.comment-link {margin-left:.6em;}

Friday, February 25, 2005

 

Libertad de expresión vs. Protección contra la discriminación

Me ha costado más de tres años, pero por fin he reunido el valor para visitar uno de los más famosos museos de Amsterdam: la casa de Ana Frank. Para los que no están familiarizados con su historia, voy a resumirla brevemente:

Los Frank eran judíos alemanes. Cuando comenzó el nazismo, huyeron de Alemania y acabaron estableciéndose aquí, en Amsterdam. Desafortunadamente, Holanda fue una presa fácil para Hitler, y cuando comenzó la guerra, no tardó mucho en quedar totalmente invadida. Los Frank veían como uno a uno, los judíos eran deportados. Corrían rumores sobre los campos de concentración, conocidos suyos iban desapareciendo… y cuando tuvieron pruebas de que ellos iban a ser los siguientes, tomaron una difícil decisión: esconderse. Durante dos años, los padres con sus dos hijas estuvieron viviendo junto con otra familia en el piso superior de una fábrica de conservas. Tres de los empleados les ayudaban, a riesgo de sus vidas, llevándoles comida, revistas, incluso cartas. Durante esos dos años, no pudieron salir en ningún momento a la calle. Desde las ocho y media hasta las cinco no podían hacer ningún ruido, para que el resto de los empleados no sospechara nada. En esas horas interminables, tenían que ocupar su tiempo en algo, y la pequeña de la familia, que por aquel entonces llegaba a la adolescencia, decidió escribir un diario. Poco antes de acabar la guerra, los Frank fueron descubiertos y transportados a Auschwitz. Sólo el padre sobrevivió. Ana, la pequeña, murió un mes antes de que Auschwitz fuera liberado… Cuando el padre regresó a Amsterdam, llegó a sus manos el diario que su hija había escrito. Tardó en atreverse a leerlo, pero cuando lo hizo, decidió que el mundo merecía también compartirlo, y lo publicó. Ese libro, El diario de Ana Frank, ha sido traducido a muchos idiomas y ha servido de base a una obra de teatro y una película. Es todo un testimonio de la vida que el extremismo les obligó a llevar, a ellos y a otros muchos judíos que también vivieron escondidos en diveros lugares de Amsterdam.

Pues bien, yo he visitado la casa de Ana Frank, esa casa donde ocho personas vivieron ocultas durante dos años. Para acceder a sus dependencias, había que subir por una empinada escalera cuyo acceso estaba oculto por una gran estantería con libros. Una vez arriba, no había mucho espacio. Los dormitorios eran muy pequeños, sólo había un salón, el cuarto de baño no tenía ningún tipo de ducha, tan sólo un lavabo… Al descubrirlos, los alemanes confiscaron todos los muebles, pero aún se conservan en las paredes los recortes de revista que Ana iba pegando: fotos de los famosos de la época, fotos que a ella le llamaron la atención por alguna u otra razón. La luz es escasa. Tenían que tener las ventanas tapadas con oscuras cortinas para que nadie pudiera verlos desde fuera. Y ya se sabe que las lámparas en aquel entonces no eran tan buenas. Por la noche podían oir las noticias de la BBC en la radio del salón. Siempre a la espera de la liberación… que llegó demasiado tarde.

Anexo a la casa propiamente dicha, hay un pequeño museo que recoge fotos y pequeñas películas de la época, como la que filmaron los aliados al liberar Auschwitz. El horror que se siente al ver esas imágenes es indescriptible. Sólo puedo compararlo a las imágenes de José Antonio Ortega Lara recién sacado del zulo. En distintas épocas y en distintos países, el ser humano es capaz de las mismas atrocidades. Me llamaron también mucho la atención un par de cartas escritas por sendos judíos: una, mal escrita en un pedazo de papel, fue tirada desde el tren que los deportaba. La otra fue enviada desde el campo de transición (primero los reunían a todos en un campo en Holanda, antes de llevarlos a los campos de exterminio). Era una carta escrita a los familiares, llena de ánimos, llena de esperanza. En mejor estado están unas cuantas cartas escritas por el padre de Ana Frank tras la guerra. Están escritas en perfecto inglés… con el inglés que aprendió durante los dos años de escondite.

