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Tuesday, April 26, 2005

 

En tierra de Rubens

Amsterdam, 6 de mayo de 2004
El 30 de abril festejan los holandeses el cumpleaños de su difunta reina madre. Como concesión de la realeza, en ese día cualquier persona puede poner un puesto y vender cosas en la calle, con lo que es el momento que muchos aprovechan para desprenderse de trastos, libros y ropa vieja, y otros tantos aprovechan para encontrar verdaderas gangas. En la capital, y sobre todo en el centro, este día se caracteriza por el color de la casa real de Orange. Todo, todo el mundo lleva alguna prenda naranja. Muchos van vestidos enteramente de ese color, llegando a pintarse la cara y cubrirse el pelo con pelucas, gorros o lo que tengan a mano. Incluso los extranjeros que se pasean por la ciudad acaban contagiados por esta fiebre. Otra característica del día es la fiesta. Por mucho que digan que los españoles sabemos divertirnos mejor que el resto de los europeos, aquí cuando se ponen a ello, son unos maestros. Los jóvenes empiezan por lo general la noche anterior, y la fiesta continúa durante todo el día 30. En ese día, la estación central queda colapsada, porque a Amsterdam acuden gentes de todo el país, convirtiéndose en un maremagnum en el que resulta difícil caminar.

Este año, para evitar ser absorbida por el tumulto, decidí escaparme al país vecino y visitar una famosa ciudad: Amberes. En tren se tarda sólo una hora y media desde Amsterdam, con lo que la visita realmente se puede hacer en un sólo día. Pero puestos a viajar, preferí quedarme todo el fin de semana y relajarme en la ciudad de Rubens.

Siendo una de las principales ciudades de Flandes, Amberes representa a los ojos del turista lo que su posición geográfica ya apunta: una perfecta mezcla entre la cultura holandesa (con la que linda al norte) y la valona (al sur). Estrechas calles en el centro, casas con elaborados frentes, muchas bicicletas, mucho espacio verde... y al mismo tiempo, mucha moda, mucho arte y una excelente cocina. También para el lingüista, Flandes refleja una curiosa mezcla. El flamenco (que es un dialecto del holandés o un idioma por derecho propio, según a quién se le pregunte) parece holandés hablado con suavidad.

Como especialidades culinarias, toda Bélgica goza fama por sus bombones, sus patatas fritas (dicen que las inventaron ellos), los mejillones y los gofres, y Amberes ofrecía buenas posibilidades de degustación. Al final, me abstuve de chocolate, y tuve que pasar sin mejillones, porque no era la época, pero sí comí algunas patatas, y disfruté inmensamente con un gofre.

Aparte de regalarme con la buena mesa, también aproveché esos días para pasear extensamente por la ciudad. Me alojaba en un hotel de las afueras, al lado del puerto, y para llegar al centro podía caminar a lo largo del río Escalda, disfrutando de la vista del museo nacional marítimo, el castillo (que se llama Het Steen, literalmente, “La Piedra”), y a lo lejos, la torre de la catedral. La catedral, por cierto, es impresionante. Un afilado gótico blanco que eleva el espíritu hasta el cielo. Por el entramado de calles llegaba a la plaza del ayuntamiento, que me recordó mucho a la plaza mayor de Bruselas, aunque más limpia y menos abarrotada, adornada además por una hermosa estatua del héroe Brabo. También caminé por la plaza Groen (“Verde”), el parque botánico, el beaterio de Begijnhof (similar al de Amsterdam, pero más sobrio y más grande) y... ejem.... varios centros comerciales.

Sorprendentemente, uno de los edificios que más me gustaron de la ciudad es la estación central. Construida en 1905, acoge a los viajeros con un aire que sólo puede describirse como majestuoso. Casi se podría haber esperado ver a un grupo de viajeros vestidos de época bajándose de un tren a vapor. Junto a la estación se sitúa el zoo, y a éste dediqué toda una mañana. Aunque está en pleno centro, es un parque tan grande, con tanto césped y tantos árboles por todas partes, y donde los animales disfrutan de tanto espacio adaptado a sus necesidades, que resulta fácil perderse en él y olvidarse de la vida urbana.

A pesar de ser una ciudad de mediano tamaño, creo que tres días no me han resultado suficientes y tendré que volver. Amberes tiene uno de los principales puertos de Europa, que me ha quedado sin visitar. Y concentra además el comercio mundial de diamantes. Algo más que añadir a mi lista de compras....

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