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Tuesday, April 19, 2005

 

Cuestión de respeto

Amsterdam, 19 de noviembre de 2003
Con tantos casos como se dan últimamente de maltratos en el hogar y de mujeres muertas a manos de sus maridos, surgen artículos aquí y allá sobre el asunto. Yo voy a aportar mi granito de arena.

Leí hace poco la opinión de un experto, el cual argumentaba que cuando los padres les explican a los hijos de dónde vienen los niños, deberían añadir que no se debe pegar a las mujeres. Muy bien. Pero por qué es necesario explicarles eso? Acaso es una opción, como “no debes comer chocolate antes de la cena”? Como mujer, tengo que asumir que el hecho de ser más débil físicamente me convierte al instante en una posible víctima, y que si no me pegan es por bondad que debo agradecer? Creo que la intención de todos estos expertos y todos estos planes de ayuda y de protección es buena, pero no están atacando el verdadero origen:

No es raro ver a niños zarandeando los naranjos plantados por el ayuntamiento. Los perros y gatos callejeros huyen con el rabo entre las patas cada vez que ven a un menor. Los gorriones se cuidan muy mucho de acercarse a cualquier bípedo. Criaturas en principio inocentes, persiguen y pegan a otros seres vivos. Por qué? Por el simple hecho de que pueden, porque son más grandes. Y cuando alguna vez, de tarde en tarde, alguien les riñe, se les dice que “está mal”. Pero ése es el momento de echarse las manos a la cabeza y preocuparse. Ése es el momento, no 30 años más tarde cuando la violencia se esté dirigiendo hacia la mujer. Si criamos animalitos, no podemos quejarnos de que luego se comporten como tales.

Los niños deberían tener mucho más inbuído el sentido de respeto. Ya sé que es una palabra muy manida. Ahora se utiliza para todo. Respeto a las diferencias, respeto a los inmigrantes, respeto a la naturaleza. Pero se suele utilizar desde un punto de vista erróneo: “yo, como superior, te tolero”. Y no se trata de eso. Se trata de asumir la igualdad con el otro. En este caso, con otros seres vivos. Hacer daño por el puro placer de hacer daño, eso no es que esté mal. Es que debería ser inconcebible, tan inconcebible como herirse a sí mismo.

Pongámoslo en términos científicos: todos estamos hechos de carbono. Física y químicamente, nadie es mejor que nadie. En términos biológicos, podemos entender que el ser humano conforma una unidad tan intrínsicamente interdependiente como lo es una colmena. Aunque nos sintamos individuos con ideas y pensamientos propios, la realidad es que somos un ente único, compuesto por muchos sub-miembros. La existencia de uno de los miembros depende por completo de la existencia de los demás. Más aún dentro de una misma comunidad. Pegar a otro ser humano no debería ni siquiera poder imaginarse, no es una opción.

Los jueces, los policías y los políticos, todos ellos están haciendo su labor lo mejor que pueden. Pero el problema no se va a solucionar hasta que la sociedad adquiera un papel más activo: seamos conscientes de que esos comportamientos son, literalmente, inhumanos. No basta con campañas de concienciación en la tele. Los niños tiene que vivir ese ambiente de respeto desde pequeños, en casa y en la calle. Incluso en esta época moderna, a los niños los criamos entre todos. Y si este cuidado falla y un hombre resulta ser violento, dejemos claro que no lo queremos en nuestra comunidad. Que esos seres no humanos sientan el vacío de verse aislados.

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