El final de la visita es apoteósico. En una pequeña sala de cine se presentan a los visitantes diversos dilemas morales, basados en situaciones reales concretas. Y todos ellos se resumen en la siguiente cuestión: debe la ley prohibir determinados discursos o ideas a fin de proteger a determinados sectores de la sociedad contra la discriminación? O es más importante preservar la libertad de expresión? Ante ti tienes dos botones, uno verde y uno rojo, para que votes tu opinión. Es un voto anónimo, y el resultado final se ve en la pantalla. Es un verdadero ejercicio moral, enfrentarse al hecho de que, quizás, los neo-nazis tienen derecho a serlo. Dónde pones el límite? Dónde acaba la libertad de expresión y empiezan los derechos de los agredidos? En la coyuntura actual, nos hace falta pensar más en esto, aun cuando, como en mi caso, no consigamos llegar a ninguna respuesta.

Monday, February 21, 2005

 

Made in Holland

El sábado pasado fui a un concierto que conmemoraba de manera especial los atentados del 11 de septiembre del 2001. El concierto se titulaba Made in Holland 11.9. “Made in Holland”, hecho en Holanda.

En un teatro precioso, el Carré, a las orillas del Amstel, me di por primera vez el lujo de sentarme en uno de los mejores sitios, en la fila 10, abajo, en el centro. Tenía mucha ilusión por ver este concierto en concreto, y por estar en el Carré en general. Viniendo de donde vengo, todavía se me hace algo maravilloso el ir al teatro, y más si ese teatro tiene columnas a la entrada, alfombra roja dentro, ujieres bien uniformados... El hecho de estar allí ya merecía la pena.

Comenzó la actuación: un guitarrista en solitario toca flamenco con un arte andaluz indescriptible. Se encienden más luces y comienzan todos a cantar en coro, siguiendo las notas de un negro de Mali. Más tarde nos cantó rap una chica joven, acompañada por dos indonesias. Luego salieron a las tablas cinco mongoles, vestidos con sus trajes típicos, tocando unos instrumentos milenarios y cantando con voces de otros tiempos. Después les tocó el turno a los marroquíes: un grupo joven que combinaba el rock con la música tradicional de su país. A continuación, otro africano se echó un dúo de percusión con un colega holandés, cada uno con los tambores de su tierra. Qué más hubo? Fueron tantos, que me resulta difícil recordarlos a todos. Acudió otro rapero, holandés. Luego disfrutamos de un grupo malayo, tres mujeres entradas ya en años que cantaban y bailaban con gran amor las canciones de su patria. Las siguió un indio que cantaba acompañado de otro indio tocando unos tamborcitos pequeños. Luego el guitarrista se marcó otro buen pedazo de flamenco que nos levantó a todos el ánimo. Y después, alguien casi de mi tierra: un portugués, que nos hizo cantar a coro a todos los asistentes. Al acabar su canción, el portugués nos explicó que, siendo cada uno tan distinto de los demás, en el fondo eran todos iguales. Así, añadió, un indio romántico es también un portugués. Y de esta forma presentó la siguiente actuación, que fue un dúo entre él y el indio, cada uno cantando en su idioma y haciendo el estribillo en holandés. Disfrutamos también de la poderosa voz de una cantante americana de espirituales negros. Y la igualmente potente voz de una chica senegalesa cantándonos cosas de su pueblo.

El final fue apoteósico: todos los participantes salieron juntos al escenario y cantaron una hermosa canción al unísono, admirándose los unos del arte de los otros, mientras al fondo se podía leer en grandes letras: A tribute to diversity (Un tributo a la diversidad).

Y cómo es que, siendo los artistas de tan variadas procedencias, el concierto se llamaba “Hecho en Holanda”? Pues porque cada uno de estos artistas, los mongoles, indios, portugueses, marroquíes, malayos etc, todos viven en este país. Todos han dejado atrás su propia tierra y, arrastrados por diversas razones, han acabado en un país pequeñito y lluvioso. A mí me emociona pensar lo bien que debieron de sentirse al poder presentarnos su música, haciendo las veces de embajadores, por una noche al menos. Y no menos emocionante es pensar en el objetivo del concierto: mostrar cómo es posible que todos convivamos juntos. No es una teoría. En Holanda, es un hecho. Cierto es que aquí también hay xenófobos y racistas. Y también hay inmigrantes que se crecen ante la etiqueta de “minoría étnica” y abusan de la buena voluntad de los demás. Como en todas partes, hay buenas y malas personas. Pero las culturas en sí, ésas no chocan, ni tendrían por qué hacerlo. La música es una buena prueba de ello.

