el próximo contrato. Es donde se reúnen las familias a la espera de que aparezca San Nicolás el 5 de diciembre, y desde el bar se ven las bodas civiles en el ayuntamiento. En verano tiene una terracita, muy poca cosa, apenas un par de mesas en la acera. Y en el escaso sol se puede disfrutar del espectáculo de la gente que pasa, los niños que vuelven del cole y las viejecitas que van a la compra.

¿Por qué me gusta tanto el Vrije Handel? Porque es como los de mi pueblo, es humano y nada moderno. Conocen mi cara, se saben de memoria mis gustos, y siempre encuentro allí a algún amigo. No puedo compararlo por completo con Valencia, porque no he sido extranjera ahí. No sé si se acoge afablemente al extraño o si se le mira de reojo. Quiero pensar que los forasteros disfrutan en mi pueblo como yo disfruto lejos de él, porque ésa es la verdadera prueba de la amistad entre las naciones. Me gusta la idea no ya de la Europa de las Regiones, sino de la Europa de los Pueblos.


Monday, August 29, 2005

 

De compras

Amsterdam, 17 de enero de 2001

Una de las cosas que cobran interés estando en el extranjero es hacer la compra, sobre todo si no se habla el idioma. Recuerdo mis primeras semanas en Holanda, cuando tenía que fiarme de la foto o dibujo del envase para hacerme una ligera idea de lo que iba a cenar esa noche. Luego, poquito a poco, fui incorporando algo de vocabulario básico a mis conocimientos, y así pude distinguir los tipos de carne, las verduras... El siguiente paso llegó con las instrucciones. ¡Hay tantos y tantos platos precocinados, cada uno de ellos con una elaboración distinta!
En fin, superados ya esos obstáculos, ahora hacer la compra es un verdadero placer. Hasta en el más pequeño de los supermercados se encuentran ingredientes y productos totalmente desconocidos para una extremeña como yo. De siempre, Holanda ha tenido un espíritu muy comercial. En el Museo de la Ciudad, en Amsterdam, pueden verse antigüedades chinas encontradas en excavaciones realizadas aquí, prueba de que los navegantes holandeses ya conocían las ventajas del comercio mucho antes de lo que se suponía. Por ello no es de extrañar que los Países Bajos tuvieran una estrecha relación con sus colonias, concretamente con Indonesia. Incluso ahora, entrado ya el siglo XXI, mantienen buenos lazos con Surinam, Aruba y otras ex-colonias o colonias del Caribe. De esta forma, en la tienda de la esquina se encuentra pasta de cacahuetes para la carne, especias de todo tipo y de nombre impronunciable, brotes de soja, lichis y un sinfín de salsas que yo no sé utilizar.
Todo esto no podía por menos que influir en la gastronomía del país. Como ya he mencionado alguna vez, en Amsterdam hay muchos restaurantes de muchas nacionalidades distintas, pero los más famosos son sin duda los indonesios. En una evolución lógica, esos restaurantes ofrecen la comida indonesia típica adaptada a los gustos holandeses. El caso más singular es la "rijstafel" o tabla de arroz. Por lo visto, la dieta habitual de los indonesios consistía (seguramente todavía consiste) en un plato de arroz blanco cocido acompañado de carne, verdura o pescado. Se trataba de comidas bastante frugales, en nada parecidas a la ingestión de calorías a las que están acostumbrados los neerlandeses. Los colonos terminaban un plato y pedían otro, y luego otro. Así se creó la tabla de arroz: tres platos distintos (carne, pescado y verdura) con un generoso acompañamiento de arroz blanco.
Esta historia se comprende mejor cuando te familiarizas con la gastronomía propiamente holandesa. Por un lado están las ensaladas, todas ellas de patata muy cocida aderezada con algo que le da color y sabor, ya sea pollo al curry o atún. No son muy apreciadas entre los extranjeros, y menos en su forma habitual, que es extendida sobre pan para hacer un bocadillo. Por otro lado tenemos los uitmijters, que son como un gran desayuno inglés, con unas tostadas sobre las que se pone jamón York, bacon bien hecho, queso a medio derretir y dos o tres huevos fritos. Son ideales para dormir luego una buena siesta y no volver a comer en tres días. Comparados con ellos, los pannekoeken son una delicadeza. Se trata de grandes filloas rellenas (el relleno es a elegir, aunque los mejores son con jamón y queso). Y para picar entre horas... salchichas, albóndigas de carne con salsa de cacahuetes, y queso con mostaza. Con esa clase de tapas, ¡es difícil que se suba la cerveza! Por cierto, tienen cervezas muy ricas, y esto lo dice alguien a quien no le gusta la cerveza especialmente. Siempre me ha parecido que ese regusto amargo no era nada agradable, pero aquí tienen algunas variantes más acordes con mis preferencias. Una de ellas es la cerveza blanca, que tiene fama de ser la cerveza de las mujeres, porque además de su sabor suave y algo más dulce, tiene menos grados de alcohol. Otra muy rica es la cerveza de cerezas, que, por supuesto, tiene mucho aroma y un color oscuro.
Hay muchas más especialidades. Tenemos la "karne melk" (leche ligeramente fermentada, sin llegar a ser yogur), pastillitas de anís para aromatizar la leche, el "spekulaas" (un dulce típico de la fiesta de San Nicolás, hecho a base de almendras y con sabor a mazapán sin cocer)... y seguro que me quedo otras cuantas en el tintero. Con recordar la cara regordeta de Van Gaal (muy típica, por cierto) bastará para hacerse una idea de las excelencias nacionales.

