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Friday, April 29, 2005

 

Más que queso

De todos es conocido el famoso queso de bola holandés. Hay quien incluso reconocerá el nombre de Gouda como uno de esos quesos: cremoso y muy suave de sabor. Y quien haya viajado, a lo mejor ha tenido el placer de probar el queso de Gouda con comino: un queso elaborado con trocitos de comino, muy muy aromático.

Esto es todo lo que yo sabía de Gouda hasta el sábado pasado. Ni siquiera sabía en qué parte de Holanda se encontraba esta ciudad. Sí sabía que era una ciudad la que daba nombre al queso, y con eso me sentía satisfecha. Pues bien, gracias a una corta visita, he averiguado que Gouda es mucho más que un producto lácteo. Situada entre La Haya y Rotterdam, Gouda es también origen de una de las mayores delicicas holandesas: las stroopwafels (literalmente, gofres de caramelo). Estas galletas son, para los golosos como yo, una tentación verdaderamente irresistible. Cada galleta se compone de dos finas láminas de gofre (mucho más finas que los gofres normales) rellenas de caramelo. Me cuentan que la tradición requiere tapar una taza de té o café recién hecho con una de estas galletas, de tal manera que el calor que emana de la bebida va derritiendo el caramelo, y así resultan más tiernas. Pero en la práctica, frías o calientes están igualmente deliciosas.

Otro producto típico de Gouda son las velas. Por alguna razón histórica que ignoro, Gouda se especializó en la fabricación de velas y cirios de todos los tamaños y colores. Durante mi visita, tuve el gusto de charlar con el propietario de una pequeña tienda/taller de velas. Imagino que no recibe muchos turistas extranjeros en su local, porque conmigo se volcó en explicaciones y simpatía. Estaba muy orgulloso de su trabajo. Según él, sus velas tardan más en quemarse, dan más luz, y no producen ningún olor. Desde luego, simplemente por la variedad, tiene de qué estar orgulloso.

Gouda está además bien provista de monumentos. El más famoso es la iglesia de San Juan. Esta iglesia del siglo XVI es la más grande de los Países Bajos, y contiene unas impresionantes vidrieras de un tamaño que yo jamás había visto antes. Los detalles, el colorido, el enorme esfuerzo de ingeniería que debió suponer su creación dejan al visitante sin habla. El órgano, el coro y las capillas laterales empalidecen y parecen pobres en comparación. Sería necesario dedicar varios días al estudio de las vidrieras, pero por desgracia, no contaba yo con tanto tiempo.

El ayuntamiento es otro de los lugares dignos de visitar. Un edificio precioso, en mitad de la plaza (literalmente en mitad: la plaza está alrededor). Construído en el siglo XIV, y adornado con un hermoso color rojo en todas las contraventanas. Más que un ayuntamiento, parece un local festivo.

En los alrededores de Gouda hay varios lagos naturales, muy cerca los unos de los otros. Entre algunos de ellos apenas hay una franja de tierra en la que los valientes holandeses han construído unas hermosas casitas típicas de cuento, con sus jardincitos, sus puentecitos... todo perfecto. En los lagos se puede practicar la vela y el windsurf, y por supuesto, cuando la temperatura lo permite, se puede nadar. Resulta muy fácil ver allí fochas, grandes grupos de cisnes, cormoranes, somormujos, y un sinfín de pajarillos que un ornitólogo sabría identificar, pero yo no.

Sigo en mi empeño de ir conociendo más de los Países Bajos. Está visto que me queda mucho por descubrir. Quién me hubiera dicho a mí que la ciudad del queso tenía tantísimo más que ofrecer.

Thursday, April 28, 2005

 

En ca’ los agüelos

Desde Bishop´s Tachbrook, Andrew Olafsson
Este verano he pasado dos semanas en casa de mis abuelos. Viven en un apartamento en un pueblo que se llama Valencia de Alcántara. Mi mamá me ha estado hablando de ese sitio todo el año, para que me acordara. Según ella, estuvimos allí también el verano anterior y en Navidades. Pero de verdad que por mucho que me esfuerce, yo no consigo acordarme.

En cualquier caso, a mí Valencia de Alcántara me ha encantado. Qué lugar tan soleado, tan alegre, tan acogedor. Las casas encaladas, las calles adornadas de naranjos... Todo precioso. Pero lo mejor es el ambiente. En mi pueblo, Bishop’s Tachbrook, cuando sales de paseo no ves a casi nadie. En cambio Valencia está siempre llena de gente. Y lo que es más, mucha gente se para a hablar con mis abuelos y decirme lo guapo que soy. A mí eso me encanta, claro. Pero incluso aunque no me dijeran nada, el hecho de pasear entre el mundillo me hace sentirme importante.

Además de mucha gente, también he visto allí muchos animales. Me gustaba pasar todas las tardes por la Calleja del Zorro, donde podía ver perdices, palomas y unos cuantos perros. A todos ellos les saludaba, e incluso aprendí a hacer el sonido de los perros y de las palomas, aunque todavía no sé hablar. También vi unas cuantas ovejas, yendo de camino al Tabú, y también aprendí a decir “beeeeee”. Ha sido realmente una visita muy instructiva.

Lo mejor de Valencia ha sido la piscina y la feria. A la piscina íbamos casi todas las mañanas. A mí nadar no me gusta mucho, ni siquiera aunque mi abuela me lleve bien agarrado, porque el agua está demasiado fría. Pero sentarme en el bordillo y chapotear, eso sí que es diversión! Si veía a algún otro niño más mayor que yo tirándose o gritando, yo también me ponía en plan gallito. Soy pequeño, pero no por eso voy a achicarme, eh? Después de estar en el agua, me llevaba a mi abuela o a mi tía a pasear por el césped del recinto, porque me gusta mucho andar. Creo que para los próximos Juegos Olímpicos me presentaré a alguna prueba de resistencia, porque puedo caminar durante horas sin cansarme. Por lo menos, mi abuela y mi tía se rinden antes que yo.