Es curioso también reflexionar cómo Holanda se siente orgullosa de sus inmigrantes. Los acoge y los muestra al mundo, diciendo: “Mirad y asombraos, toda esta gente ha preferido vivir en nuestro país, y eso nos honra”. Me sé yo de ciertas regiones españolas donde los inmigrantes procedentes de otras regiones son mal vistos, donde en los actos públicos se desprecia el hecho de que una gran proporción de los habitantes seguramente se siente más identificado con la jota que con el folklore local... Espero que algún día despierten del sueño nacionalista y aprecien el regalo de la diversidad que la inmigración les ha ofrecido.

Thursday, February 17, 2005

 

Aventuras de Misino (II)

Ya han pasado varios meses desde que me mudé a casa de mi humana. La verdad es que en este tiempo he llegado a cogerle un gran cariño. Me gusta olisquearle la cara cuando vuelve a casa por las tardes, y si trae alguna bolsa o algún sobre, también lo huelo a fondo, por si contiene algo apetitoso. Con mis dotes de observación he llegado a descubrir cierta pauta en sus idas y venidas. Concretamente, he llegado a la conclusión de que cuando vuelve con el carrillo cargado, normalmente el contenido de éste huele muy bien. Por eso, mientras lo va colocando, yo la sigo de cerca, entre sus pies si es posible, para poder atisbar qué tipo de comida me ha traído esa vez.

Los humanos son muy sensibles a las muestras de afecto. Es preciso demostrarles amor con cierta regularidad. Yo procuro dedicar unos minutos todos los días a las caricias y mimoseos. Ella me peina, yo ronroneo, luego me acaricia, y yo intengo cazarle la mano y mordisquearla. Es curioso que después de un buen mordisco, suele retirar la mano con muestras de disgusto. Y yo no acabo de entender esa actitud. A fin de cuentas, qué mejor manera de demostrar el cariño que mediante una cariñosa mordida? En fin, al final acabo por adaptarme a sus maneras y me tumbo junto a ella en el sofá. A veces temo estarme ablandando. Un felino fiero y salvaje como yo no debería ceder a esas comodidades. Pero es que el invierno es muy frío, y en el sofá se está calentito…

Lo mismo se aplica a la cama. La mayoría de las noches intento dormir en el suelo, como montaraz que soy. Pero a veces, sin que ella se dé cuenta, me subo a los pies de la cama y allí paso la noche, ajeno a los problemas del mundo. Eso sí, me levanto bien temprano para otear por la ventana y ver cómo amanece. Ya he encontrado el mirador perfecto. Es en una esquina del salón, donde se unen dos ventanales, por lo que tengo vistas al césped y a la acera. Así puedo vigilar desde el mismo punto tanto a los patos como a los perros que pasean. Me paso horas enteras allí, al acecho, no vaya a ser que en un descuido alguna presa se me escape o un gato rival invada mi territorio.

Las casas de los humanos son muy extrañas. Las luces se encienden y se apagan, como si estuvieran controladas no por la naturaleza sino por los deseos de los humanos. Y lo que es más extraño aún: hay una fuente que sólo corre cuando mi humana está presente. Tengo que reconocer que al principio esa magia me producía cierta desazón. Pero al cabo del tiempo, la curiosidad y la sed fueron más fuertes, y acabé acercándome. Pocas semanas después ya estaba incluso bebiendo directamente del chorro. Qué descubrimiento! El agua sale mucho más fresca y más rica que la de mi bebedero. No se puede comparar. Tenga sed o no tenga sed, siempre que mi humana se acerca al servicio, yo voy con ella para aprovechar la fuente. A veces resulta algo incómodo, porque ella se empeña en meter las manos o incluso en mojarse la cara, pero yo insisto, y por mucho que me aparte, me arrimo y me vuelvo a arrimar hasta poder beber a gusto.

Otro aspecto interesante de esa habitación son los rituales que en ella realiza. Todas las mañanas se peina, más o menos lo mismo que me peina a mí, cepillando el pelo que tiene (aunque ella sólo lo tiene por la cabeza). Además, se empeña en mojarse, a propósito! Luego, para empeorar aún más la situación, se echa un líquido de un frasco. Un día me acerqué para olerlo, y qué asco me dio! Casi me dan arcadas, de verdad. Era un olor penetrante, fortísimo, repulsivo. No me explico como puede echarse un hedor tal. Menos mal que a lo largo del día se le va difuminando, y cuando vuelve a casa ya estoy yo allí para restregarme bien y dejarle mi olor, como debe ser.

