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Friday, April 29, 2005

 

Más que queso

De todos es conocido el famoso queso de bola holandés. Hay quien incluso reconocerá el nombre de Gouda como uno de esos quesos: cremoso y muy suave de sabor. Y quien haya viajado, a lo mejor ha tenido el placer de probar el queso de Gouda con comino: un queso elaborado con trocitos de comino, muy muy aromático.

Esto es todo lo que yo sabía de Gouda hasta el sábado pasado. Ni siquiera sabía en qué parte de Holanda se encontraba esta ciudad. Sí sabía que era una ciudad la que daba nombre al queso, y con eso me sentía satisfecha. Pues bien, gracias a una corta visita, he averiguado que Gouda es mucho más que un producto lácteo. Situada entre La Haya y Rotterdam, Gouda es también origen de una de las mayores delicicas holandesas: las stroopwafels (literalmente, gofres de caramelo). Estas galletas son, para los golosos como yo, una tentación verdaderamente irresistible. Cada galleta se compone de dos finas láminas de gofre (mucho más finas que los gofres normales) rellenas de caramelo. Me cuentan que la tradición requiere tapar una taza de té o café recién hecho con una de estas galletas, de tal manera que el calor que emana de la bebida va derritiendo el caramelo, y así resultan más tiernas. Pero en la práctica, frías o calientes están igualmente deliciosas.

Otro producto típico de Gouda son las velas. Por alguna razón histórica que ignoro, Gouda se especializó en la fabricación de velas y cirios de todos los tamaños y colores. Durante mi visita, tuve el gusto de charlar con el propietario de una pequeña tienda/taller de velas. Imagino que no recibe muchos turistas extranjeros en su local, porque conmigo se volcó en explicaciones y simpatía. Estaba muy orgulloso de su trabajo. Según él, sus velas tardan más en quemarse, dan más luz, y no producen ningún olor. Desde luego, simplemente por la variedad, tiene de qué estar orgulloso.

Gouda está además bien provista de monumentos. El más famoso es la iglesia de San Juan. Esta iglesia del siglo XVI es la más grande de los Países Bajos, y contiene unas impresionantes vidrieras de un tamaño que yo jamás había visto antes. Los detalles, el colorido, el enorme esfuerzo de ingeniería que debió suponer su creación dejan al visitante sin habla. El órgano, el coro y las capillas laterales empalidecen y parecen pobres en comparación. Sería necesario dedicar varios días al estudio de las vidrieras, pero por desgracia, no contaba yo con tanto tiempo.

El ayuntamiento es otro de los lugares dignos de visitar. Un edificio precioso, en mitad de la plaza (literalmente en mitad: la plaza está alrededor). Construído en el siglo XIV, y adornado con un hermoso color rojo en todas las contraventanas. Más que un ayuntamiento, parece un local festivo.

En los alrededores de Gouda hay varios lagos naturales, muy cerca los unos de los otros. Entre algunos de ellos apenas hay una franja de tierra en la que los valientes holandeses han construído unas hermosas casitas típicas de cuento, con sus jardincitos, sus puentecitos... todo perfecto. En los lagos se puede practicar la vela y el windsurf, y por supuesto, cuando la temperatura lo permite, se puede nadar. Resulta muy fácil ver allí fochas, grandes grupos de cisnes, cormoranes, somormujos, y un sinfín de pajarillos que un ornitólogo sabría identificar, pero yo no.

Sigo en mi empeño de ir conociendo más de los Países Bajos. Está visto que me queda mucho por descubrir. Quién me hubiera dicho a mí que la ciudad del queso tenía tantísimo más que ofrecer.

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