Sunday, August 28, 2005

 

Paisaje urbano

Ya llega la Navidad otra vez. Es la tercera que la veo llegar en Amsterdam. Todavía no me he acostumbrado a esto de que el sol se ponga a las cuatro y media. Pero ver la ciudad iluminada con miles de bombillitas, compensa. Estoy sentada ahora mismo enfrente de la casa de Rembrandt. Como es costumbre, el perfil de la casa está señalado a base de luces. Esa casa está aislada, como un cabo que entra en el canal, así que el efecto es limitado. Pero cualquiera que llegue por primera vez a Amsterdam en tren se quedará con la boca abierta. En la zona de la Estación Central, la práctica totalidad de las casas está perfilada con luz amarilla. Y muchos árboles también tienen sus ramas iluminadas. Creo que ya lo he comentado otra vez, pero es que no me canso de mirar esos árboles de luz.
En fin, volviendo a las casas, la edificación típica de Amsterdam es estrecha, está junto a un canal, tiene grandes ventanas que ocupan casi todo el frente, una viga que sobresale en el ático, y una elaborada fachada que esconde el tejado. La viga se utiliza desde hace siglos, y hoy en día, para las mudanzas. Antiguamente los impuestos se pagaban en función del ancho de las casas. Por eso las construían lo más estrechas posible, de tal forma que no cabían (ni caben) los muebles por la escalera. ¿Solución? La viga central superior sobresale un poco y sirve para colgar una polea.
Estas casas típicas datan del siglo XVIII y tienen un nombre especial. Se llaman grachtenpanden, literalmente “casas de los canales”. Y las bonitas fachadas que las decoran también tienen nombre propio. Las más simples son gevel y tienen forma de podio. Otras son trapgevel (de escalera) y tienen su perfil en forma precisamente de eso: una escalera que sube y luego baja. Y mis favoritas se llaman klokgevel (de campana), que imitan el perfil de una campana de iglesia.Todo amsterdanés sueña con poseer una casa frente a un canal. En la práctica, los únicos que pueden permitírselo son los ricos o muy ricos. Sin embargo, esas casas son bastante antiguas como he dicho, y aún suponiendo que puedas llegar a comprar (o incluso alquilar) una, y luego te quede dinero para ponerla en condiciones y habitable, quedará un problema que no podrás resolver: ¡los ratones!.

Saturday, August 27, 2005

 

JASP

Amsterdam, 13 de junio de 2001
Hace algunos años, cuando aún estaba en contacto con la cultura televisiva española, se pusieron de moda estas siglas acuñadas en un anuncio de coches. Joven Aunque Sobradamente Preparado. Ésa podría ser yo, ¿no? Joven, y encima ahora cambio de trabajo, de empresa, y me convierto en jefa de proyectos (de traducción, eso sí). Heme aquí cosmopolita, plurilingüe, profesional, el estereotipo de la sociedad moderna. Estoy satisfecha y orgullosa. Pero al mismo tiempo, no puedo evitar una cierta inquietud. Según todos los cánones actuales, según lo que se me muestra en la todopoderosa tele, soy invencible. Tengo 25 años, una carrera profesional bien encaminada y no tengo ningún defecto físico visible (si bien tampoco mido el metro setenta y pico mínimo que parece exigible para lucir el palmito ante las cámaras). La vida gira en torno a mí. El mercado gira en torno a mi estado social. Las tiendas florecen gracias a mi grupo de edad, a todos estos jóvenes urbanos que tienen buenos sueldos y no saben dónde gastarlos, solteros sin hijos ni compromisos y con mobiliario de Ikea.

Cuando cojo el metro por las mañanas para ir a trabajar, todavía me asombro de la escasez de personas mayores. Vamos todos orgullosos, despreciando la experiencia acumulada de los que ya han trillado el campo que nosotros pisamos. Con esta manía de adorar la juventud, nos vemos obligados a cometer los mismos errores para aprender lo que otros ya antes sabían. JASP, sobradamente preparados... ¿hasta qué punto? ¿Cuánto puede enseñarte la universidad y cuánto necesitas aprender a base de tropezones? Yo me siento preparada, tengo los conocimientos suficientes para llevar a cabo las tareas que se me asignan. Sin embargo, si una cosa he aprendido desde que dejé la universidad, es que el trabajo siempre te da sorpresas, siempre hay momentos estresantes y, lo que es más, no todo te lo enseñan los libros. Lo que me hace una buena profesional ahora mismo no es mi título (ese papelillo ganado con ¡tantos sudores!), sino la cantidad de situaciones distintas por las que he pasado como traductora. Y cuando pienso en que sólo llevo trabajando tres años, en comparación con los que me quedan por delante... no es nada, lo que sé‚ no es nada. Ahora me voy de esta empresa y dejo al cargo a otras dos chicas, también muy jóvenes. Son muy buenas, pero no me da tiempo a pasarles todos los truquillos que yo había llegado a desarrollar. Igual que cuando se fueron mis dos compañeros anteriores, dejándome a mí sola ante el peligro, va a perderse parte del conocimiento adquirido por el departamento de español.

