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Monday, May 02, 2005

 

En la fiesta de Todos los Santos.... Brujas!

Amsterdam, 3 de noviembre de 2004
Los sajones celebran el 31 de octubre, víspera de Todos los Santos, con el nombre de Halloween. Antiguamente se pensaba que en esa noche, los muertos salían al mundo de los vivos y podían llevarte con ellos. Como medida de precaución, los vivos se disfrazaban, para que los fantasmas creyeran que eran de los suyos y los dejaran en paz. Así comenzó la tradición de disfrazarse de fantasma, zombie, etc. De ahí, se pasó a disfrazarse de algo horrendo en general: vampiros, brujas, monstruos... Y actualmente, no pasa de ser un baile de disfraces donde cualquier atuendo vale.

Todas estas divagaciones vienen a cuento porque fue precisamente en el puente de los Santos cuando visité la ciudad belga que lleva por nombre “Brujas”. Curiosa traducción que nuestros antepasados eligieron para el flamenco “Brugge”. No tiene nada de tétrico ni fantasmagórico esta ciudad. Al contrario, sus calles están llenas de encanto. Y hoy en día, también de turistas!

Es una ciudad bastante pequeña, que fácilmente se recorre a pie en un sólo día. Visitar todos sus museos e iglesias, sin embargo, requeriría bastante más tiempo que un fin de semana. Mires a donde mires, siempre aparece a la vista alguna torre, anuncio de una iglesia aún por visitar. La plaza principal (Grote Markt) es seguramente el punto más conocido de Brujas, pero sus típicas casas, con las fachadas escalonadas, se encuentran no sólo allí, sino esparcidas por todas las callecitas del centro. Como muchas ciudades de Flandes y los Países Bajos, Brujas también cuenta con canales, y de hecho, por esta razón y en general por su aire romántico, se la conoce como la Venecia del Norte. Aunque personalmente, yo le aplicaría ese nombre más bien a Amsterdam, que realmente parece entrecruzada por el agua.

Hubo tres visitas que me gustaron especialmente: la primera, la subida a la torre que rige la plaza principal: la Atalaya (Beffri). Más de 300 peldaños de escalada, pero merece la pena el esfuerzo. Desde lo alto se disfruta de una preciosa vista de toda la ciudad, acompañada por las campanas e incluso un concierto de carillón!

La segunda, la Basílica de la Santa Sangre. Escondida al fin de unas escaleras, con la entrada al lado del ayuntamiento, se encuentra esta pequeña iglesia llena de tesoros artísticos y espirituales. Resulta difícil describir su interior, pues las esculturas compiten con las vidrieras en esplendor. Lo más impresionante, para mí, fue una imagen de Cristo, en plata, tras la cual se guarda una reliquia de Su Santa Sangre. Llegando como yo llegaba, ajena por completo a lo que esta basílica alojaba, me resultó una experiencia estremecedora y profunda.

Finalmente, y para aligerar los ánimos, disfruté de un museo muy especial: el museo del chocolate. La visita comienza muy bien: con una pastillita de chocolate. Luego vas recorriendo sala tras sala, en la que se explica cronológicamente la historia del chocolate: desde el uso del cacao por parte de los aztecas como moneda (gracias a los escritos que dejaron grabados en piedra, se sabe, por ejemplo, que una liebre costaba 5 semillas de cacao), pasando por su introducción como bebida en Europa, hasta la invención del chocolate en barra tal y como se conoce hoy. Sin olvidar, por supuesto, el desarrollo de los famosísimos bombones belgas. El recorrido culmina con una demostración de cómo se hacen los bombones rellenos. Y por supuesto, una pequeña degustación de los mismos, lo mejor de la visita!

Pero Bégica es famosa no sólo por los bombones. También tiene muy buenas cervezas. Me faltó catar unas cuantas, aunque sí le eché un buen ojo a un par de tiendas especializadas en esta bebida. No olvidé, sin embargo, probar una especialidad culinaria: un estofado flamenco, según decía el menú. A mí me supo bastante familiar, como español. Me pregunto si a lo mejor nos copiaron la receta en tiempos de Felipe II....

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