A la feria íbamos por las tardes. Qué descubrimiento fue aquello para mí. El primer día, según llegamos, estaba el tíovivo apagado, y aún así, a mí me fascinaron los cochecitos y los caballos, todos con tantos colores... Cuando el aparato se puso a dar vueltas, me impresionó un poco, la verdad, pero enseguida le cogí el gustillo, y desde entonces, acudía con ilusión a montarme. También me encantaron los ponys, aunque me daba bastante pena que tuvieran que trabajar con tanto ruido y tantas luces alrededor. Yo quiero mucho a los animales (por eso me gusta aprender cómo hablan ellos), y el verlos tan sumisos en unas condiciones tan difíciles, me daba mucha ternura. Qué buenos animales eran.

Hablando de ruido, una cosa que no me gustó de los días de feria fue el jaleo de por las noches. A mí mi mamá me tiene dicho que no debo gritar en los lugares públicos, para no molestar a los demás. Entonces, por qué no tiene cuidado la gente en no hacer ruido por la noche, cuando los bebés como yo tenemos que dormir? Durante muchos días consecutivos tuve que sufrir el zum-zum-zum de las casetas hasta bien entrada la mañana, y claro, no conseguía descansar bien. Espero que para otro año sean un poco más cuidadosos, porque seguro que pueden divertirse igual sin molestar. Yo por lo menos ya he aprendido a no gritar tanto, y me lo paso igual de bien.

Ahora que ya estoy de vuelta en mi casita, tengo muchas ganas de volver a ver a mis abuelos y a mi tía. Y de volver a Valencia de Alcántara!

Wednesday, April 27, 2005

 

Nos hemos mudado

Desde Amsterdam, Misino
Después de dos años y pico de relación estable, mi humana y yo decidimos dar el gran paso y comprar un pisito. Ella fue la que visitó los diversos pisos en venta, habló con el notario, arregló los papeles de la hipoteca... Pero yo la animé y apoyé en todo momento, y la casa puede decirse que es de los dos.

Es un piso algo más grande que el anterior, con mucho más espacio para correr. Ya no tengo césped y un canal enfrente, así es que ya no puedo vigilar a los patos, lo cual lamento enormemente. A cambio, además del ventanal que da a la calle, hay otra gran ventana en la parte trasera del piso, con vistas a la galería, y desde donde puedo vigilar la puerta que da a nuestra planta. Mi humana me pregunta si llevo un diario con las entradas y salidas de todos los vecinos, pero no es así: no necesito apuntar nada, porque lo guardo todo en la memoria.

La gran ventaja de este nuevo sitio es que he ligado con una vecina. Es una gatita tricolor. Se pasó un día por nuestra terraza. Yo estaba dentro, mirando por el ventanal como es mi costumbre. De repente, grácil y sigilosa, apareció ella. Venía de una terraza vecina. Todavía no he conseguido averiguar en qué casa vive. Tenemos un pequeño problema en cuanto a las visitas se refiere. Las veces que mi humana ha intentado abrir la puerta de la terraza cuando estaba allí mi novia, la gatita se asustaba y se iba. Y yo tampoco quiero salir porque soy muy prudente. Así es que toda mi comunicación con la gata de mis amores es a través de un cristal. Cual Romeo y Julieta gatunos, jugamos y nos damos mutua compañía por el balcón. Bueno, yo juego mucho: doy con mis patitas en el cristal, me echo carreras, maúllo.... Ella en cambio se limita a adorarme. Se sienta enfrente de mí, y me mira fijamente. Viene casi todos los días, a veces varias veces! Y algunas noches, si me siento algo solo, lloro a todo pulmón para que venga a consolarme. Mi humana la llama Panfi, porque dice que no se mueve ni hace nada. Mi humana también me dice que no chille tanto por las noches, porque ella se ha acostumbrado, pero teme que otros vecinos humanos (incluso el propio humano de Panfi) se molesten.
Como es natural, ya no podemos salir mi humana y yo de paseo por el césped. A cambio, me saca por la galería. Sé que ella aspira a que me atreva a bajar las escaleras para ir a la calle (y al césped que también hay abajo), pero yo sigo fiel a mis costumbres de precaución máxima, y hasta que no tenga bien olfateada la galería, no exploraré más allá. Es que todavía me resulta todo muy nuevo. El otro día, por poner un ejemplo, estábamos de paseo por la galería pero yo ya estaba algo cansado y quise volver a casa. Como siempre, llegué a la esterilla y me paré, esperando que mi humana abriera la puerta. Pero no lo hizo. Me puse algo nervioso y empecé a dar vueltas por la esterilla, mientras mi humana se empeñaba en que nos fuéramos de allí. Al fin se abrió la puerta y salió otra humana que no conocíamos. Yo no hice caso de la intrusa e intenté entrar en el piso, pero mi humana no me dejó. Al final resultó que ésa no era nuestra casa, aunque la esterilla olía igual que la nuestra. Qué despiste tan tonto!

Los más avispados lectores observarán, por mi manera de escribir, que la comunicación entre mi humana y yo es cada día más fluida. Nos entendemos a la perfección, y empiezo a sentir que es parte de mi familia. Hay veces en que, estando yo medio dormido con su mano como manta tapándome la tripita, me siento igual que cuando estaba con mi mamá. Quizás sea por eso por lo que me siento ahora más liberado a la hora de expresar mis deseos. No sólo maúllo para que venga mi novia. También maúllo a mi humana cuando quiero que me abra el grifo, o que me suba a lo alto del armario, o que me baje una mosca que hay en la pared... o en general, cuando quiero que me atienda y me dé mimos. He tardado un par de años, pero por fin he descubierto el poder de mi voz!

Misino, desde Amsterdam

Tuesday, April 26, 2005

 

En tierra de Rubens

Amsterdam, 6 de mayo de 2004
El 30 de abril festejan los holandeses el cumpleaños de su difunta reina madre. Como concesión de la realeza, en ese día cualquier persona puede poner un puesto y vender cosas en la calle, con lo que es el momento que muchos aprovechan para desprenderse de trastos, libros y ropa vieja, y otros tantos aprovechan para encontrar verdaderas gangas. En la capital, y sobre todo en el centro, este día se caracteriza por el color de la casa real de Orange. Todo, todo el mundo lleva alguna prenda naranja. Muchos van vestidos enteramente de ese color, llegando a pintarse la cara y cubrirse el pelo con pelucas, gorros o lo que tengan a mano. Incluso los extranjeros que se pasean por la ciudad acaban contagiados por esta fiebre. Otra característica del día es la fiesta. Por mucho que digan que los españoles sabemos divertirnos mejor que el resto de los europeos, aquí cuando se ponen a ello, son unos maestros. Los jóvenes empiezan por lo general la noche anterior, y la fiesta continúa durante todo el día 30. En ese día, la estación central queda colapsada, porque a Amsterdam acuden gentes de todo el país, convirtiéndose en un maremagnum en el que resulta difícil caminar.