En los últimos tiempos, los jóvenes hemos luchado por un reconocimiento de nuestras capacidades. Despreciar nuestro aporte no habría sido sensato, porque en nuestra sociedad, todos tenemos que colaborar para que marche. Y digo yo, ¿no estaremos ahora pasándonos al extremo contrario? Hoy en día las empresas no quieren contratar a nadie mayor de 35 años. Muy bien. Así se aseguran una plantilla sumisa de gente inexperta. ¿Y a dónde irá todo ese conocimiento desaprovechado?

Friday, August 26, 2005

 

Visita al Gran Duque

Amsterdam, 8 de marzo de 2001

El fin de semana pasado me escapé a Luxemburgo. Hacía dos años que no pasaba por el gran ducado y, en cierto modo, fue como un regreso a la infancia. La última vez que estuve allí todavía no tenía un trabajo fijo, acababa de empezar a escribir para esta revista y mis pies no habían pisado aún las tierras empantanadas de Amsterdam. Montada en el avión, pude reflexionar sobre todas las cosas buenas que me han pasado en estos dos años, de lo afortunada que soy por tener la vida que tengo. Sintiéndome todavía muy niña, heme aquí cual ejecutiva viajando por el Benelux.
El caso es que fue un fin de semana muy agradable. Luxemburgo no tiene nada que ver con Amsterdam, es un mundo aparte. Está situado en un valle, formando varios niveles, de tal manera que la ciudad se divide prácticamente en dos: el centro, con el palacio del Gran Duque, la catedral, las murallas y un par de museos, y la Pétrusse, que recorre el fondo del valle y tiene unas cuantas casas, un río y un hermoso parque. Estos dos "pisos" están unidos por calles empinadísimas, callejuelas con escaleras y ¡un ascensor! Literalmente, la diferencia de altura es tan grande, que han construido un gran ascensor para facilitar la subida o bajada de los sufridos ciudadanos.
A estas dos capas se le puede añadir otra, que es el Plateau Kirchberg, situada por encima y a la derecha del centro, que alberga los grandes edificios europeos: la torre del Parlamento, el Tribunal de Justicia, parte de la Comisión y otros cuantos organismos menores. Entre el centro y el Plateau hay bosque, alrededor de la ciudad hay bosque, todo lo que no está construido es bosque. Luxemburgo es el lugar ideal para pasear y perderse entre los árboles, cuesta arriba y cuesta abajo. Se puede espiar a los elfos por entre las ramas más bajas, y en otoño hay que tener cuidado de no pisar a ningún duende escondido entre la hojarasca. Sé que mucha gente de dentro y fuera del país se aburre en esa ciudad, porque echa de menos el bullicio y el metro y las calles larguísimas. Pero quien disfrute de la vida sana y tranquila, amará Luxemburgo.
La población del ducado se compone mayoritariamente de extranjeros que trabajan en los organismos europeos y de extranjeros que trabajan en grandes bancos internacionales. Los luxemburgueses son minoría, y quizá por eso tienden a ser muy nacionalistas: pelean con ahínco por la supervivencia de su idioma (que, según las malas lenguas, no es más que un dialecto del alemán) y se sienten muy orgullosos de su pequeño país. En las calles se oye hablar de todo: inglés, francés, alemán, español, italiano y mucho portugués, que yo recuerde.
Precisamente por estar llena de eurofuncionarios y banqueros, Luxemburgo es una ciudad con un nivel de vida impresionante. Los deportivos más modernos circulan como si fuera lo más normal del mundo, abundan las tiendas de mobiliario de calidad, ropa de marca, sofisticados equipos de música... No parece existir la clase media. Tampoco existen los universitarios, porque en un país tan pequeño no les ha cabido la universidad, y la juventud tiene que emigrar a Bélgica, Francia o Alemania para proseguir sus estudios.
Se dice que Luxemburgo es una ciudad alemana con espíritu francés, y hasta donde yo sé, es una descripción muy acertada. El paisaje urbano está lleno de torres de aguja finísimas, todo está muy limpio, todo muy organizado, todo puntual. Pero la gastronomía es propiamente francesa, así como la amabilidad y el gusto por el buen vivir. Tienen en el centro una gran panadería con un salón comedor donde la gente va a desayunar los domingos, como quien va a la churrería. Con un chocolate caliente, un zumo de naranja, un croissant, varios panecillos, mantequilla, mermelada, jamón de york y queso, quedas tan lleno que no puedes volver a comer hasta la noche.Aproveché el fin de semana para visitar a mi amiga Esther, salmantina de nacimiento y luxemburguesa de vocación. Trabaja en un gran banco alemán desde hace casi tres años. Llegó al Benelux un poco como yo: de rebote. Y ahora está tan asentada allí que no tiene ganas de volver a España. Mi antigua compañera de facultad se ha convertido en una moderna ejecutiva que forma parte del mundillo económico de Luxemburgo. Y ella, ¿me verá cambiada a mí?

