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Wednesday, April 06, 2005

 

El Keukenhof

Entre siete u ocho semanas al año, abre sus puertas uno de los más maravillosos jardines que existen. Treinta y siete hectáreas de bosque entremezclado con exquisitos parterres de tulipanes, jacintos, narcisos y demás. Un lago, varios canales, puentecillos de madera, veredas que se pierden por entre los árboles… podría creerse que los elfos van a salirte al paso en el próximo recodo.

El Keukenhof nació siendo tan sólo una huerta que proveía de hierbas aromáticas a las cocinas del castillo colindante. De hecho, su nombre aún indica ese humilde origen: “keuken” es cocina, y “hof” es jardín. Sin embargo, a lo largo del tiempo el jardín fue cobrando importancia, hasta el punto de que hoy en día cientos de miles de visitantes se agolpan cada primavera para disfrutar de sus flores, mientras que nadie visita el castillo.

Además de en la forma de los arriates y en el perfecto estado en que se encuentran todas las plantas, los holandeses demuestran aquí sus artes jardineras mediante la exposición de nuevas variedades de tulipán. Los hay de doble pétalo, de pétalo rizado, de pétalo puntiagudo... y por supuesto, de todos los colores, y combinaciones de colores, imaginables, incluso negros! Una de las últimas variedades creadas se llama Pin Furtyn, en honor del político asesinado el año pasado.

Como no podía ser menos, los jardines están pensados para sacarles rendimiento económico. Aparte de pagar la entrada, los visitantes tienen mil y una posibilidades de vaciar sus bolsillos en el lugar: un par de restaurantes, unas cuantas tiendas de recuerdos y, por supuesto, varias floristerías donde se pueden encargar bulbos que serán enviados más tarde directamente al domicilio del comprador, para mayor comodidad. Aún así, es de agradecer que también piensan en quienes acudimos sin ánimo de enriquecer al propietario: además de permitir la entrada de comida, también hay repartidos por el parque algunas mesas y bancos para que se pueda hacer un pic-nic en condiciones.

Todo el recinto sería mágico si no fuera por el exceso de turistas. Como el jardín sólo abre unas semanas al año, las visitas están concentradas en el tiempo, lo cual implica que, por ejemplo, resulta imposible sacar una foto sin que salga algún extraño de fondo. Sin embargo, a pesar de este problema, aún se respira paz. El parque invita al paseo lento, a la conversación baja y a la sonrisa feliz.

Yo, de mayor, quiero tener un jardín así. Y para empezar, en mi terraza ya planté un par de tulipanes.

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