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Friday, February 25, 2005

 

Libertad de expresión vs. Protección contra la discriminación

Me ha costado más de tres años, pero por fin he reunido el valor para visitar uno de los más famosos museos de Amsterdam: la casa de Ana Frank. Para los que no están familiarizados con su historia, voy a resumirla brevemente:

Los Frank eran judíos alemanes. Cuando comenzó el nazismo, huyeron de Alemania y acabaron estableciéndose aquí, en Amsterdam. Desafortunadamente, Holanda fue una presa fácil para Hitler, y cuando comenzó la guerra, no tardó mucho en quedar totalmente invadida. Los Frank veían como uno a uno, los judíos eran deportados. Corrían rumores sobre los campos de concentración, conocidos suyos iban desapareciendo… y cuando tuvieron pruebas de que ellos iban a ser los siguientes, tomaron una difícil decisión: esconderse. Durante dos años, los padres con sus dos hijas estuvieron viviendo junto con otra familia en el piso superior de una fábrica de conservas. Tres de los empleados les ayudaban, a riesgo de sus vidas, llevándoles comida, revistas, incluso cartas. Durante esos dos años, no pudieron salir en ningún momento a la calle. Desde las ocho y media hasta las cinco no podían hacer ningún ruido, para que el resto de los empleados no sospechara nada. En esas horas interminables, tenían que ocupar su tiempo en algo, y la pequeña de la familia, que por aquel entonces llegaba a la adolescencia, decidió escribir un diario. Poco antes de acabar la guerra, los Frank fueron descubiertos y transportados a Auschwitz. Sólo el padre sobrevivió. Ana, la pequeña, murió un mes antes de que Auschwitz fuera liberado… Cuando el padre regresó a Amsterdam, llegó a sus manos el diario que su hija había escrito. Tardó en atreverse a leerlo, pero cuando lo hizo, decidió que el mundo merecía también compartirlo, y lo publicó. Ese libro, El diario de Ana Frank, ha sido traducido a muchos idiomas y ha servido de base a una obra de teatro y una película. Es todo un testimonio de la vida que el extremismo les obligó a llevar, a ellos y a otros muchos judíos que también vivieron escondidos en diveros lugares de Amsterdam.

Pues bien, yo he visitado la casa de Ana Frank, esa casa donde ocho personas vivieron ocultas durante dos años. Para acceder a sus dependencias, había que subir por una empinada escalera cuyo acceso estaba oculto por una gran estantería con libros. Una vez arriba, no había mucho espacio. Los dormitorios eran muy pequeños, sólo había un salón, el cuarto de baño no tenía ningún tipo de ducha, tan sólo un lavabo… Al descubrirlos, los alemanes confiscaron todos los muebles, pero aún se conservan en las paredes los recortes de revista que Ana iba pegando: fotos de los famosos de la época, fotos que a ella le llamaron la atención por alguna u otra razón. La luz es escasa. Tenían que tener las ventanas tapadas con oscuras cortinas para que nadie pudiera verlos desde fuera. Y ya se sabe que las lámparas en aquel entonces no eran tan buenas. Por la noche podían oir las noticias de la BBC en la radio del salón. Siempre a la espera de la liberación… que llegó demasiado tarde.

Anexo a la casa propiamente dicha, hay un pequeño museo que recoge fotos y pequeñas películas de la época, como la que filmaron los aliados al liberar Auschwitz. El horror que se siente al ver esas imágenes es indescriptible. Sólo puedo compararlo a las imágenes de José Antonio Ortega Lara recién sacado del zulo. En distintas épocas y en distintos países, el ser humano es capaz de las mismas atrocidades. Me llamaron también mucho la atención un par de cartas escritas por sendos judíos: una, mal escrita en un pedazo de papel, fue tirada desde el tren que los deportaba. La otra fue enviada desde el campo de transición (primero los reunían a todos en un campo en Holanda, antes de llevarlos a los campos de exterminio). Era una carta escrita a los familiares, llena de ánimos, llena de esperanza. En mejor estado están unas cuantas cartas escritas por el padre de Ana Frank tras la guerra. Están escritas en perfecto inglés… con el inglés que aprendió durante los dos años de escondite.

El final de la visita es apoteósico. En una pequeña sala de cine se presentan a los visitantes diversos dilemas morales, basados en situaciones reales concretas. Y todos ellos se resumen en la siguiente cuestión: debe la ley prohibir determinados discursos o ideas a fin de proteger a determinados sectores de la sociedad contra la discriminación? O es más importante preservar la libertad de expresión? Ante ti tienes dos botones, uno verde y uno rojo, para que votes tu opinión. Es un voto anónimo, y el resultado final se ve en la pantalla. Es un verdadero ejercicio moral, enfrentarse al hecho de que, quizás, los neo-nazis tienen derecho a serlo. Dónde pones el límite? Dónde acaba la libertad de expresión y empiezan los derechos de los agredidos? En la coyuntura actual, nos hace falta pensar más en esto, aun cuando, como en mi caso, no consigamos llegar a ninguna respuesta.

Comments:
Estuve en Febrero en Amsterdam, y me quedé a las puertas del museo, aunque espero poder quitarme esta pequeña espinita en verano. Me alegro mucho de haber encontrado tu blog, una persona española que vive en Holanda, y que puedo aprender de su punto de vista, el cual será mas cercano a mi cultura. Tengo intención de poder desarrollar parte de mi vida en países del norte Europeo, he estado en unos cuantos y me he visto fuertemente atraido por sus señas culturales. Te dejo mi blog... no hablo de política, no me gusta demasiado, pero igual lo encuentras interesante.

Un abrazo.
 
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