Thursday, August 25, 2005

 

En un lugar de Holanda de cuyo nombre no puedo olvidarme

Amsterdam, 5 de abril de 2001

Casi todos los extranjeros que vienen a los Países Bajos acaban visitando las mismas ciudades de siempre. Amsterdam es la favorita, pero Leiden, Utrecht, Rotterdam, La Haya y Haarlem no se quedan atrás. Yo, como soy muy mía, suelo perderme las películas más taquilleras, no conozco a los autores de moda y todavía no he ido a La Haya, Leiden ni Utrecht. En cambio, he visitado un sitio muy bonito y cuco que nadie conoce. Se llama Vlaardingen (pronunciado "Fláardinguen"). Allí vive mi correspondiente de holandés. Me explico:
A falta de un buen profesor de holandés y, sobre todo, de la voluntad para apuntarme a un curso en condiciones, me he buscado una manera más heterodoxa de aprender el idioma. Todas las semanas me reúno con una chica holandesa que quiere practicar su español. Nos reunimos en una cafetería a hablar, un rato en español y otro en holandés. Ése es mi intercambio, se llama Janny y con ella aprendo la lengua hablada. Además, intercambio cartas con una señora de unos 55 años, abuela ya, muy salada ella. Yo la escribo en holandés, ella corrige mi carta y me la devuelve junto con su propia carta en español, la cual yo corrijo etc. Ésta es la que vive en Vlaardingen. Y como es muy maja, me invitó el otro día a pasar el sábado en su casa. Cuando les comenté a mis amigos que iba a Vlaardingen, todo el mundo me preguntaba extrañado: "¿Por qué? ¿Qué hay allí que merezca la pena visitar?". Que yo supiera, no había nada. Sólo sabía que estaba medianamente cerca de Rotterdam, que me había invitado una señora a la cual no conocía más que por carta y que podía ser una oportunidad excelente para poner a prueba mis conocimientos lingüísticos. Y resultó ser un día fantástico.
Llegué hasta Rotterdam en tren. Allí me esperaba Annette (mi correspondiente). Nos dimos un paseíto por Rotterdam, lo justo para ver el aire de la ciudad. Es muy distinta de Amsterdam. Por desgracia, fue una de las ciudades que más sufrió durante la Segunda Guerra Mundial, quedó completamente destruida y ahora todos los edificios son muy modernos. Luego fuimos a Scheveningen (pronunciado "Sjefeninguen"), que es una de las playas más famosas del país. En pleno mes de marzo y en la costa del Mar del Norte, no estaba el día como para darse un baño. Pero era agradable sentir la brisa, ver los barcos, pasear por el muelle... A media tarde fuimos por fin a Vlaardingen. Para llegar hasta allí, tuvimos que atravesar una gran extensión de invernaderos, un paisaje futurista hecho de cristal. Por lo visto, esa zona es la principal productora de tomates y flores. De hecho, llegamos a pasar junto al mercado nacional de flores, que es una especie de lonja donde las grandes empresas de floristería subastan sus productos. En Vlaardingen visitamos el ayuntamiento. Resulta que el marido de Annette es el teniente de alcalde de la ciudad, así es que pude ver todas las oficinas, incluso la del señor alcalde. El edificio es precioso, sobre todo las contraventanas, que están pintadas con los colores de la ciudad: rojo, azul y amarillo. Aloja un par de réplicas: un reloj antiguo y una balanza para pesar pescado. Vlaardingen era un importante puerto pesquero, aunque ahora su economía se basa en las refinerías de petróleo.
Después del turismo, le tocó el turno a la vida familiar. A casa de Annette acudió su hija, su yerno y dos de sus nietos. ¡Qué cielos todos ellos! Su interés por nuestro idioma les viene de sus frecuentes visitas a las Islas Canarias. Es que son muy típicos: rubios, sonrosaditos, de risa fácil y algo inocentones (cuando hablan en español, porque cuando hablamos en holandés, la inocentona soy yo). Tuve una interesante charla con el niño de cuatro años acerca de su colegio. No me enteré de nada, pero él se lo pasó muy bien hablándome. Con la niña, de dos añitos, me llevé a las mil maravillas, porque su vocabulario y el mío andan más parejos. Después de una hora y pico de conversación a cuatro bandas en un idioma imposible, me dieron un respiro porque la hija y su familia se fueron, y yo me quedé a cenar con Annette y su marido. Me agasajaron como quien recibe en su casa al embajador de Laponia. Hacía mucho que no me sentía tan bien tratada, y me hizo reflexionar en lo maravilloso que es abrirse al mundo sin perjuicios y con optimismo. Esa misma mañana, en el tren, iba preocupada en cómo pasaría todo un día con una señora con la que, en principio, yo no tenía nada en común. Y acabé sintiendo que tenía una familia adoptiva en este país tan lejano del mío. También me llamó la atención el hecho de que España siempre se ha vanagloriado de su hospitalidad, y quizá nos estamos abandonando un poco en ese terreno. Estamos acostumbrándonos a ver a esos "guiris" poniéndose rojos como cangrejos bajo el sol español, queremos sacarles el dinero pero sin que nos den mucho la vara, nos creemos que son tontos porque hablan raro. Y en el fondo, son personas con los mismos amores y desamores, las mismas alegrías y tristezas, sus preocupaciones cotidianas que intentan dejar de lado yendo unos días a la playa. Me gustó conocer más de cerca a esos "guiris" tan típicos. Prometo que nunca más los menospreciaré cuando los vea tostándose en España.