Lo que voy a contar ahora puede resultar alarmante para los gatos más jóvenes, pero es mejor que conozcan la verdad: los humanos, incluso los más amables, también pueden ser crueles. Yo descubrí esta terrible realidad el día en que mi humana, olvidando todo atisbo de piedad y ayudada por la malvada madrastra, me atrapó con una manta y, una vez que me tuvo inmovilizado, me abrió la boca y me metió a la fuerza una pastilla que sabía horrible. No sé qué locura le había entrado para querer envenenarme de esa manera. Creo que todo fue idea de la malvada madrastra. En cualquier caso, yo no estaba dispuesto a rendirme tan fácilmente. Intenté escupir la pastilla, pero ella me cerró la boca y me la mantuvo cerrada mientras yo luchaba por librarme de la trampa. Cuando vi que mis esfuerzos eran inútiles, opté por otra estrategia. Empecé a disolver la pastilla, para poder echar el veneno por entre los dientes. Nunca había producido tanta saliva en mi vida. Escupí y escupí, y por fin conseguí deshacerme de casi toda la pastilla, aunque un poco sí que tuve que tragar. Afortunadamente no me hizo demasiado daño. De hecho, no recuerdo daño alguno. Quizás fuera porque mi humana volvió a su cordura habitual y, apiadándose de mí, me dio un poquito de comida rica, en donde debía de haber escondido el antídoto. Como tengo buen carácter, he perdonado a mi humana. A la que no perdono es a la malvada madrastra, que durante toda esta tragedia me mantuvo inmóvil, mientras se reía cruelmente.

En fin, ya lo sabeis, gatillos jovenzuelos que andais por esos mundos. Tened cuidado si os intentan dar lo que ellos llaman “medicinas”. Sed fuertes, resistid, revelaos!

Capitán Misino Sisko

Wednesday, February 16, 2005

 

Mi humana

Hace ya cuatro meses que adopté a una humana. Llevaba cierto tiempo viviendo en una pensión con otros cuantos amigos. De vez en cuando nos presentaban a algún humano, pero hasta entonces, ninguno me había convencido. Cuando llegó ésta, me cayó bien y decidí dar el salto: me fui a vivir con ella.

La primera semana fue un poco difícil. La casa estaba llena de olores extraños, los vecinos hacían ruidos desconocidos para mí, y mi humana no sabía muy bien cómo rascarme, cuánta comida darme… Fue complicado, pero he de reconocer que muy pronto comenzamos a entendernos. Yo le iba indicando cuándo hacía bien las cosas mediante mi ronroneo, y así ella sabía qué comportamientos debía repetir. Es así con los humanos: tienes que alentarlos para algunas cosas y frenarlos en otras. Si no, acaban gobernándote la vida.

Una de las cosas que más me molestaba al principio era esa caja llena de luces y ruido que ella encendía por las noches. Le demostré claramente que no estaba dispuesto a permanecer en la misma habitación que esa “tele”, y cada vez que ella la encendía, yo salía rápidamente del salón. Luego fui condescendiendo, y ahora admito que incluso llega a gustarme, sobre todo cuando ponen algún programa sobre animales. Me encantó especialmente aquel documental sobre los linces. Esos primos míos sí que saben vivir bien: cómo cazan, con qué gracia saltan! No pude apartar los ojos de la tele mientras duró el programa.

Mi humana tiene la costumbre de levantarse todos los días a las siete y media para darme de desayunar, pero dos de cada siete días, se queda dormida y se le olvida. Me veo pues forzado a despertarla. Acudo a las siete y media, pero no me hace caso. Vuelvo a las ocho, y nada. A las ocho y media ya empieza a reaccionar un poco. Yo sé que a base de insistir, acaba por levantarse y cumplir con su obligación, así es que no desisto. La ventaja de esos días es que luego, como se siente culpable, pasa más tiempo conmigo: me peina, me acaricia y juega conmigo.

Por cierto, me encanta jugar con ella. Eso es lo mejor que tiene. Coge un gusano de tela, que cuando estoy solo no se mueve en absoluto, y ella lo hace moverse, subir, bajar, culebrear… Me lo paso de miedo cazándolo. También me gusta cazar los pies de mi humana cuando está acostada. Como quedan por debajo del edredón, parece como si hubiera ratones moviéndose, y yo aprovecho para entrenarme. Hey, un gato tiene que estar en forma, no?