Este año, para evitar ser absorbida por el tumulto, decidí escaparme al país vecino y visitar una famosa ciudad: Amberes. En tren se tarda sólo una hora y media desde Amsterdam, con lo que la visita realmente se puede hacer en un sólo día. Pero puestos a viajar, preferí quedarme todo el fin de semana y relajarme en la ciudad de Rubens.

Siendo una de las principales ciudades de Flandes, Amberes representa a los ojos del turista lo que su posición geográfica ya apunta: una perfecta mezcla entre la cultura holandesa (con la que linda al norte) y la valona (al sur). Estrechas calles en el centro, casas con elaborados frentes, muchas bicicletas, mucho espacio verde... y al mismo tiempo, mucha moda, mucho arte y una excelente cocina. También para el lingüista, Flandes refleja una curiosa mezcla. El flamenco (que es un dialecto del holandés o un idioma por derecho propio, según a quién se le pregunte) parece holandés hablado con suavidad.

Como especialidades culinarias, toda Bélgica goza fama por sus bombones, sus patatas fritas (dicen que las inventaron ellos), los mejillones y los gofres, y Amberes ofrecía buenas posibilidades de degustación. Al final, me abstuve de chocolate, y tuve que pasar sin mejillones, porque no era la época, pero sí comí algunas patatas, y disfruté inmensamente con un gofre.

Aparte de regalarme con la buena mesa, también aproveché esos días para pasear extensamente por la ciudad. Me alojaba en un hotel de las afueras, al lado del puerto, y para llegar al centro podía caminar a lo largo del río Escalda, disfrutando de la vista del museo nacional marítimo, el castillo (que se llama Het Steen, literalmente, “La Piedra”), y a lo lejos, la torre de la catedral. La catedral, por cierto, es impresionante. Un afilado gótico blanco que eleva el espíritu hasta el cielo. Por el entramado de calles llegaba a la plaza del ayuntamiento, que me recordó mucho a la plaza mayor de Bruselas, aunque más limpia y menos abarrotada, adornada además por una hermosa estatua del héroe Brabo. También caminé por la plaza Groen (“Verde”), el parque botánico, el beaterio de Begijnhof (similar al de Amsterdam, pero más sobrio y más grande) y... ejem.... varios centros comerciales.

Sorprendentemente, uno de los edificios que más me gustaron de la ciudad es la estación central. Construida en 1905, acoge a los viajeros con un aire que sólo puede describirse como majestuoso. Casi se podría haber esperado ver a un grupo de viajeros vestidos de época bajándose de un tren a vapor. Junto a la estación se sitúa el zoo, y a éste dediqué toda una mañana. Aunque está en pleno centro, es un parque tan grande, con tanto césped y tantos árboles por todas partes, y donde los animales disfrutan de tanto espacio adaptado a sus necesidades, que resulta fácil perderse en él y olvidarse de la vida urbana.

A pesar de ser una ciudad de mediano tamaño, creo que tres días no me han resultado suficientes y tendré que volver. Amberes tiene uno de los principales puertos de Europa, que me ha quedado sin visitar. Y concentra además el comercio mundial de diamantes. Algo más que añadir a mi lista de compras....

Monday, April 25, 2005

 

Que estás haciendo un curso de qué?

Amsterdam, 7 de abril de 2004
Con el auge que tienen hoy en día todas las artes milenarias del antiguo oriente, yo no podía hacer menos que apuntarme a un curso de shiatsu y do-in. En dieciseis horas de clase, repartidas en ocho semanas, aprendimos a estirarnos, doblarnos, concentrarnos en la respiración y, lo más divertido, dar masajes. También nos dieron bastante teoría sobre los meridianos de energía, el yin y el yang... pero he de reconocer que entre la dificultad del idioma, la dificultad del concepto y mi propia falta de interés, pues no llegué a aprender mucho.

Las clases eran de dos horas. En la primera hora, practicábamos do-in. El do-in es una especie de gimnasia japonesa, mezcla de ejercicios de estiramiento, de concentración, de relajación y de automasaje. Es muy bonito de ver, pero muy doloroso de practicar. Creo que las personas que hacen yoga habitualmente estarán ya acostumbradas a mantener posiciones difíciles durante más de diez minutos, pero para mí, mantener los brazos estirados hacia atrás mientras tienes la espalda doblada hacia delante y las piernas tensas... pues me producía bastante disconfort. He de admitir, no obstante, que estos ejercicios sí han aumentado mi flexibilidad y sensación de “salud”, por así decirlo.

La segunda hora era la más entretenida, y es cuando nos dedicábamos a dar masajes de shiatsu. El shiatsu se basa en los mismos principios que la acupuntura: se supone que el cuerpo humano tiene flujos de energía que discurren por unos meridianos en concreto. Cualquier alteración u obstaculización de estos flujos se traducirá en algún problema físico, ya sea simple dolor o una enfermedad completa. Así como la acupuntura trata de recanalizar la energía y disolver los atascos de ésta mediante pinchazos en diversos puntos estratégicos, el shiatsu pretende lograr el mismo resultado mediante la presión ejercida con las manos (y a veces con los pies). Y cuando digo presión, no es en sentido figurativo. La persona que da el masaje se arrodilla al lado del sujeto en cuestión, y el masaje se da apoyando todo el peso del cuerpo en las manos. Por supuesto, las muñecas se fortalecen mucho con este ejercicio. Hasta ahora nunca había apoyado todo mi peso en las manos, y los primeros días me resentía del esfuerzo. Para el que recibe el masaje, es también toda una experiencia. No es habitual que alguien te aplaste la espalda contra el suelo, por ejemplo.

