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Wednesday, May 04, 2005

 

Tribus

Antes de que consideremos si formar parte de un grupo es bueno o malo, conviene comenzar admitiendo que es una característica humana de la que no podemos escapar. De igual manera que las hormigas o las abejas, el ser humano no se entiende si no es como parte de una sociedad. Una persona que ha crecido y vivido aislada, casi no es persona, puesto que lo que nos define como humanos es la interacción entre nosotros: el habla, el sentimiento moral, el desarrollo de una cultura. Incluso si miramos lo que físicamente puede hacer un solo hombre, a poco más llega que sobrevivir malamente.

El vivir en sociedad es, pues, parte de nuestra condición. Gracias a ella, no necesito preocuparme por recolectar frutos y cazar para comer, o plantar lino y tejer para vestirme. Con este sistema tan etéreo y práctico como es el dinero, cada uno se dedica a lo que mejor se le da, y recibe a cambio el resto de productos o servicios que requiere. En el fondo, no es más que una forma de trueque muy evolucionada. Gracias a la sociedad, conocemos el sentido de la cooperación, logrando metas que jamás se habrían alcanzado por separado. La enseñanza, parte fundamental de crecer dentro de un grupo, nos evita tener que descubrir el fuego o inventar la rueda a cada generación, de tal manera que la humanidad en su conjunto puede ir avanzando y logrando nuevos conocimientos. Es tan connatural con nosotros, que el vivir en sociedad nos proporciona placer por el puro hecho de existir: el placer de la crítica en común, el placer del cotilleo, el placer de la fiesta.

Por qué, a pesar de tantas bondades, tiene la palabra “tribu” unas connotaciones tan negativas? La respuesta creo que está en el antiguo dicho de que “en el término medio está la virtud”. Cuando el sentimiento de grupo se exacerba, entonces nos encontramos con un ambiente tribal: mi grupo como oposición al tuyo. Mi grupo es mejor, o tiene poder sobre el tuyo, o incluso tu grupo debería desaparecer. No estoy exagerando. Ya pasó en la Alemania nazi. La tranquilidad que les ofreció a los alemanes el saberse parte de un grupo la lograron mediante la definición de su raza por contraposición con los judíos. Pero no hay que irse tan lejos. Acaso no suenan naturales las frases “En España se vive mejor” o “Las fiestas de mi pueblo sí que son buenas”?. Por no hablar del racismo que se nos cuela aquí y allá, en las cuestiones más nimias. O de los nacionalismos, que progresan a medida que aumenta la alienación entre comunidades vecinas.

Aún cuando la pertenencia a un grupo no conlleva el odio (o menosprecio) a otros, todavía existe otro peligro. Para que nos entendamos, voy a llamarlo simplemente borreguismo. Cuando la conciencia y opinión propias quedan aniquiladas en aras de la consideración del resto. El ejemplo que suele darse es el de los grupos de adolescentes: cuando todos los amigos llevan la misma marca de zapatillas, o escuchan exactamente la misma música. Es un fenómeno estudiado y admitido como parte del desarrollo de la personalidad. Qué pena, sin embargo, cuando el borreguismo ataca (o permanece) en los adultos. Y lo veo muy frecuentemente, sobre todo en lo relacionado con lo “progre”. Ese concepto tan difícil de definir hace que la gente apoye posturas que no comprende o incluso no comparte. Pero todo se dice y se afirma con tal de quedar bien. Todos tenemos en nuestras cabecitas una imagen más o menos definida de lo que los demás esperan de nosotros. Ya es malo de por sí que parte de esa expectativa (real o imaginada) sea una determinada opinión en tal o cual materia. Pero si encima cedemos a esa expectativa y decimos sólo lo que creemos que se espera de nosotros, estamos prefiriendo la conciencia colectiva a la nuestra propia. De esa manera, desvirtuamos el grupo, pues dejamos de aportar nuestra visión particular. Más grave aún: si todos los individuos de un grupo reaccionan de la misma manera, los líderes propagandísticos no tendrán ninguna dificultad en difundir una idea en concreto, pues les bastará hacer creer a los ciudadanos que “todo el mundo” opina así. Acaso no funcionan así las consabidas encuestas, de las que nunca nos dicen cómo y entre qué grupos se han realizado? Primero se publica en varios medios de comunicación que el 90% de los encuestados considera el hurto como algo normal, hacen creer a la población que para ser un buen miembro del grupo, debes opinar lo mismo. Lo que no cuentan es que la encuesta se realizó entre detenidos por la policía...

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