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Thursday, March 03, 2005

 

Carta de Misino

Sé que hace mucho que no doy noticias, y ya va siendo hora de que vuelva a escribir sobre mis experiencias con mi humana. Hace ya más de un año que vivo con ella y puede decirse que estoy totalmente acostumbrado a su modo de ser y de expresarse.

Ahora puedo decir que tengo una confianza ciega en ella. Muchas veces no entiendo lo que hace. De hecho, la mayoría de las veces no la entiendo. Por ejemplo, come cosas extrañas que a mí me parece que huelen fatal. Y también bebe líquidos calientes que no me resultan nada apetitosos. En esos casos, suelo mirarla con desaprobación. Lo mismo que ella a mí cuando hago algo que no le gusta. Incluso me pega algún que otro susto si intento comer las plantas (aunque no entiendo para qué las tiene si no es para comerlas).

En cualquier caso, hay una cosa que siempre ha estado clara entre nosotros: cuando me mudé a su piso, ella me dijo expresamente que me cuidaría durante el resto de mi vida. Y yo, por supuesto, pretendo cuidarla lo mejor que sepa día tras día. En esto veo una gran diferencia con el mundo de los humanos: el compromiso. Ha sido una responsabilidad muy grande para ambos, y los dos nos tenemos que aguantar en ocasiones las manías del otro. Pero en ningún momento se nos pasó por la cabeza a ninguno de los dos separarnos: ni ella me va abandonar en el refugio, ni yo me voy a escapar. Y precisamente porque existe esa seguridad, todo va sobre ruedas.

Otra gran diferencia que observo con respecto a los humanos es que nosotros no prestamos atención a los detalles sin importancia. Los humanos piensan demasiado y reaccionan demasiado. Si un día uno de ellos está de peor humor, el otro empieza a agobiarse pensando que hay una razón escondida. Si uno no llama, el otro decide no llamar tampoco por orgullo. Parece que su auto-estima depende de cómo les traten los demás. Pero para nosotros, los gatos, todo eso es irrelevante. Si tenemos ganas de una caricia, nos acercamos y nos restregamos contra nuestro humano, independientemente de que cinco minutos antes nos haya gritado. Comprendemos que hay momentos en los que uno se encuentra sin ganas de jugar o de acariciarnos, o que a lo mejor ha tenido mal día en el trabajo, y eso no implica que dejen de querernos. No nos sentimos heridos si no nos dan un trozo de pollo a pesar de que saben cuánto nos gusta. En general, puede decirse que, a diferencia de los humanos, nosotros los gatos vemos las cosas con perspectiva y no hacemos una montaña de un grano de arena.

Nosotros no hemos logrado grandes hazañas, no hemos hecho descubrimientos. No tenemos grandes filósofos ni nos paramos a pensar sobre el sentido de la vida. Pero con nuestra sencillez, tenemos un camino más seguro hacia la felicidad. Ni fama, ni dinero, ni gloria. Un ratón con que jugar y mi plato lleno de comida es todo lo que pido. Y si además de vez en cuando me quieren dar un poquito de pollo y me acarician la tripilla, entonces soy el gato más feliz del mundo, y me oirás ronronearlo a los cuatro vientos.

Wednesday, March 02, 2005

 

Ay chihuahuas!

Tenemos desde agosto un nuevo compañero de trabajo en la empresa. Es de Estados Unidos, pero sus padres son mejicanos. Es mi primer contacto con un espécimen cien por cien “espanglish”, y he aprendido mucho de esa cultura que nada entre dos aguas. Es muy curioso constatar cómo pueden convivir en una misma persona dos mentalidades tan distintas como son la norteamericana y la hispana. Y el hecho es que conviven, no sólo en este caso, sino en los millones de hispanos que viven en los Estados Unidos. Algunos son ya de tercera o cuarta generación, pero el legado hispano es lo suficientemente fuerte como para resistir el empuje anglosajón. Por supuesto que esta situación no se da en todos los Estados Unidos. En algunas zonas, sobre todo en el interior y el norte, los hispanos son minoría. Pero en otros estados, especialmente en Texas, los hispanos suponen un porcentaje muy considerable de la población.

Como no podía ser menos, mi interés se ha centrado en los aspectos lingüísticos. Empecemos por el mejicano en sí, que es bien bonito. Por ejemplo, a la ducha la llaman regadera. Darse una ducha es, por lo tanto, darse un regaderazo (pronunciado “regaderaso”, claro). La chaqueta es la chamarra. Un tonto es un menso. Un camarero es un mesero (esto es de una lógica aplastante). Los calzoncillos son calzones, las calzonas son calzoncillos. Un bocadillo es una torta. Una torta es una tortilla. Y lo que para ellos es un bocadillo, para nosotros es algo de picar. Claro como el agua, verdad? A algunas palabras todavía no les he encontrado una buena traducción al castellano, como por ejemplo a méndigo (quizás corresponda a puñetero...) Luego están las típicas palabras que todo el mundo ha oído en los culebrones: tomar (por beber), manejar (por conducir), carro (por coche) y platicar. Y las más lindas de todas: ándale, íjole y órale.

Desconocen algunas palabras que para nosotros son básicas, como por ejemplo aupar y guarro (con todos sus derivados), por no mencionar algo más fuerte como gilipollas. En cambio, a veces me sorprende descubrir que conocen palabras tan imprevisibles como hediondo (pronunciado a la extremeña, aspirando la hache).

Entrando ya en el más puro espanglish, la cosa se complica. Podemos decir, por ejemplo, “qué me guachas?” (del inglés “watch” – mirar). Y lo que para nosotros es un autobús, en Méjico es un camión pero en los Estados Unidos lo llaman “bos” (del inglés “bus”).

Me pregunto si llegará el día en que el espanglish se independice y se convierta en un idioma de pleno derecho. No cuesta tanto imaginar un futuro en el que el colectivo hispano de los Estados Unidos afirme con orgullo que ellos no hablan ni español ni inglés, ni un dialecto, sino un idioma distinto y joven, con su propia literatura y terminología... Acaso no pasó eso mismo entre el latín y el ibérico?

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