Una de las clases más espectaculares fue cuando aprendimos a masajear las piernas con los pies. Cómo se logra esto? Muy sencillo: el sujeto se tumba boca arriba, y tú te pones de pie sobre sus espinillas, si te atreves y tu sentido del equilibrio lo permite. Se da la circunstancia de que, para aprender estas cosas, practicamos por parejas. Y mi compañera de estudios es una holandesa de pura cepa, más alta y más grande que yo (y mucho más rubia, aunque eso no viene al caso). No quiero ni imaginarme los kilos que pesa la chica, pero desde luego eran demasiados para mis pobres espinillitas. Qué sufrimiento!

Como comentaba al principio, lo que no he conseguido aprender es toda la teoría subyacente a estas prácticas. La profesora nos contó la diferencia entre el yin (la fuerza masculina) y el yang (la fuerza femenina), por dónde pasaban los meridianos, y de dónde a dónde iban. Que cada meridiano tiene un nombre, y afecta a una función corporal en concreto. Y además, que cada miembro del cuerpo tiene una parte yin y una parte yang. Tengo que reconocer que para mi limitada mente occidental, todo eso era demasiado. Sobre todo cuando nos explicó que a una embarazada no conviene masajearle entre el dedo gordo y el índice de la mano, porque le puedes provocar un aborto.

En cualquier caso, ha sido una buena experiencia. Ahora sólo me falta encontrar conejillos de india en los que practicar mi nueva sabiduría.

Friday, April 22, 2005

 

50 cosas que un holandés puede hacer en bicicleta

Amsterdam, marzo de 2004
Pasear al perro con correa
Pasear al perro en una cestita
Pasear al gato en una cestita
Llevar a un niño atrás
Llevar a un niño atrás y otro delante
Llevar a dos niños atrás y otro delante
Llevar a un bebé en la mochila
Pasear aún estando embarazada de nueve meses
Hablar por el móvil
Llevar un paraguas
Hablar por el móvil mientras llevas un paraguas en la otra mano
Llevar las manos en los bolsillos para que no se te enfríen
Escuchar música con los cascos, ajeno al tráfico
Consultar un plano
Leer el periódico
Ir a una reunión de trabajo, con chaqueta, corbata y maletín
Ir de marcha, con maquillaje y minifalda
Ir a la compra, con unas alforjas atrás
Ir a la playa por un día
Ir de vacaciones, con la mochila
Hacer turismo por el país
Disfrutar de un tour guiado por la ciudad
Salir con tu novio o novia
Hacer manitas con el novio/la novia
Echar el brazo por encima de los hombros del novio/la novia
Llevar al novio o la novia detrás, sentado/a en el portaequipaje
Llevar al novio o la novia detrás, de pie sobre el portaequipaje
Comer un bocadillo
Beber una lata
Fumar un porro
Usarla de asiento en el metro
Usarla como un patinete, apoyando sólo un pie en uno de los pedales
Recibir una multa por ir en sentido contrario
Recibir una multa por no tener timbre
Recibir una multa por no tener luces
Repartir el periódico
Repartir el correo
Vigilar la ciudad (si eres policía)
Con un carrito adosado, transportar cosas o niños
Ir a la iglesia (siendo cura o parroquiano)
Avalanzarte sobre alguien para robarle el bolso
Tirar de un trineo para que tus hijos disfruten en invierno
Tirar de un amigo en patines
Disfrutar con la familia en un tándem
Plegar la bici para meterla en el tren, y luego desplegarla al llegar al destino
Disfrutar de una bicicleta horizontal, en la que pedaleas acostado
Transportar grandes objetos (plantas, barras de metal...) bajo un brazo
Llevar otra bicicleta vacía al lado, como si llevaras un caballo de la brida
Participar en una manifestación
Tirarla a un canal

Thursday, April 21, 2005

 

Reparación de una humana

Carta de Misino desde Amsterdam. 30 de enero de 2004
Qué susto he estado pasando estos días. Mi humana se estropeó y no sabía cómo arreglarla. Ocurrió de repente, una noche. Se despertó y estaba bastante activa. Yo me alegré mucho. Normalmente no hay quien haga vida de ella por las noches, y me llego a aburrir. Acabo tumbándome a su lado para aprovechar el calorcito y echarme una o dos (o tres o cuatro) siestas entre paseo y paseo por el ventanal.

Como iba contando, me ilusionó mucho pensar que quizás pudiera disfrutar de su compañía en plena madrugada, y me puse juguetón y alegre. La noté algo más caliente de lo normal, pero no presté mucha atención a ese detalle. Más me extrañó el ver que se ponía un trapo húmedo en la frente. Pensé que fuera una nueva forma de darme de beber, y me acerqué para aprovecharla, aunque no resultó muy cómodo, teniendo que hacer equilibrios sobre su cuerpo en movimiento mientras intentaba lamer el trapo. Al fin me di por vencido y me resigné a tumbarme a su lado una vez más.

Sin embargo, lo peor estaba aún por llegar. Durante tres días no salió de casa, lo cual habría estado muy bien porque la tenía siempre a mano. Pero en lugar de dedicarse a jugar conmigo, peinarme y atenderme como es su obligación, sólo se levantaba del sofá para ir a la cama y viceversa. Lo del trapo en la frente se convirtió en habitual, aunque yo dejé de intentar beber de él, habiendo visto que no era muy eficaz y que a ella parecía desagradarle. En ningún momento sacó el ratón de juguete para hacerlo moverse y que yo lo cazara. No regó las plantas para que yo pudiera beber de la regadera. E incluso... olvidó de darme de comer por las mañanas!!! Yo la tengo muy bien entrenada para que me eche de comer todas las mañanas y todas las noches. Pero durante esos tres días, sólo me cambió el comedero por las noches. Por no mencionar el estado en que tuvo mi caja de arena. Una verdadera vergüenza! A todo esto, ella seguía teniendo una temperatura más alta de lo habitual. Habría sido estupendo tumbarse al lado de un foco de calor tan bueno. Pero me molestó tanto su falta de atención hacia mí, que decidí ignorarla por completo, y durante esos tres días no me acerqué a ella.