Otra de las cosas que me encanta es salir a pasear. Eso también suele ocurrir los días en que se levanta tarde. En cuanto me pone el arnés, la saco al césped y la voy enseñando todas las cosas que a mí me gustan. Primero la llevo al río a beber. Bueno, sólo yo me agacho a beber, pero ella se lo pierde, porque el agua del río está deliciosa, mucho mejor que la del grifo. Luego observamos las hojas. Con suerte se acerca algún pato y entonces me agazapo para enseñarle las técnicas básicas de caza. Tengo que tener cuidado, porque ella se empeña en caminar hacia la acera. No se da cuenta de que cerca de allí pasan camiones y autobuses, que son muy peligrosos. Y además, por la acera también pasean perros. No entiendo cómo puede ser tan ignorante del peligro. Menos mal que estoy ya para cuidarla y la hago correr para escondernos cada vez que pasa algún vehículo pesado o un can de mala pinta.

Que conste que el hecho de que ahora tenga una humana no me ha impedido mantener mi vida social. De vez en cuando viene a visitarme un amigo, que se llama Meckie. Siempre viene acompañado de su propia humana. Así podemos dejarlas a las dos entretenidas un rato y dedicarnos nosotros a jugar. Me encantan las persecuciones que organizamos por toda la casa. A veces hago yo de policía y él de ladrón, y luego cambiamos los papeles y me persigue él a mí. Saltamos por las mesas, nos escondemos para preparar una emboscada… y si nos cansamos, siempre podemos acudir a que las humanas nos rasquen en la tripilla.

Mi consejo para todos los gatos es éste: adoptad un humano. Hay muchos humanos abandonados, y recogiendo a uno, estareis haciendo un gran bien. Es cierto que a veces resulta algo atado, pero dan mucha compañía y si los miras a los ojos, puedes ver que en el fondo de quieren.

Tuesday, February 15, 2005

 

Misi, Misi, Misi chico con los ojillos de almendra

Alguna vez he hablado de las ambulancias para animales? A veces se las ve adelantando frenéticas por la carretera, intentando salvar la vida de una mascota. Por supuesto, no son gratuitas, sino bastante caras, aunque existen seguros médicos para gatos, perros y demás bichería. Es una de estas cosas que, cuando las ves, te hacen recordar que estás en el extranjero.

Aquí se le da mucha importancia al bienestar de los animales. Las mascotas son tan importantes como los hijos, y ofrecen un tema de conversación inagotable. Son también fuente de pasiones: si criticas la educación o el aspecto del perro de tu amigo, puedes esperar una reacción bastante mala, e incluso la interrupción de la amistad.

Los holandeses no sólo se preocupan de sus propias mascotas, sino que también prestan su atención a los animales de los vecinos… e incluso de algo más lejos. Existe una asociación de recogida de animales abandonados especializada en el salvamento de perros españoles y turcos. He estado ojeando la página Web de dicha asociación y me sentí totalmente ultrajada, porque nos tildan de bárbaros para arriba. Es cierto que se ven perros con muy mal aspecto vagabundeando por las calles españolas. No son perros “de marca”, de esos que cuentan con más documentos que yo y un árbol genealógico importante, sino perros nacidos de los encuentros casuales, sin pedigrí. Y están acostumbrados a sobrevivir en las circunstancias más adversas, sin ternera en lata todas las noches. A mí me da gusto verlos cuando voy de vacaciones, porque de alguna manera reflejan una vida más cercana a lo que es realmente natural.

Por otro lado, he de reconocer que a veces se dan casos vergonzosos. Recuerdo con mucho cariño a Cuco, un perro compartido por varios vecinos de Valencia, tuerto, pulgoso y sin duda apaleado en más de una ocasión. Entre unos cuantos lo estuvimos alimentando, dándole cobijo y cariño. Y él lo agradecía y se mostraba orgulloso, como diciendo “Yo también tengo dueños!”. Esos perros así, tan completamente abandonados, sólo los he visto en España. Aquí también hay desaprensivos que dejan tirados a los animales, pero por cada uno de ésos, hay otros cinco que los recogen y los cuidan. No se ven animales sueltos por ahí, pero los refugios están llenos.