Wednesday, August 24, 2005

 

De nuevo alumna...

Estoy sentada en un bar típicamente holandés. Es muy oscuro, con el suelo, el techo y los muebles en madera, y las paredes tapizadas. Cuelga del techo una gran araña muy ornamentada, y en cada mesa arde una pequeña vela. Los autóctonos entran y salen, se saludan entre ellos... creo que he dado con una taberna ajena al recorrido turístico. A lo largo de la barra lucen unos escudos muy curiosos, me pregunto qué representan.
Después de pedir un sandwich y una coca-cola en lo que a mí me ha parecido un perfecto holandés, la camarera me ha contestado en inglés. ¿Tanto me delatará mi acento?.
Por la ventana se ven pasar ciclistas, la mayoría jóvenes y con pinta de estudiantes. Es porque aquí al lado está la “universidad popular”, que no tiene nada que ver con Aznar. Es un centro de estudios público que se dedica a enseñar las asignaturas más variopintas a quien se quiera apuntar, sin necesidad de matricularse en cursos completos. Las hay muy serias, como Psicología, Francés o Arquitectura. Hay otras más ligeras, por ejemplo Cerámica, Pintura y cursos diversos de cocina. Y por último, las hay inclasificables. Mi favorita: Fabricación artesanal de bicicletas.
Aquí ando yo martes y jueves a las siete de la tarde (y que conste que eso, en estas tierras, es ya bastante tarde). Acabo de empezar el curso Holandés Básico II + III. Es que ya está bien de que las camareras me contesten en inglés. Como es una universidad pública, la matrícula resulta bastante barata, sobre todo si se compara con las clases particulares que se ofrecen por ahí. El nivel, por lo que me han dicho, no llega a ser ninguna maravilla. En cualquier caso, hay tortas para conseguir una plaza. Cuando yo me apunté, cubrí la última de mi grupo.
No sé si aprenderé mucho. Por lo menos mi conciencia quedará tranquila. Por lo pronto, esta aventura ya me ha servido para enterarme de otros cuantos cursos que me encantaría seguir. Desde luego el de construcción de bicis creo que lo dejo para cuando me nacionalice holandesa o las ranas críen pelos. En cambio, me interesa mucho el de cocina tailandesa. Es que ¿y lo que podría fardar yo sabiendo guisar... lo que sea que se come en Tailandia?

Tuesday, August 23, 2005

 

Tolerancia y globalización

En una noche de calor en que no me podía dormir, me ha dado por ponerme a pensar. Y como no podía ser de otra manera en una noche de calor, he estado filosofando sobre el rumbo que está tomando el planeta.

Hoy en día, oímos hablar mucho sobre tolerancia, que parece estarse convirtiendo en la virtud sobre toda otra virtud. También oímos hablar mucho sobre globalización, palabra que se utiliza para resumir muchos males de la vida moderna. Y aquí es donde tengo un problema. Porque según yo, la una no puede desarrollarse sin la otra. Uno puede ser tolerante con el vecino de al lado, nacido en tu mismo pueblo y con tus mismas costumbres. Por muy molesto que a ti te resulte, esa tolerancia es fácil. Lo difícil es ser tolerante cuando resulta que el vecino de al lado tiene otro color de piel, otra cultura, otra religión, habla otro idioma y el español lo chapurrea. Ser tolerante con alguien así sí es una virtud. Y es una virtud que no pondríamos nunca en práctica si no fuera porque la globalización nos está acercando irremediablemente los unos a los otros. Lo queramos o no, el mundo está dejando de ser un pañuelo para convertirse en un granito de arena en el que millones de personas con distintas escalas de valores nos apiñamos y, gracias a la globalización, colaboramos.

