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Wednesday, April 20, 2005

 

Qué buenos son, qué buenos son los señores bomberos, qué buenos son que me abrieron el portón

14 de enero de 2004
Ayer era un día como otro cualquiera. Trabajé mis ocho horas en la oficina, sin pena ni gloria. Hacía un tiempo muy desagradable, con un viento terrible que impedía mantener un peinado medianamente decoroso, y que empujaba las nubes una tras de otra, con lo que durante todo el día tuvimos una larga sucesión de nublados y claros.

Salí pronto de la oficina con la intención de relajarme un rato antes de cenar. El tener jornada flexible me permite salir bastante temprano. Procuro entrar a las 8 de la mañana y salir a eso de las 4 y media. Con lo que llego a casa a las 5. No está nada mal, porque me queda prácticamente toda la tarde por delante. Y eso hice ayer. Entre el frío y el viento, era todo un alivio pensar en la ducha caliente que me daría nada más entrar en casa. Pero poco imaginaba yo que la palabra clave de mi deseo era “entrar”. Cuando llegué, saqué la llave del bolso, como de costumbre; la metí en la cerradura, como de costumbre; giró, como de costumbre; sonó un clic, como de costumbre... y la puerta no se abrió. Lo intenté varias veces, sin resultado. Qué frustración! Tener comida, ducha, confort... y no poder acceder a ello!

No sabiendo muy bien qué hacer, llamé a unos vecinos muy majos que viven en la misma planta. En seguida vinieron conmigo a ver si ellos tenían más suerte. Por el pasillo se nos unió otro vecino que llegaba en ese momento de hacer la compra. Entre todos empujamos, probamos de mil maneras... y nada. Entrar por la terraza no era una opción, porque sabía conseguridad que tenía la puerta lateral cerrada con llave. La ventana de mi habitación también estaba bien candada. No había ninguna solución, sólo se me ocurría que habría que romper algún cristal, y la verdad, no era una perspectiva muy agradable. Mis vecinos me miraron y dijeron comprensivos “Wat jammer!” (Qué lástima!). Y parecía que ahí iba a quedar su ayuda. Entonces se me ocurrió mencionar tímidamente que en España, en casos similares, uno llama a los bomberos. Enseguida estuvieron todos de acuerdo, y se ofrecieron a llamarlos ellos desde su casa. Fuimos pues a su casa y me ofrecieron un café, que mi estómago vacío agradeció profundamente, mientras les oía explicar la situación a los bomberos: “No necesitamos un cerrajero, porque la llave funciona perfectamente. Es un seguro extra interior que se ha cerrado solo, y no puede entrar. Sí, es una chica. Sí, está aquí con nosotros, aquí les esperamos”

Llegaron los bomberos con el camión de rigor (menos mal que no hicieron funcionar la sirena). Cinco hombretones del norte, todos enormes y corpulentos. Me sacaban todos dos cabezas. Cual fémina indefensa tuve que medio correr para poder ir a su paso mientras recorríamos el perímetro de la casa e iban estudiando las distintas opciones. Mientras, uno de ellos averiguó que yo era española y me empezó a preguntar si yo hablaba español, luego si también hablaba portugués. Cuando le dije que sí se alegró mucho y me explicó que su jefe era de Mozambique, donde también se habla ese idioma. Por supuesto, en la situación en la que yo me encontraba, sin poder entrar en mi casa, no había nada más interesante de lo que preocuparme que la nacionalidad del jefe de los bomberos de Duivendrecht...

Finalmente, se decidieron a intentar forzar la puerta. Pensé que harían un gran destrozo, que tendrían que utilizar hachas y todo. Pero no, todo se hizo rápida y limpiamente. Entraron una cuña a la altura del seguro y, en cuestión de segundos, la puerta estaba abierta. Aleluya! Es más, no se rompió nada, ni siquiera el seguro. Como es natural, no cabía en mi de gozo. Agradecí profusamente la ayuda a todos los involucrados, y por fin pude recogerme en mi dulce hogar.

Fue entonces cuando caí en qué fecha era. Y como Don Mendo, pensé: “¡Y hoy es martes, gran Dios!... ¡Martes y trece!”

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