Lo que sí hice fue fijarme mucho para descubrir la causa del problema. Y la encontré: estaba utilizando un aparato que ella no usa nunca, y seguramente ese artilugio era el que la estaba estropeando. Ella lo llamaba “termómetro”. De vez en cuando se lo ponía un rato en la axila, luego lo sacaba, lo miraba, suspiraba, y se ponía otro paño de agua fría en la frente. Así estuvo durante tres días. Si hubiera podido hablar en humano, le habría dicho que dejara de ponérselo. Acaso no se daba cuenta de que la estaba viniendo mal? Pero a falta de comunicación hablada, siempre quedan las miradas. Así es que en cuanto podía, yo miraba el termómetro con muy malos ojos, a ver si ella se daba cuenta y lo tiraba de una vez.

Tardó tres días, pero por fin empezó a dejar de usar el termómetro poco a poco, y simultáneamente empecé a notar que se movía algo más por la casa, empezó a cuidarme un poco mejor, e incluso le empezó a bajar la temperatura, hasta que finalmente volvió a estar normal. Un par de días más tarde llegó a guardar el termómetro, y espero que no vuelva a sacarlo nunca. Me costó mucho encontrar esta humana, y no quiero que se me rompa nunca más!

Wednesday, April 20, 2005

 

Qué buenos son, qué buenos son los señores bomberos, qué buenos son que me abrieron el portón

14 de enero de 2004
Ayer era un día como otro cualquiera. Trabajé mis ocho horas en la oficina, sin pena ni gloria. Hacía un tiempo muy desagradable, con un viento terrible que impedía mantener un peinado medianamente decoroso, y que empujaba las nubes una tras de otra, con lo que durante todo el día tuvimos una larga sucesión de nublados y claros.

Salí pronto de la oficina con la intención de relajarme un rato antes de cenar. El tener jornada flexible me permite salir bastante temprano. Procuro entrar a las 8 de la mañana y salir a eso de las 4 y media. Con lo que llego a casa a las 5. No está nada mal, porque me queda prácticamente toda la tarde por delante. Y eso hice ayer. Entre el frío y el viento, era todo un alivio pensar en la ducha caliente que me daría nada más entrar en casa. Pero poco imaginaba yo que la palabra clave de mi deseo era “entrar”. Cuando llegué, saqué la llave del bolso, como de costumbre; la metí en la cerradura, como de costumbre; giró, como de costumbre; sonó un clic, como de costumbre... y la puerta no se abrió. Lo intenté varias veces, sin resultado. Qué frustración! Tener comida, ducha, confort... y no poder acceder a ello!

No sabiendo muy bien qué hacer, llamé a unos vecinos muy majos que viven en la misma planta. En seguida vinieron conmigo a ver si ellos tenían más suerte. Por el pasillo se nos unió otro vecino que llegaba en ese momento de hacer la compra. Entre todos empujamos, probamos de mil maneras... y nada. Entrar por la terraza no era una opción, porque sabía conseguridad que tenía la puerta lateral cerrada con llave. La ventana de mi habitación también estaba bien candada. No había ninguna solución, sólo se me ocurría que habría que romper algún cristal, y la verdad, no era una perspectiva muy agradable. Mis vecinos me miraron y dijeron comprensivos “Wat jammer!” (Qué lástima!). Y parecía que ahí iba a quedar su ayuda. Entonces se me ocurrió mencionar tímidamente que en España, en casos similares, uno llama a los bomberos. Enseguida estuvieron todos de acuerdo, y se ofrecieron a llamarlos ellos desde su casa. Fuimos pues a su casa y me ofrecieron un café, que mi estómago vacío agradeció profundamente, mientras les oía explicar la situación a los bomberos: “No necesitamos un cerrajero, porque la llave funciona perfectamente. Es un seguro extra interior que se ha cerrado solo, y no puede entrar. Sí, es una chica. Sí, está aquí con nosotros, aquí les esperamos”

Llegaron los bomberos con el camión de rigor (menos mal que no hicieron funcionar la sirena). Cinco hombretones del norte, todos enormes y corpulentos. Me sacaban todos dos cabezas. Cual fémina indefensa tuve que medio correr para poder ir a su paso mientras recorríamos el perímetro de la casa e iban estudiando las distintas opciones. Mientras, uno de ellos averiguó que yo era española y me empezó a preguntar si yo hablaba español, luego si también hablaba portugués. Cuando le dije que sí se alegró mucho y me explicó que su jefe era de Mozambique, donde también se habla ese idioma. Por supuesto, en la situación en la que yo me encontraba, sin poder entrar en mi casa, no había nada más interesante de lo que preocuparme que la nacionalidad del jefe de los bomberos de Duivendrecht...

Finalmente, se decidieron a intentar forzar la puerta. Pensé que harían un gran destrozo, que tendrían que utilizar hachas y todo. Pero no, todo se hizo rápida y limpiamente. Entraron una cuña a la altura del seguro y, en cuestión de segundos, la puerta estaba abierta. Aleluya! Es más, no se rompió nada, ni siquiera el seguro. Como es natural, no cabía en mi de gozo. Agradecí profusamente la ayuda a todos los involucrados, y por fin pude recogerme en mi dulce hogar.

Fue entonces cuando caí en qué fecha era. Y como Don Mendo, pensé: “¡Y hoy es martes, gran Dios!... ¡Martes y trece!”

Tuesday, April 19, 2005

 

Cuestión de respeto

Amsterdam, 19 de noviembre de 2003
Con tantos casos como se dan últimamente de maltratos en el hogar y de mujeres muertas a manos de sus maridos, surgen artículos aquí y allá sobre el asunto. Yo voy a aportar mi granito de arena.

Leí hace poco la opinión de un experto, el cual argumentaba que cuando los padres les explican a los hijos de dónde vienen los niños, deberían añadir que no se debe pegar a las mujeres. Muy bien. Pero por qué es necesario explicarles eso? Acaso es una opción, como “no debes comer chocolate antes de la cena”? Como mujer, tengo que asumir que el hecho de ser más débil físicamente me convierte al instante en una posible víctima, y que si no me pegan es por bondad que debo agradecer? Creo que la intención de todos estos expertos y todos estos planes de ayuda y de protección es buena, pero no están atacando el verdadero origen:

No es raro ver a niños zarandeando los naranjos plantados por el ayuntamiento. Los perros y gatos callejeros huyen con el rabo entre las patas cada vez que ven a un menor. Los gorriones se cuidan muy mucho de acercarse a cualquier bípedo. Criaturas en principio inocentes, persiguen y pegan a otros seres vivos. Por qué? Por el simple hecho de que pueden, porque son más grandes. Y cuando alguna vez, de tarde en tarde, alguien les riñe, se les dice que “está mal”. Pero ése es el momento de echarse las manos a la cabeza y preocuparse. Ése es el momento, no 30 años más tarde cuando la violencia se esté dirigiendo hacia la mujer. Si criamos animalitos, no podemos quejarnos de que luego se comporten como tales.

