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Tuesday, February 15, 2005

 

Misi, Misi, Misi chico con los ojillos de almendra

Alguna vez he hablado de las ambulancias para animales? A veces se las ve adelantando frenéticas por la carretera, intentando salvar la vida de una mascota. Por supuesto, no son gratuitas, sino bastante caras, aunque existen seguros médicos para gatos, perros y demás bichería. Es una de estas cosas que, cuando las ves, te hacen recordar que estás en el extranjero.

Aquí se le da mucha importancia al bienestar de los animales. Las mascotas son tan importantes como los hijos, y ofrecen un tema de conversación inagotable. Son también fuente de pasiones: si criticas la educación o el aspecto del perro de tu amigo, puedes esperar una reacción bastante mala, e incluso la interrupción de la amistad.

Los holandeses no sólo se preocupan de sus propias mascotas, sino que también prestan su atención a los animales de los vecinos… e incluso de algo más lejos. Existe una asociación de recogida de animales abandonados especializada en el salvamento de perros españoles y turcos. He estado ojeando la página Web de dicha asociación y me sentí totalmente ultrajada, porque nos tildan de bárbaros para arriba. Es cierto que se ven perros con muy mal aspecto vagabundeando por las calles españolas. No son perros “de marca”, de esos que cuentan con más documentos que yo y un árbol genealógico importante, sino perros nacidos de los encuentros casuales, sin pedigrí. Y están acostumbrados a sobrevivir en las circunstancias más adversas, sin ternera en lata todas las noches. A mí me da gusto verlos cuando voy de vacaciones, porque de alguna manera reflejan una vida más cercana a lo que es realmente natural.

Por otro lado, he de reconocer que a veces se dan casos vergonzosos. Recuerdo con mucho cariño a Cuco, un perro compartido por varios vecinos de Valencia, tuerto, pulgoso y sin duda apaleado en más de una ocasión. Entre unos cuantos lo estuvimos alimentando, dándole cobijo y cariño. Y él lo agradecía y se mostraba orgulloso, como diciendo “Yo también tengo dueños!”. Esos perros así, tan completamente abandonados, sólo los he visto en España. Aquí también hay desaprensivos que dejan tirados a los animales, pero por cada uno de ésos, hay otros cinco que los recogen y los cuidan. No se ven animales sueltos por ahí, pero los refugios están llenos.

Con las ganas que tenía yo de poder acariciar una cosita peluda todos los días, y teniendo en cuenta que los holandeses están adoptando algunos de esos perros recogidos en España, decidí vengarme y adoptar yo un animal abandonado por los holandeses. Me fui a un refugio que, como ya he comentado, estaba lleno. Había muchos perros de todo tipo, y muchos gatos también, de las razas más variopintas. Fue difícil elegir uno, pero por fin me dejé llevar por los suaves ronroneos de un gato pequeñito y negro. Según me contaron, había sido encontrado en una carretera. Estaba muy delgado y aparentaba más joven de lo que en realidad es. Como no sabían nada de él, los cuidadores le habían puesto un nombre común en holandés: Suske, pero el gato aún no reconocía ese nombre.

Me lo llevé a casa y, mientras él sufría las angustias del cambio de sitio, yo me dediqué a buscarle un buen nombre. Quería un nombre castizo, algo que fuera claro y bonito, y que reflejara la vulnerabilidad de mi nuevo compañero de piso. Por fin di con el nombre perfecto: Misino! Al día siguiente, ya se había dado cuenta de que yo le alimentaba, así es que comenzó a mostrarse más seguro de sí mismo cuando yo estaba cerca. Durante la primera semana se acostumbró a la casa entera (incluida la tele, que le producía mucho miedo al principio) y luego, poco a poco, ha ido aprendiendo mis costumbres. Ahora Misino me despierta por las mañanas, y cuando me levanto, me sigue por toda la casa, restregándose contra mis piernas como si hiciera siglos que no me veía. La misma reacción tiene cuando vuelvo del trabajo. Qué alegría nos da vernos!

En resumen, me he aclimatado aún más a este país. No me extrañaría nada que acabara llamando a una ambulancia si alguna vez le pasa algo a Misino…

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