Que conste que no defiendo, en absoluto, a los innombrables que se aprovechan de los campesinos iberoamericanos, que destruyen las selvas amazónicas y que intentan enriquecerse a costa de quien sea. Como individuos, esas personas tienen una responsabilidad que, espero, algún día tendrán que afrontar. Sin embargo, en lo que a la tendencia económica se refiere, considero que podemos guardar esperanza. Durante años, las grandes corporaciones informáticas han estado trasladando sus empresas a la India, y al sudeste asiático, donde los ridículos salarios y la precariedad de las leyes laborales abarataban la producción y maximizaban los beneficios. Pero para producir determinados artículos, se necesitaban licenciados. En esos países en desarrollo, empezaron a surgir más y más universitarios. Y a los universitarios no resulta tan fácil explotarlos. Algunos decidieron emigrar a otros países. Y volvieron a su casa de vacaciones trayendo buenas ideas sobre lo que son condiciones de trabajo dignas. Y esas ideas se extendieron… Todavía no hemos llegado al salto final en que podamos decir que esos países están plenamente desarrollados, pero sirva de aviso lo siguiente: las grandes empresas, siempre al acecho de algún recorte en los gastos, empiezan a ver que los costes laborales en la India están aumentando. Y empiezan a mirar hacia otro país que sigue siendo barato: Sudáfrica.

Seré una ilusa, pero yo creo que la globalización, animada como está por malas intenciones, ha traído ya algo bueno y acabará trayendo algo mejor: por lo pronto, ha empequeñecido el mundo. Los viajes son más baratos, hay más mezcla de culturas, conocemos más lo que hay al otro lado de las fronteras. Y mi ilusión es que poco a poco, la globalización haga que los países en desarrollo lleguen a estar plenamente desarrollados.

Efectivamente, la globalización está movida por intereses económicos. Y yo pregunto: ¿habríamos conseguido empequeñecer el mundo a base de puro altruismo? No lo creo. Así como confío en que el mundo va a mejor, soy muy pesimista cuando se trata de juzgar el carácter del ser humano en general. Hay voluntarios (cada vez más, porque está de moda), y hay gente buena aquí y allá. Pero como especie, nos movemos por intereses egoístas. Incluso cuando algún gran científico decide ser generoso y prescindir de los derechos de patente, se está viendo impulsado por la vanidad y la aspiración a un cierto reconocimiento. Sin alicientes personales, el ser humano medio no suele mover un dedo por el prójimo. Por lo tanto, si el prójimo sólo va a mejorar cuando alguien vea provecho en ello, así sea. Por mí, la globalización y la tolerancia pueden seguir yendo de la mano hasta que evolucionemos más allá de nuestras actuales limitaciones morales.

Monday, August 22, 2005

 

Juntos y revueltos

Ya he escrito en previas ocasiones acerca de la mezcla de culturas. Y una vez más, mis experiencias me llevan a reflexionar sobre lo mismo.
He pasado un fin de semana en casa de mi amiga Maeve. Este nombre tan extraño es irlandés, puramente celta. Y ella es puramente irlandesa: carácter abierto, dada a la risa y… ejem… con mayor aguante para el alcohol que la media española. Llegó, como yo, a Holanda por motivos de trabajo. Al poco tiempo conoció a un holandés, se enamoraron… y se casaron el pasado octubre. Ahora viven en una hermosa casa de un pueblecito no lejos de Ámsterdam.
Y es ahí donde he pasado un fin de semana. En un hogar irlando-holandés. La casa en sí es más irlandesa que otra cosa, porque a él le fascinaba la cultura celta aún antes de conocer a Maeve. Sin embargo, la mezcla sigue siendo obvia. En la estantería conviven libros en los dos idiomas, en la casa se salta de una lengua a otra sin pararse a pensar. Y a la hora de desayunar, él se toma un bocadillo de queso (costumbre holandesa cien por cien) mientras que ella se prepara un té (y no cualquier té, sino traído de Irlanda, porque, dice, no tiene comparación con los que se venden aquí).
Yo no podía por menos que preguntarme cómo serán sus hijos cuando los tengan. Me imagino que esos niños aceptarán con toda naturalidad hábitos que, mirados desde un punto de vista monocultural, resultarían extraños o incluso exóticos. Y con un poco de suerte, eso les llevará a aceptar más fácilmente otras costumbres de otras culturas que les sean totalmente ajenas.
Puestos a imaginar y a ser optimistas, podemos esperar que ahora, cuando hay cada vez más parejas internacionales, llegará a surgir una generación que comprenda, por fin, que todos somos iguales por debajo de nuestros respectivos disfraces nacionales. Y para una generación así, evidentemente, la guerra no tendrá ningún sentido.
Puestos a imaginar…

Sunday, August 21, 2005

 