Los niños deberían tener mucho más inbuído el sentido de respeto. Ya sé que es una palabra muy manida. Ahora se utiliza para todo. Respeto a las diferencias, respeto a los inmigrantes, respeto a la naturaleza. Pero se suele utilizar desde un punto de vista erróneo: “yo, como superior, te tolero”. Y no se trata de eso. Se trata de asumir la igualdad con el otro. En este caso, con otros seres vivos. Hacer daño por el puro placer de hacer daño, eso no es que esté mal. Es que debería ser inconcebible, tan inconcebible como herirse a sí mismo.

Pongámoslo en términos científicos: todos estamos hechos de carbono. Física y químicamente, nadie es mejor que nadie. En términos biológicos, podemos entender que el ser humano conforma una unidad tan intrínsicamente interdependiente como lo es una colmena. Aunque nos sintamos individuos con ideas y pensamientos propios, la realidad es que somos un ente único, compuesto por muchos sub-miembros. La existencia de uno de los miembros depende por completo de la existencia de los demás. Más aún dentro de una misma comunidad. Pegar a otro ser humano no debería ni siquiera poder imaginarse, no es una opción.

Los jueces, los policías y los políticos, todos ellos están haciendo su labor lo mejor que pueden. Pero el problema no se va a solucionar hasta que la sociedad adquiera un papel más activo: seamos conscientes de que esos comportamientos son, literalmente, inhumanos. No basta con campañas de concienciación en la tele. Los niños tiene que vivir ese ambiente de respeto desde pequeños, en casa y en la calle. Incluso en esta época moderna, a los niños los criamos entre todos. Y si este cuidado falla y un hombre resulta ser violento, dejemos claro que no lo queremos en nuestra comunidad. Que esos seres no humanos sientan el vacío de verse aislados.

Monday, April 18, 2005

 

Comida multilingüe

Amsterdam, 22 de octubre de 2003
Se dice que en Amsterdam hay restaurantes de todos los países del mundo. Seguramente es una exageración, pero un vistazo a las páginas amarillas resulta bastante impresionante. De hecho, la sección de restaurantes está dividida en dos partes: una lista todos los establecimientos en orden alfabético; y la otra los divide por tipos de cocina. Así se encuentra fácilmente el restaurante más adaptado al gusto personal: africano, argentino, belga, coreano, chino, egipcio, español, francés, griego, holandés, húngaro, indio, indonesio, israelí, italiano, japonés, libanés, marroquí, mejicano, peruano, persa, polaco, portugués, ruso, suizo, tailandés, turco, vietnamita... y me quedo unos cuantos sin nombrar.

La comida japonesa está, como en otras muchas ciudades europeas, muy de moda. Los locales más modestos ofrecen sólo sushi, que, al contrario de lo que comúnmente se cree, no quiere decir “pescado crudo”. El sushi, de hecho, es un plato basado en el arroz. Cierto es que muchas piezas de sushi contienen pescado crudo, pero otras muchas son vegetarianas, y algunas incluso tienen trozos de tortilla. Lo que realmente es pescado crudo es el sashimi. Una vez pasado el susto psicológico, tanto el sushi como el sashimi son deliciosos. Y no son tan exóticos a fin de cuentas, porque, acaso no se comen en España las navajas, las ostras e incluso las sardinas crudas? En los restaurantes japoneses más caros (y suelen ser muy caros) se pueden degustar otros muchos platos, incluidos muchos de carne. El alto precio está justificado por la especialísima cualificación que requieren sus cocineros. En los buenos restaurantes nipones, los comensales se sientan alrededor de una gran plancha, donde el cocinero va preparando todos los platos. Es un verdadero espectáculo observar el pefecto control que tiene con los palillos, los cuchillos... Y por supuesto, ves de primera mano los ingredientes antes de su preparación, por lo que todo debe estar fresquísimo y en perfecto estado.

Para comer a la moda por un precio más módico, y sin dejar de ser exótico, lo más recomendable es acudir a un restaurante etíope. En la experiencia (o inexperiencia) de comer en tales locales se demuestra si eres realmente moderno o no. Los más al día, los más progres, los más enterados... conocen al menos un buen etíope. Y qué tiene de especial ese tipo de comida? Por un lado, la carne suele estar muy bien guisada, con salsas que no se alejan tanto de la comida española tradicional. Tienen también una buena oferta de guisos vegetarianos (y no olvidemos que mucha gente prefiere no comer carne), fundamentalmente con lentejas. Qué instructivo resulta probar los distintos tipos de lentejas preparados con salsas de tomate, o de curry, o de cilantro... Sin embargo, lo principal de la comida etíope no son los platos en sí, sino la manera de comerlos. Todo se sirve en una gran fuente aplanada, que está cubierta por unas blandas obleas más bien insípidas. Los comensales comen todos de la misma fuente, sin cubiertos, usando las manos con toda naturalidad. En teoría, uno no necesita mancharse los dedos, porque vas agarrando la comida sirviéndote para ello de trozos de oblea. En la práctica, en cambio, invariablemente acabas con salsa en las manos, porque la oblea se va empapando, o se acaba, o simplemente, porque poco a poco relajas la etiqueta... Teniendo en cuenta todo esto, podría pensarse que comer en un restaurante etíope debería ser una experiencia reservada tan sólo a los grupos de buenos amigos, que tengan la suficiente confianza entre ellos. Pero siendo Holanda un país democrático hasta la médula, no es infrecuente ver en estos lugares a un grupo de colegas que celebran una cena empresarial, por aquello del “team-building” (fomentar las relaciones de equipo). Qué mejor manera de relajar las tensiones de la oficina, que viendo a tu jefe chuparse los dedos cual gañán?

