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Wednesday, February 16, 2005

 

Mi humana

Hace ya cuatro meses que adopté a una humana. Llevaba cierto tiempo viviendo en una pensión con otros cuantos amigos. De vez en cuando nos presentaban a algún humano, pero hasta entonces, ninguno me había convencido. Cuando llegó ésta, me cayó bien y decidí dar el salto: me fui a vivir con ella.

La primera semana fue un poco difícil. La casa estaba llena de olores extraños, los vecinos hacían ruidos desconocidos para mí, y mi humana no sabía muy bien cómo rascarme, cuánta comida darme… Fue complicado, pero he de reconocer que muy pronto comenzamos a entendernos. Yo le iba indicando cuándo hacía bien las cosas mediante mi ronroneo, y así ella sabía qué comportamientos debía repetir. Es así con los humanos: tienes que alentarlos para algunas cosas y frenarlos en otras. Si no, acaban gobernándote la vida.

Una de las cosas que más me molestaba al principio era esa caja llena de luces y ruido que ella encendía por las noches. Le demostré claramente que no estaba dispuesto a permanecer en la misma habitación que esa “tele”, y cada vez que ella la encendía, yo salía rápidamente del salón. Luego fui condescendiendo, y ahora admito que incluso llega a gustarme, sobre todo cuando ponen algún programa sobre animales. Me encantó especialmente aquel documental sobre los linces. Esos primos míos sí que saben vivir bien: cómo cazan, con qué gracia saltan! No pude apartar los ojos de la tele mientras duró el programa.

Mi humana tiene la costumbre de levantarse todos los días a las siete y media para darme de desayunar, pero dos de cada siete días, se queda dormida y se le olvida. Me veo pues forzado a despertarla. Acudo a las siete y media, pero no me hace caso. Vuelvo a las ocho, y nada. A las ocho y media ya empieza a reaccionar un poco. Yo sé que a base de insistir, acaba por levantarse y cumplir con su obligación, así es que no desisto. La ventaja de esos días es que luego, como se siente culpable, pasa más tiempo conmigo: me peina, me acaricia y juega conmigo.

Por cierto, me encanta jugar con ella. Eso es lo mejor que tiene. Coge un gusano de tela, que cuando estoy solo no se mueve en absoluto, y ella lo hace moverse, subir, bajar, culebrear… Me lo paso de miedo cazándolo. También me gusta cazar los pies de mi humana cuando está acostada. Como quedan por debajo del edredón, parece como si hubiera ratones moviéndose, y yo aprovecho para entrenarme. Hey, un gato tiene que estar en forma, no?

Otra de las cosas que me encanta es salir a pasear. Eso también suele ocurrir los días en que se levanta tarde. En cuanto me pone el arnés, la saco al césped y la voy enseñando todas las cosas que a mí me gustan. Primero la llevo al río a beber. Bueno, sólo yo me agacho a beber, pero ella se lo pierde, porque el agua del río está deliciosa, mucho mejor que la del grifo. Luego observamos las hojas. Con suerte se acerca algún pato y entonces me agazapo para enseñarle las técnicas básicas de caza. Tengo que tener cuidado, porque ella se empeña en caminar hacia la acera. No se da cuenta de que cerca de allí pasan camiones y autobuses, que son muy peligrosos. Y además, por la acera también pasean perros. No entiendo cómo puede ser tan ignorante del peligro. Menos mal que estoy ya para cuidarla y la hago correr para escondernos cada vez que pasa algún vehículo pesado o un can de mala pinta.

Que conste que el hecho de que ahora tenga una humana no me ha impedido mantener mi vida social. De vez en cuando viene a visitarme un amigo, que se llama Meckie. Siempre viene acompañado de su propia humana. Así podemos dejarlas a las dos entretenidas un rato y dedicarnos nosotros a jugar. Me encantan las persecuciones que organizamos por toda la casa. A veces hago yo de policía y él de ladrón, y luego cambiamos los papeles y me persigue él a mí. Saltamos por las mesas, nos escondemos para preparar una emboscada… y si nos cansamos, siempre podemos acudir a que las humanas nos rasquen en la tripilla.

Mi consejo para todos los gatos es éste: adoptad un humano. Hay muchos humanos abandonados, y recogiendo a uno, estareis haciendo un gran bien. Es cierto que a veces resulta algo atado, pero dan mucha compañía y si los miras a los ojos, puedes ver que en el fondo de quieren.

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