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Thursday, February 17, 2005

 

Aventuras de Misino (II)

Ya han pasado varios meses desde que me mudé a casa de mi humana. La verdad es que en este tiempo he llegado a cogerle un gran cariño. Me gusta olisquearle la cara cuando vuelve a casa por las tardes, y si trae alguna bolsa o algún sobre, también lo huelo a fondo, por si contiene algo apetitoso. Con mis dotes de observación he llegado a descubrir cierta pauta en sus idas y venidas. Concretamente, he llegado a la conclusión de que cuando vuelve con el carrillo cargado, normalmente el contenido de éste huele muy bien. Por eso, mientras lo va colocando, yo la sigo de cerca, entre sus pies si es posible, para poder atisbar qué tipo de comida me ha traído esa vez.

Los humanos son muy sensibles a las muestras de afecto. Es preciso demostrarles amor con cierta regularidad. Yo procuro dedicar unos minutos todos los días a las caricias y mimoseos. Ella me peina, yo ronroneo, luego me acaricia, y yo intengo cazarle la mano y mordisquearla. Es curioso que después de un buen mordisco, suele retirar la mano con muestras de disgusto. Y yo no acabo de entender esa actitud. A fin de cuentas, qué mejor manera de demostrar el cariño que mediante una cariñosa mordida? En fin, al final acabo por adaptarme a sus maneras y me tumbo junto a ella en el sofá. A veces temo estarme ablandando. Un felino fiero y salvaje como yo no debería ceder a esas comodidades. Pero es que el invierno es muy frío, y en el sofá se está calentito…

Lo mismo se aplica a la cama. La mayoría de las noches intento dormir en el suelo, como montaraz que soy. Pero a veces, sin que ella se dé cuenta, me subo a los pies de la cama y allí paso la noche, ajeno a los problemas del mundo. Eso sí, me levanto bien temprano para otear por la ventana y ver cómo amanece. Ya he encontrado el mirador perfecto. Es en una esquina del salón, donde se unen dos ventanales, por lo que tengo vistas al césped y a la acera. Así puedo vigilar desde el mismo punto tanto a los patos como a los perros que pasean. Me paso horas enteras allí, al acecho, no vaya a ser que en un descuido alguna presa se me escape o un gato rival invada mi territorio.

Las casas de los humanos son muy extrañas. Las luces se encienden y se apagan, como si estuvieran controladas no por la naturaleza sino por los deseos de los humanos. Y lo que es más extraño aún: hay una fuente que sólo corre cuando mi humana está presente. Tengo que reconocer que al principio esa magia me producía cierta desazón. Pero al cabo del tiempo, la curiosidad y la sed fueron más fuertes, y acabé acercándome. Pocas semanas después ya estaba incluso bebiendo directamente del chorro. Qué descubrimiento! El agua sale mucho más fresca y más rica que la de mi bebedero. No se puede comparar. Tenga sed o no tenga sed, siempre que mi humana se acerca al servicio, yo voy con ella para aprovechar la fuente. A veces resulta algo incómodo, porque ella se empeña en meter las manos o incluso en mojarse la cara, pero yo insisto, y por mucho que me aparte, me arrimo y me vuelvo a arrimar hasta poder beber a gusto.

Otro aspecto interesante de esa habitación son los rituales que en ella realiza. Todas las mañanas se peina, más o menos lo mismo que me peina a mí, cepillando el pelo que tiene (aunque ella sólo lo tiene por la cabeza). Además, se empeña en mojarse, a propósito! Luego, para empeorar aún más la situación, se echa un líquido de un frasco. Un día me acerqué para olerlo, y qué asco me dio! Casi me dan arcadas, de verdad. Era un olor penetrante, fortísimo, repulsivo. No me explico como puede echarse un hedor tal. Menos mal que a lo largo del día se le va difuminando, y cuando vuelve a casa ya estoy yo allí para restregarme bien y dejarle mi olor, como debe ser.

Lo que voy a contar ahora puede resultar alarmante para los gatos más jóvenes, pero es mejor que conozcan la verdad: los humanos, incluso los más amables, también pueden ser crueles. Yo descubrí esta terrible realidad el día en que mi humana, olvidando todo atisbo de piedad y ayudada por la malvada madrastra, me atrapó con una manta y, una vez que me tuvo inmovilizado, me abrió la boca y me metió a la fuerza una pastilla que sabía horrible. No sé qué locura le había entrado para querer envenenarme de esa manera. Creo que todo fue idea de la malvada madrastra. En cualquier caso, yo no estaba dispuesto a rendirme tan fácilmente. Intenté escupir la pastilla, pero ella me cerró la boca y me la mantuvo cerrada mientras yo luchaba por librarme de la trampa. Cuando vi que mis esfuerzos eran inútiles, opté por otra estrategia. Empecé a disolver la pastilla, para poder echar el veneno por entre los dientes. Nunca había producido tanta saliva en mi vida. Escupí y escupí, y por fin conseguí deshacerme de casi toda la pastilla, aunque un poco sí que tuve que tragar. Afortunadamente no me hizo demasiado daño. De hecho, no recuerdo daño alguno. Quizás fuera porque mi humana volvió a su cordura habitual y, apiadándose de mí, me dio un poquito de comida rica, en donde debía de haber escondido el antídoto. Como tengo buen carácter, he perdonado a mi humana. A la que no perdono es a la malvada madrastra, que durante toda esta tragedia me mantuvo inmóvil, mientras se reía cruelmente.

En fin, ya lo sabeis, gatillos jovenzuelos que andais por esos mundos. Tened cuidado si os intentan dar lo que ellos llaman “medicinas”. Sed fuertes, resistid, revelaos!

Capitán Misino Sisko

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