Y tras una buena cena, se requiere un buen café. El café etíope es famoso en todo el mundo. Y en estos restaurantes, saben fomentar esta fama. En muchos de ellos, los granos se tuestan in situ, y bastante antes de que llegue la bebida a la mesa, puedes disfrutar de un maravilloso aroma proveniente de la cocina. Sirven el café en jarras de barro tradicionales, y el propio comensal se llena su tacita (pequeña y sin asa), y normalmente repite. En algunos de los etíopes, el café lo sirven acompañado de una barrita de incienso ardiendo, para incrementar el placer aromático de la experiencia.
Con esta oferta, quién se resiste a salir a cenar con los amigos?

Friday, April 15, 2005

 

La sequía

“El verano ha sido muy caluroso, no ha llovido lo que tenía que llover. Hay una gran sequía que tardará mucho en remediarse.” Estas frases suenan muy familiares, verdad? Sin embargo, no las he oído pronunciar en Extremadura, ni en el teledirario de la primra cadena, ni por nadie al sur de los Pirineos. Las he estado oyendo en Holanda.

Durante aproximadamente un mes, los presentadores del tiempo han estado lanzando mensajes apocalípticos relacionados con la sequía. Y como los borregos, digo la gente somos como somos, enseguida empecé a ver también a mis compañeros holandeses mesarse los cabellos a cuenta de la falta de agua. Al lado de un canal. Con patos. Y juncos. Y mucho césped.

Veníamos caminando desde el metro hacia la oficina una larga chica holandesa de nombre Ada (sin hache) y yo. Y, preocupada, me decía: “Mira las plantas, están secas”. Cuando todo alrededor tuyo está verde y estás acostumbrado a los pastos amarillos de la dehesa, ese comentario difícilmente podía producirme más que risa, que contuve a duras penas. Le aseguré que aquello no era sequía. Que si quería hablar de sequía, primero tenía que pasar un verano en mi región. Me miró incrédula. Le expliqué que cuando los canales siguen en el mismo nivel, eso no es sequía. Me volvió a mirar incrédula. Insistí en que en mi pueblo, los ríos se secan y a veces nos cortan el agua en verano. Entonces por fin comprendió.

Para un verano decente que hemos tenido, me lo han estado amargando con un sinfín de pesimismo. Decían en las noticias que era el verano más caluroso desde 1975. Considerando que dicho “calor” ha supuesto que durante unas semanas no tuve que sacar el paraguas y pude salir sin chaqueta, que te digan que estadísticamente no vas a disfrutar de otro verano igual en 30 años... eso baja la moral.

Yo comprendo que el calentamiento global puede ser un gran problema. Habrá regiones del globo en donde un aumento de las temperaturas podría suponer que la vida en ellas se hiciera insoportable. Sin embargo, reconozcámoslo: Holanda no es una de esas regiones. El calentamiento en Holanda haría que este país fuera bastante más acogedor, de hecho. Ni siquiera me preocupa que aumente el nivel del mar. A base de diques, esta gente lleva el agua por donde quiere. Lo lleva haciendo varios siglos, no van a perder esa habilidad ahora.

En cualquier caso, vistos los chuzos que están cayendo desde ayer, creo que los holandeses volverán a dormir tranquilos. Este año los canales no se secarán.

Thursday, April 14, 2005

 

Mis vacaciones (por Misino)

Acabo de volver de mis vacaciones. He pasado dos semanas en casa de mi amigo Mio. Mio es hijo de una gata persa y un gato siamés. Él parece más bien un gato birmano, pero en el carácter sale a su padre claramente. Es muy activo, no para de jugar y dar saltos, y le gusta investigarlo todo en detalle. Incluso cuando hay un peligro obvio, como por ejemplo si alguien pasa la aspiradora (es de sobra sabido que las aspiradoras tragan gatos), allí está él, mirando de cerca la operación. En fin, debería ser más indulgente con él. A fin de cuentas, sólo tiene un año, y le queda mucho que aprender.

El caso es que han sido unas buenas vacaciones, aunque algo imprevistas. Mi humana no volvió del trabajo un viernes, y al día siguiente entraron en casa unos humanos amigos de ella (lo sé porque habían venido a cenar anteriormente a casa), me metieron en la jaula, y se me llevaron! Al principio pensé que me habían secuestrado. No sabía qué hacer. Quería avisar a mi humana, para que me rescatara, pero cómo? Me llevaron a una gran casa, de dos pisos, y una vez allí, corrí a esconderme debajo de un sofá, para poder pensar tranquilo y analizar la situación. Durante dos días no me moví de allí, salvo por la noche, en que me escabullía hasta el comedero para reponer fuerzas. En esos dos días empecé a descubrir que mis secuestradores no tenían intenciones de matarme: el comedero siempre estaba lleno, también tenían agua a mi disposición, e incluso venían a hablarme para que me tranquilizara.

Estando yo reflexionando bajo el sofá, hete aquí que apareció Mio. Yo ya le conocía porque había pasado conmigo un par de semanas en mi casa. Lo primero que pensé es que me hallaba en manos de una mafia dedicada al secuestro de gatos al por mayor. Pero Mio me aseguró que aquellos eran sus humanos, que siempre le habían tratado bien, y que no debía preocuparme. Entonces empecé a relajarme, y al poco ya estaba jugando con él por toda la casa. Nuestro juego favorito es la lucha libre: el objetivo es derribar al contrario mediante mordiscos en el cuello, llaves y cualquier otro truco que se nos ocurra. Casi siempre gano yo, aunque esté mal decirlo. Y mira que él es algo más corpulento, pero claro, la experiencia cuenta mucho, y yo ya tengo más de cuatro añitos en mi haber.

Tan bien me lo pasé en esas dos semanas, que casi no pensé en mi humana. Sólo cuando me devolvieron a mi casa caí en la cuenta de que la pobre debía de estar muerta de angustia, preocupada por mí. Ella llegó al día siguiente. Ha debido de pasar las dos semanas buscándome bajo el sol, porque ha vuelto bastante morena. Para compensarla por mi ausencia, ahora procuro restregarme mucho contra ella. Así la vuelvo a impregnar de mi olor, que es fundamental para mantener la familia unida. Es una lástima que no me llevara la cámara de fotos conmigo, porque podría enseñarla los mejores momentos: yo y Mio jugando, yo bebiendo del lavabo de la otra casa, yo escondido bajo el sofá, yo durmiendo a los pies de los otros humanos... Bueno, ésta última no, que a lo mejor le molestaba.