La cigüeña

¿Cuántos niños nacen cada día en el mundo?. No lo sé. Ese tipo de cifras estadísticas no dicen nada. Así como los miles de muertos de una guerra conmueven menos que la muerte de una sola persona cercana, también ahora para mí un solo nacimiento empequeñece cualquier dato que pudieran darme.
El 30 de noviembre de 2002 llegó a este mundo don Andrew Antonio Olafsson González, hijo de mi hermana, sobrino mío y ya mismo parte inseparable de nuestra familia hasta el fin de nuestros días.
Me dijo su padre, cuando la criatura estaba recién nacida, que era un niño muy despierto. Yo lo dudé, y mucho, porque ¿cómo iba a haberlo notado tan pronto?. Pero luego vi las fotos y me convencí: es un niño muy espabilado. Y el más bonito del mundo. Hasta donde yo sé, todos los que le han conocido afirman que es, no sólo el más bonito, sino también el más bueno y el más inteligente. Dentro de poco me tocará por fin ir a la blanca Albión a conocer a este nuevo miembro de mi familia, y no le llevo ya mismito el premio Nobel porque no me dejan, que si no…
El propio Andrew debe de notar lo que pensamos de él. Debe de tener conciencia de que es la alegría de la casa. Y es bueno que así sea. Instintivamente, cuando un bebé llega a una familia, todos nos volcamos en el nuevo retoño. Y es que, siendo el ser humano tan complejo como es, necesita en su inicio, no sólo calor y comida, sino sentirse querido. Para su equilibrio emocional, para sentirse seguro, el bebé necesita saber que es lo más importante para sus padres.
Por esto es un crimen tremendo cuando unos padres maltratan a su bebé. Es un daño que va mucho más allá de las lesiones físicas. Es alta traición. Es degradarse muy por debajo de los animales.
Ojalá todos los bebés sean, como Andrew, el más bonito del mundo.

Saturday, August 20, 2005

 

Podría ser el comienzo de un chiste: "Iban un alemán, un holandés y un español...".

Sin embargo, en esta ciudad cosmopolita no resulta tan extraño ver grupos insólitos, y menos aún lo es en la vida de todos los que trabajamos con un período de prácticas en una de las instituciones comunitarias. En el Consejo, por ejemplo, somos 35 jóvenes, y siempre nos reunimos para comer y tomar café. Así, a menudo puede verse charlando amigablemente a la finlandesa con la griega, mientras la portuguesa escucha interesada lo que le cuenta un alemán.
El viernes pasado fui a una fiesta organizada por los jóvenes que hacen prácticas en la Comisión (hay unos 600), a la que nosotros estábamos también invitados. Quince nacionalidades reunidas en un local. Si fuera cierto todo lo que se dice de cada una de ellas, habría sido un desastre: los españoles, orgullosos; los escandinavos, frígidos; los alemanes, intransigentes. En cambio, el ambiente que yo vi era exactamente el mismo que el que se puede disfrutar en los pubs de mi pueblo. La gente se entendía a gritos por encima de la música, los grupos se entremezclaban y se disolvían, formándose luego en otra parte, algún pesado intentaba, sin éxito, ligar con un grupo de chicas que bailaba en la pista. Todos iguales. Incluso podría haber servido como publicidad para la UE: Todos europeos.
Al día siguiente estuve reflexionando, con algo menos de optimismo, y me di cuenta de que todos los que estamos aquí hemos demostrado ya una apertura que quizá no se corresponda con la media, con lo que nuestros rasgos típicamente nacionales pueden estar algo desvirtuados. Por ejemplo, yo procuro ser siempre muy puntual (¡llego incluso antes que los alemanes!), la finlandesa habla y hace amistad con todo el mundo, y los dos ingleses son bastante euro-optimistas. Pero, a pesar de todo, esta experiencia enseña que la convivencia es posible porque, en el fondo, lo que nos une es mucho más que lo que nos separa... Ojalá en Kosovo pensaran igual.
Y no sólo eso, sino que, además, acaba creándose un círculo virtuoso en el que cada vez resulta más fácil la unión. Yo estoy aprendiendo mucho sobre Suecia y los suecos, pero debo admitir que me costó más de un mes empezar a hablar con ellos. Siempre había tenido la impresión de que eran un pueblo algo antipático, soso, con el que yo no sabría tratar. Un día acabé sentada al lado de uno de ellos y, por pura cortesía por ambas partes, comenzamos a conversar. Resultó ser una persona como cualquier otra, con las mismas preocupaciones que la mayoría de españoles de su edad, a saber, cómo y dónde encontrar un trabajo. Más tarde he charlado con otros dos suecos del Consejo, hasta que me he quitado de la cabeza muchos prejuicios y tópicos que aún conservaba.
La moraleja de todo esto, al menos la que yo he aprendido, es que merece la pena conceder el beneficio de la duda a todos los extranjeros, porque es una pequeña contribución a la paz mundial que, por otra parte, enriquece el espíritu.

Friday, August 19, 2005

 

Una arañita

Mientras esperaba el metro esta mañana, me entretuve observando las peripecias de una arañita que se paseaba a mi lado. Primero pasó de un poste a otro, y luego intentó descolgarse a lo largo del segundo poste. Pero había brisa, una brisa suave y muy agradable para mí, pero lo suficientemente fuerte como para desestabilizar a nuestra pobre araña. Estuvo peleando un buen rato, intentando mantener el equilibrio, con sus seis patas (ya, ya sé que normalmente tienen ocho, pero ésta tenía seis, y ni siquiera estaban situadas simétricamente). Al final se dio por vencida y empezó a subir de nuevo, con ciertas dificultades, pero al menos con la seguridad que le daba el hilo.
A todo esto, quien pasara por allí debió de ver a una chica mirando alelada un poste...

