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Monday, February 21, 2005

 

Made in Holland

El sábado pasado fui a un concierto que conmemoraba de manera especial los atentados del 11 de septiembre del 2001. El concierto se titulaba Made in Holland 11.9. “Made in Holland”, hecho en Holanda.

En un teatro precioso, el Carré, a las orillas del Amstel, me di por primera vez el lujo de sentarme en uno de los mejores sitios, en la fila 10, abajo, en el centro. Tenía mucha ilusión por ver este concierto en concreto, y por estar en el Carré en general. Viniendo de donde vengo, todavía se me hace algo maravilloso el ir al teatro, y más si ese teatro tiene columnas a la entrada, alfombra roja dentro, ujieres bien uniformados... El hecho de estar allí ya merecía la pena.

Comenzó la actuación: un guitarrista en solitario toca flamenco con un arte andaluz indescriptible. Se encienden más luces y comienzan todos a cantar en coro, siguiendo las notas de un negro de Mali. Más tarde nos cantó rap una chica joven, acompañada por dos indonesias. Luego salieron a las tablas cinco mongoles, vestidos con sus trajes típicos, tocando unos instrumentos milenarios y cantando con voces de otros tiempos. Después les tocó el turno a los marroquíes: un grupo joven que combinaba el rock con la música tradicional de su país. A continuación, otro africano se echó un dúo de percusión con un colega holandés, cada uno con los tambores de su tierra. Qué más hubo? Fueron tantos, que me resulta difícil recordarlos a todos. Acudió otro rapero, holandés. Luego disfrutamos de un grupo malayo, tres mujeres entradas ya en años que cantaban y bailaban con gran amor las canciones de su patria. Las siguió un indio que cantaba acompañado de otro indio tocando unos tamborcitos pequeños. Luego el guitarrista se marcó otro buen pedazo de flamenco que nos levantó a todos el ánimo. Y después, alguien casi de mi tierra: un portugués, que nos hizo cantar a coro a todos los asistentes. Al acabar su canción, el portugués nos explicó que, siendo cada uno tan distinto de los demás, en el fondo eran todos iguales. Así, añadió, un indio romántico es también un portugués. Y de esta forma presentó la siguiente actuación, que fue un dúo entre él y el indio, cada uno cantando en su idioma y haciendo el estribillo en holandés. Disfrutamos también de la poderosa voz de una cantante americana de espirituales negros. Y la igualmente potente voz de una chica senegalesa cantándonos cosas de su pueblo.

El final fue apoteósico: todos los participantes salieron juntos al escenario y cantaron una hermosa canción al unísono, admirándose los unos del arte de los otros, mientras al fondo se podía leer en grandes letras: A tribute to diversity (Un tributo a la diversidad).

Y cómo es que, siendo los artistas de tan variadas procedencias, el concierto se llamaba “Hecho en Holanda”? Pues porque cada uno de estos artistas, los mongoles, indios, portugueses, marroquíes, malayos etc, todos viven en este país. Todos han dejado atrás su propia tierra y, arrastrados por diversas razones, han acabado en un país pequeñito y lluvioso. A mí me emociona pensar lo bien que debieron de sentirse al poder presentarnos su música, haciendo las veces de embajadores, por una noche al menos. Y no menos emocionante es pensar en el objetivo del concierto: mostrar cómo es posible que todos convivamos juntos. No es una teoría. En Holanda, es un hecho. Cierto es que aquí también hay xenófobos y racistas. Y también hay inmigrantes que se crecen ante la etiqueta de “minoría étnica” y abusan de la buena voluntad de los demás. Como en todas partes, hay buenas y malas personas. Pero las culturas en sí, ésas no chocan, ni tendrían por qué hacerlo. La música es una buena prueba de ello.

Es curioso también reflexionar cómo Holanda se siente orgullosa de sus inmigrantes. Los acoge y los muestra al mundo, diciendo: “Mirad y asombraos, toda esta gente ha preferido vivir en nuestro país, y eso nos honra”. Me sé yo de ciertas regiones españolas donde los inmigrantes procedentes de otras regiones son mal vistos, donde en los actos públicos se desprecia el hecho de que una gran proporción de los habitantes seguramente se siente más identificado con la jota que con el folklore local... Espero que algún día despierten del sueño nacionalista y aprecien el regalo de la diversidad que la inmigración les ha ofrecido.

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