Antes de irme, Mio y yo prometimos volver a visitarnos en cuanto tengamos ocasión. Yo, por lo pronto, seguiré entrenándome todos los días con carreras y saltos, para seguir ganándole siempre!

Wednesday, April 06, 2005

 

El Keukenhof

Entre siete u ocho semanas al año, abre sus puertas uno de los más maravillosos jardines que existen. Treinta y siete hectáreas de bosque entremezclado con exquisitos parterres de tulipanes, jacintos, narcisos y demás. Un lago, varios canales, puentecillos de madera, veredas que se pierden por entre los árboles… podría creerse que los elfos van a salirte al paso en el próximo recodo.

El Keukenhof nació siendo tan sólo una huerta que proveía de hierbas aromáticas a las cocinas del castillo colindante. De hecho, su nombre aún indica ese humilde origen: “keuken” es cocina, y “hof” es jardín. Sin embargo, a lo largo del tiempo el jardín fue cobrando importancia, hasta el punto de que hoy en día cientos de miles de visitantes se agolpan cada primavera para disfrutar de sus flores, mientras que nadie visita el castillo.

Además de en la forma de los arriates y en el perfecto estado en que se encuentran todas las plantas, los holandeses demuestran aquí sus artes jardineras mediante la exposición de nuevas variedades de tulipán. Los hay de doble pétalo, de pétalo rizado, de pétalo puntiagudo... y por supuesto, de todos los colores, y combinaciones de colores, imaginables, incluso negros! Una de las últimas variedades creadas se llama Pin Furtyn, en honor del político asesinado el año pasado.

Como no podía ser menos, los jardines están pensados para sacarles rendimiento económico. Aparte de pagar la entrada, los visitantes tienen mil y una posibilidades de vaciar sus bolsillos en el lugar: un par de restaurantes, unas cuantas tiendas de recuerdos y, por supuesto, varias floristerías donde se pueden encargar bulbos que serán enviados más tarde directamente al domicilio del comprador, para mayor comodidad. Aún así, es de agradecer que también piensan en quienes acudimos sin ánimo de enriquecer al propietario: además de permitir la entrada de comida, también hay repartidos por el parque algunas mesas y bancos para que se pueda hacer un pic-nic en condiciones.

Todo el recinto sería mágico si no fuera por el exceso de turistas. Como el jardín sólo abre unas semanas al año, las visitas están concentradas en el tiempo, lo cual implica que, por ejemplo, resulta imposible sacar una foto sin que salga algún extraño de fondo. Sin embargo, a pesar de este problema, aún se respira paz. El parque invita al paseo lento, a la conversación baja y a la sonrisa feliz.

Yo, de mayor, quiero tener un jardín así. Y para empezar, en mi terraza ya planté un par de tulipanes.

Tuesday, April 05, 2005

 

El cuarto poder

Por lo que oigo últimamente, parece que toda España (y toda Europa) es unánime: No a la guerra en Irak. Por supuesto, no me refiero a los gobiernos, sino al pueblo. Las manifestaciones, las pancartas, las decenas de mensajes electrónicos que circulan... todo demuestra que hay una oposición tajante a una intervención militar en Irak.

A mí, el ver a tanta gente de acuerdo, y tan de acuerdo, me mosquea. Simplemente, porque nunca conseguimos estar tan de acuerdo en algo, ni siquiera en lo más obvio. Y me mosquea el que, si el no a la guerra es tan obvio, haya gobiernos dispuestos a emprenderla a costa de perder votantes.

Pienso, entre otras cosas, en lo fácil que es conducir a la opinión pública. Yo no conozco las técnicas para lograrlo, por lo que no puedo descubrir exactamente cómo lo están haciendo. Sí he conseguido encontrar un ejemplo, que me demuestra la parcialidad de las noticias. Se trata de la elección entre dos palabras aparentemente sinónimas: víctimas y muertos. Supongamos que hay un conflicto bélico entre X e Y. Supongamos que un bando ataca y se publica la noticia: “5 muertos Y a manos del ejército X”. Al día siguiente, el otro bando responde, y se publica la noticia: “Ataque de Y causa 5 víctimas”. El resultado de ambas acciones ha sido, en términos de vidas humanas, equiparable. Sin embargo, la palabra “muerto” nos hace pensar en sangre, en moscas, en olor a putrefacto. Mientras que la palabra “víctima” es mucho más aséptica, conlleva una carga emocional mínima. Esto es sólo un pequeño ejemplo de cómo se puede informar, aparentemente de manera imparcial, y al mismo tiempo agregar un granito de opinión. Y ese granito, por oculto, tiene mucho más peso. Nuestro cerebro de lector no filtra esa opinión tendenciosa porque no la reconoce como tal. Interioriza la noticia como un hecho. Y cuando se le van añadiendo granitos y más granitos, acaba por aceptar la opinión que se está transmitiendo. Algo así como la publicidad subliminal.

Por otro lado, hay otro factor que agrava la situación y pone en verdadero peligro la objetividad de las noticias. Cuántas agencias de prensa funcionan actualmente? Que yo sepa, el pastel se lo reparten sólo dos: la agencia Efe y Reuters. Éstas dos agencias son las que se encargan de mandar los primeros avisos a periódicos, televisiones y radios cuando surge un conflicto o se produce un atentado en cualquier lugar del mundo. En principio, es una tarea perfectamente inocente. Pero no deja de haber un oligopolio. Las noticias que nos están llegando están pasando por sólo dos agencias. Y aunque esas agencias no mientan, sí pueden decidir no informar de algo. Es decir, pueden decidir que algo no es noticia. Así ocurre que, de repente, sólo se oye hablar de la guerra civil en Angola. Y al cabo de una semana, se olvida ese asunto. Todos los días hay conflictos que se están ignorando a propósito. Por un motivo o por otro, nos están dirigiendo la atención hacia las noticias que a ellos les interesan.

Por todo esto, no consigo formarme una opinión sobre la guerra en Irak. Y fráncamente, me preocupa mucho el que la gente adopte opiniones tajantes y rápidas sin tener en consideración la validez de los datos sobre los que se basan.

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