Thursday, August 18, 2005

 

Veni, vidi y me volví

Cuántos barcos, uno detrás de otro. Quizás lo más impresionante sea que hayan conseguido amarrarlos todos seguidos. Si aparcar los coches así ya cuesta!
Y todo el IJ lleno de barquitos, barcas, barcazas...
Pero los "stands" en sí me decepcionaron mucho. Vale, había música en directo, pero aparte de eso, las distintas zonas no se diferenciaban en nada: puestos de comida (todos iguales), de bebida (todos iguales) y puestos donde comprar camisetas y gorras (todos iguales).
La zona es enorme, y había muchísima gente. Yo quedé baldada de tanto pasear despacio, y no vi ni la mitad.

Wednesday, August 17, 2005

 

SAIL

Parece que sólo se organiza una vez cada cinco años (eso de las fiestas cada x años parece que les gusta a los holandeses). Y por lo que cuentan en el sitio web, va a ser casi una exposición universal, pero todo sobre barcos. Esta tarde me daré un garbeo por allí, a ver si merece la pena.

Tuesday, August 16, 2005

 

Aniversario

Hace hoy justamente 6 años, a estas horas más o menos, me encontraba de camino a Lisboa para coger un avión. Llevaba un montón de maletas, porque iba a pasar seis meses trabajando en una empresa en Holanda. Había un gran atasco al llegar a Lisboa, y al final tuve el tiempo justo para echar a correr, facturar y embarcar.
Llegué a Holanda de noche, y con nublado. Cruzamos la capa de nubes y por debajo de nosotros aparecieron las luces de los invernaderos. Después de recoger todo el equipaje en aquel aeropuerto inmenso, busqué un taxi y le di un papelito con la dirección de la casa donde me iba a alojar. Resultó que el taxista vivía en aquel mismo pueblo, en Ouderker a/d Amstel, y estuvo charlando muy amistosamente, aunque mi cabeza no estaba para ello. Llegamos a la casa, y era grande y espaciosa, tipo "chalet endosado", pero en mejor. Allí me estaba esperando Marlies, la secretaria, que también vivía en aquel pueblo. Me dio las llaves de mi habitación y de la casa, me presentó a mis compañeros de alojamiento, y se fue. Así conocí a Marek (aunque tardé tiempo en entender su nombre) y a Cécile, y a un alemán cuyo nombre ya no recuerdo. Esto era un domingo por la noche. Me indicaron que la mejor manera de ir al trabajo era en bici, y que había una bici a mi disposición. Así es que quedamos en que al día siguiente iría con ellos, para aprender el camino, todos en bici, por supuesto.
Al día siguiente me encontré con una bici tamaño holandés y tipo holandés. O sea, grande, vieja, oxidada, de color pardo impreciso, y con el sistema de freno en los pedales. De alguna manera sobreviví al primer trayecto, y también al viaje de vuelta. Y así pasó mi primer día en Holanda.

Monday, August 15, 2005

 

Dentro de poco

Ya tengo en casa un cdrom con casi todos los artículos publicados en la revista Valbón. Empezaré a "subirlos" a la bitácora la próxima semana Dios mediante. Como al principio, irán algo desorganizados en cuanto a la fecha se refiere. Pero van a rellenar un montón :-)

La noticia del accidente aéreo en Grecia (Ninguno de los dos pilotos del avión accidentado en Grecia lo controlaba ya cuando se estrelló) es escalofriante, y nunca mejor dicho!

Friday, August 12, 2005

 

Qué mal les va a los de la NASA

Según El Mundo:

RECONOCE QUE TENDRÁ QUE HACER MÁS MODIFICACIONES EN EL TANQUE

La NASA descarta lanzar el 'Atlantis' en septiembre

Si se pusieran a dar noticias sobre los proyectos que hacemos en mi empresa... nos descuartizaban!

Wednesday, August 10, 2005

 

Nublado

El tiempo holandés ya empieza a hacer mella en mi ánimo. Hoy tengo poca energía. Aunque los sinsabores del trabajo también influyen, y mucho!

Noticia de El Mundo:
FALLOS EN LOS CONTROLES DE NAVEGACIÓN
La NASA aplaza por problemas técnicos un día el lanzamiento de una sonda de investigación a Marte
Como el transbordador al final ha llegado a la Tierra bien y nadie se ha muerto, han tenido que buscar un reemplazo para seguir demostrando lo mal que les va a los de la NASA.

Tuesday, August 09, 2005

 

Para llenar un piso...

... se necesita un gato. Ayer recogí a Misino de su alojamiento veraniego (ha estado haciendo un cursillo de italiano, ya es el segundo año). Y el piso es otro cuando su cuerpecito negro se pasea por él. Echaba de menos ver el periscopio de su cola oteándolo todo, y la calidez de su cuerpo y la suavidad de su pelo, por no hablar del murmullo de su ronroneo.

Monday, August 08, 2005

 

Qué duro es volver

Con 20 grados menos, heme de vuelta de mis vacaciones. Resulta algo irreal, estar otra vez aquí. En el trabajo no ha cambiado nada, para bien o para mal.

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