Con las ganas que tenía yo de poder acariciar una cosita peluda todos los días, y teniendo en cuenta que los holandeses están adoptando algunos de esos perros recogidos en España, decidí vengarme y adoptar yo un animal abandonado por los holandeses. Me fui a un refugio que, como ya he comentado, estaba lleno. Había muchos perros de todo tipo, y muchos gatos también, de las razas más variopintas. Fue difícil elegir uno, pero por fin me dejé llevar por los suaves ronroneos de un gato pequeñito y negro. Según me contaron, había sido encontrado en una carretera. Estaba muy delgado y aparentaba más joven de lo que en realidad es. Como no sabían nada de él, los cuidadores le habían puesto un nombre común en holandés: Suske, pero el gato aún no reconocía ese nombre.

Me lo llevé a casa y, mientras él sufría las angustias del cambio de sitio, yo me dediqué a buscarle un buen nombre. Quería un nombre castizo, algo que fuera claro y bonito, y que reflejara la vulnerabilidad de mi nuevo compañero de piso. Por fin di con el nombre perfecto: Misino! Al día siguiente, ya se había dado cuenta de que yo le alimentaba, así es que comenzó a mostrarse más seguro de sí mismo cuando yo estaba cerca. Durante la primera semana se acostumbró a la casa entera (incluida la tele, que le producía mucho miedo al principio) y luego, poco a poco, ha ido aprendiendo mis costumbres. Ahora Misino me despierta por las mañanas, y cuando me levanto, me sigue por toda la casa, restregándose contra mis piernas como si hiciera siglos que no me veía. La misma reacción tiene cuando vuelvo del trabajo. Qué alegría nos da vernos!

En resumen, me he aclimatado aún más a este país. No me extrañaría nada que acabara llamando a una ambulancia si alguna vez le pasa algo a Misino…

Wednesday, February 09, 2005

 

Rey de la misinería

«Misinito, Misinito,

rey de la misinería,

el día que tú naciste

grandes señales había.

Estaba la mar en calma,

la luna estaba crecida;

misi que en tal signo nace,

no debe tener barriga.»

Allí respondiera Misino,

bien oiréis lo que decía:

«No la tendré, buen señor,

aunque pollo me darías,

porque soy hijo de un gato

y una gatita muy linda;

siendo yo tierno y pequeño

mi madre me lo decía:

que barriga yo no echase,

que era grande villanía:

por tanto reténgase, humano,

de darme volatinería.

«Yo te agradezco, Misino,

aquesta tu cortesía.

¿Qué gamusinos son éstos,

que parece que comías?»

«Insectos son en verdad,

aunque otra cosa parecían;

son insectos invisibles,

que atrapo en mis cacerías.

Por las noches los acecho

y descanso por el día

y el día que no descanso

por la noche me dormía.

Estos otros, en cambio,

gamusinos son, que no digan;

se esconden entre las plantas,

bien valen la cacería.»

Allí habló el limpio Juan,

bien oiréis lo que decía:

«Si tú quisieras, Misino,

a España te mandaría;

con mis suegros extremeños

a gozar las solanías.»

«Holandés soy, limpio Juan,

y ya tengo compañía;

la humana que a mí me tiene

muy grande bien me quería.»



 

Romance del Conde Misinito

Madrugaba Misinito,
mañanita de San Juan,
a beber agua del grifodel baño,
qué rica está.
Mientras Misinito bebe,
ronronea sin cesar:
su humana se está lavando
pero se para a escuchar;
También lo ha oído la suegra,
que a su hijo mandó llamar:
-Mira, hijo, cómo canta
la sirenita del mar.
-No es la sirenita, madre,
no es la sirena del mar;
es la voz de Misinito,
que con su humana bebiendo está.
-Si con ella habita y mora,
yo le mandaré expulsar,
que para vivir en casa
le falta ser limpio y tenaz.
-¡No le mande expulsar, madre;
no le mande usted expulsar,
que si se va Misinito
ella también se irá!
-¡Que se lo lleven a España
en avión o por el mar!
Misi duerme de día,
y ella se va a trabajar.
Ella, como es humana,
siempre come en el sofá;
él, como es un gatino,
en la cocina detrás.
La suegra no entra en la casa;
ni ha entrado, ni entrará.
Y mientras Misi y su humana,
juntos felices están.
La suegra, llena de envidia,
como loca se pone a limpiar;
el pobre Juan que la observa
no puede sino aguantar.
Misinito come pollo,
pescadito, pero no pan.
Y por ser tan buenecito,
su humana le quiere sin más.

This page is powered by Blogger. Isn't yours?


My blog is worth $1,129.08.
How much is your blog worth?